Su primera ausencia fue reportada
en París en el año 1958. A partir de ahí su vida fue una sucesión de ausencias.
El cómo y el porqué me interesó reportar sus ausencias en un informe, en
principio modesto, está íntimamente relacionado con mi historial personal, pero
ese es un tema que no interesa mucho en el devenir de la narración. Era abril
del 28, en aquel entonces sus cejas tupidas tendían a dilatarse de manera
enigmática siempre que pensaba o fingía estar pensando. Yo había reparado en
cierto momento de la tertulia, cuando el cuórum, animado por la trompeta de
Clark Terry que sonaba desde alguno de los muchos lugares en penumbra de la
sala, narraba atropellando unos las palabras de los otros, la historia de sus
antepasados. La versión de su historia respondía a un insípido intento por
decir algo sin decir absolutamente nada: "Mi abuelo era un marinero de las
costas del sur. Mi abuela se hacía pasar por costurera pero nunca supo, en
realidad ni enhebrar una aguja". Y Sus cejas, que en otro tiempo guardaban la distancia prudencial que
suelen guardar las cejas, tendieron a juntarse hasta acabar consolidando un
solo arco, que se me antojó un paraguas en medio de esa oscuridad y de esa
lluvia de miradas sobre el vertidas.
Dijo que iba al baño, y pudo
haber dicho la verdad, pero lo cierto es que no volvió a pisar la sala dónde
estábamos reunidos. Esa fue su primera
ausencia. La segunda ausencia ocurrió en mayo de 1942. La guerra se estaba
jugando en territorio ruso. Las noticias del rearme soviético inundaban con
pasquines la Plaza Roja en uno de los inviernos más fríos que puedo recordar.
Sobre las once de la noche en la bodega de Nikolai vendían pescado salado
embolsado al vacío y botellas de vodka del tamaño de la cabeza de un infante. Tras tres minutos de contacto con la gélida
noche soviética, la bolsa de papel marrón que no contenía más que las dos cosas
que he mencionado antes, empezó a llenarse de escharcha. Algo andaba mal en mis
botas porque podía sentir el frio del hielo llegando al talón. Le dije al
portero que convendría arreglar de una vez por todas ese hueco de la puerta, y
él me contestó que ya había mandado la instancia al comité zonal. Que solo era
cuestión de esperar la respuesta. Ni por asomo pensé en contestarle, como me
pedía un primer impulso, que yo misma podía intentar tapar el hueco con unas
cuantas tablas, clavos…un martillo. ¿Para qué? si sé que me hubiera mirado
desde detrás de sus ojos amarillos, y de su garganta enrojecida, sin dar mayor
auspicio a mi solicitud. La señora María Lisaievska venía cargando un niño en
cada brazo, así que agradeció mi pronta reacción de abrirle la puerta. Parecía
una noche más, algo de vodka, de sueños
de dientes rechinantes, y el viejo catre idéntico al que sostuvo los
huesos de Dostoiesvki poco antes de que sucediera la separación definitiva. Sin
embargo, de la manera más perentoria, tras el hueco de la puerta que acaba de
cerrarse con Maria Lisaievska, pude ver
un grueso abrigo de paño bañado de lluvia. El abrigo de él. Totalmente
identificable en esta parte del globo tan alejada del París de cuatro años
atrás. Su segunda ausencia. La nieve se coagulaba a cada paso que me alejaba o
me acercaba a él. Pensé en gritar su nombre pero entonces recapacité; seguramente había
vuelto con otro, así que simplemente me interpuse en su camino intentando
dominar los pies que se hundían y
patinaban a un tiempo. Lo agarré del brazo. Eres tú, le dije. Y me reconoció al
instante, sus cejas eran ahora solo la mitad de las de antes, pero guardaban el
gesto exacto de quien crea ficciones como modo de vida. Tengo una botella de
vodka y algo de pescado. Ya había olvidado el malestar que el hueco de la
puerta me creaba. Para cuando aceptó mi invitación ya no había ni siquiera
puerta. Mira, si tengo que decirte la verdad, no te entendí muy bien por qué te
fuiste ese día. Tenía que usar el baño me contestó. Espero que también tengas
baño en tu cuarto ahora, llevo todo el día aguantándome. Le mostré dónde estaba el
baño, y me quedé tan pendiente de la
puerta, que empecé a olfatearla y a restregar mi lomo sobre sus astillas. Luego
simplemente esperé su salida. No puedo decir cuánto tiempo pasó hasta que vino
el vecino de abajo, con un obvio problema de incontinencia estomacal, y separó
todo mi ser anclado a la madera. Sólo sé que ni al entrar ni al salir del baño
encontró a nadie allí, y que, obviamente, eso no me sorprendió en lo más
mínimo. La tercera ausencia ocurrió en Lima, era abril del año 1995. La mayoría de la gente
había votado “al chino”, yo no creía en nadie y menos en alguien que se deja
llamar “el chino” siendo japonés. Pero igual también lo habría votado
simplemente por la necesidad de beber un poco más del espíritu de comunidad que
invadía las recientemente pacificadas calles limeñas. Caminando por la avenida
Arequipa, a ambos lados los coches se disparaban unos contra otros y las combis habían pasado a ser las
protagonistas del espacio, marcando lo acontecido y lo por acontecer como
manecillas del reloj. No podía respirar muy bien porque la humedad era especialmente
corpórea esa noche, si a eso sumas los espíritus malignos que salían desbocados
de los tubos de escape, se entenderá la extrema lentitud que componía mi figura
sobre la noche limeña. Pero ahí estaba él, obviamente envejecido, o con la misma edad de siempre. Como la ausencia es una de las cosas más
difíciles de medir, había olvidado el volumen de la misma, pero
para cuando lo tuve justo en frente de mí recordé su forma exacta. Su ausencia
se movía como el sueño de un fantasma. Te he registrado en Moscú y antes de eso
te registré en París, le dije, mientras hundía mi bigote entre sus manos.
lunes, 10 de agosto de 2015
martes, 4 de agosto de 2015
La luna caía como una triste condena. Otra noche más de soledad, pensó,
mientras observaba arborescente el satélite tras las nubes. El desierto
es el sitio donde los poetas van a morir, se dijo, si algún día he de
ser cadáver, la mejor forma de empezar es esta. La nada se extendía a lo
largo de su vista. Solo él y su triste cuerpo en medio de la arena
espolvoreada por el aire. Allá, a lo lejos, bancos de peces del
pleistoceno teñían algunos fósiles con su nostalgia de espinas.
No es lo mismo imaginar la noche en el desierto, que vivir la noche en
el desierto. No es lo mismo imaginar los lobos arrullándote, y el rumor
de los chacales rebelándote filosofías legendarias, que sentir como la
arena se solidifica alrededor de tus parpados. Que vivir el viento batiendo tus costillas. Otra noche más en medio de la nada. Otra noche más
el silencio, el televisor, la música, el trabajo postergado solo durante
unas horas, las dos de la mañana. Al día siguiente, el desierto y el
coche que cruza la basta planicie confundido con las llamaradas solares.
¿Quién ilumina a quién? ¿El sol al Impala? ¿O El Impala al sol? ¿O lo
que resplandece es la mera necesidad de encontrarlo?. Ojalá no sea todo
producto de mi mente se dice. Si el Impala se detiene le contaré la
vieja historia del poeta que viajaba en vagones de tren abandonados. Le
contaré cómo ese mismo poeta curó todas sus dolencias colocándose
bocabajo, y después dejaré que los ecos del desierto le digan todo lo
demás, que le describan la forma que me moldearon sus vientos gélidos
martes, 28 de julio de 2015
Ah siempre me imaginè pescando en un lago, en mi barca, con las truchas
saltando a mi alrededor, y yo distraída como quien no quiere la cosa
tirando el anzuelo. Esperando descubrir, en el aleteo de colas, cercana
mi presa. Siempre me imaginé descalza sobre la barca, donde se filtraría
el agua. ¡Ah si! se filtarìa el agua, pero no mucha, no demasiada, la
suficiente para enmohecer la madera nada más, para mojar mis nalgas
tímidamente, pero solo tímidamente ¡Pescar debía ser tan maravilloso!
Sobre todo siempre y cuando no implicara sacar el anzuelo clavado de la
branquia del pobre animal, al tiempo que sus ojos empiezan a opacarse
tras un sutil velo, dando paso a dos blancas y redondas esferas como
cabezas de peòn
domingo, 26 de julio de 2015
vìsperas de fiestas patrias
A veces es necesario
salir a la calle y ver toda esta mole afilando los dientes, rugiendo,
desfigurando el asfalto con sus garras. Barranco en vísperas de fiestas
patrias, decenas de jóvenes se apiñan frente a la puerta de un local
visiblemente drogados, uno de ellos no lleva camiseta y señala con la mano mientras insulta, seguramente, al dueño del
bar. Cuatro policías lo observan sin hacer mayor acopio de su presencia como
plantas de pvc, como noches sin gloria. En la bodega el retrasado de la calle
me cede el turno, “primero la señorita” dice en un susurro quebrado. Por la
puerta asoma el prototipo de un judío, lentes gruesos de montura negra, un
sombrero de ala estrecha, chaqueta, y maletín en la mano. Pido mis cigarrillos
avergonzada de haber vuelto a la rutina de eliminarme poco a poco. Asì es Perù,
cruel. ¿Què vas a llevar a la casa? ¿Un vino para compartir por unas horas? ¿Una
película para que desaparezca al día siguiente de tus manos? No queda nada más
que la sombra de este funesto horizonte que llamamos vida. Anoche palpaba con
las manos algo, una idea, una especie de revelación. Si pudiera salir por unas
horas de la química de mi cerebro, podría ver todo lo demás en perspectiva,
podría exhalar algo de luz. Pero no está permitida la salida en este tipo de locales, una vez que entras quedas
sepultado tras la franja de esas grandes puertas, puertas de oro macizo,
puertas de huraño ennoblecido. Mira esta es tu casa lo quieras o no parece
decirte el inconsciente, lo quieras o no esa es tu mesa de noche, ese es tu
sofá, tu lámpara, tu cama, y esas son las grandes puertas que no puedes
atravesar. Disfruta lo que tienes porque es todo lo que tienes, siéntete cómoda
ya que no hay otra opción. Fuera Barranco se consume en cenizas, fuera todo es
falso, todo es personas hiriendo a otras personas. Pero acá adentro estás a
salvo, de todo menos de ti misma. Si eres tú quién te perjudicas ahí si que no
puedo ayudarte. Hace dos días era un sueño rosa, metías la mano en esa especie
de merengue de fresa, y se sumergía hasta el codo, en esa mezcla densa y
voluble, en esa mezcla dulce y apacible, pensaste por un segundo que ibas a
poder pernoctar ahí, que esa dulzura podía atravesar las paredes de tu casa.
¡Ah que bonito sería! Pero todo eso no era más que el revestimiento en acero de
tu propia puerta, cada vez más pesado, cada vez más lapidario. Todo parece
decirte que no hay otra opción. Si no puedes huir de ti mismo, entonces tienes
que enfrentarte. Cruel es el camino de los que se enfrentan, en la mayoría de
los casos salen de la lucha visiblemente magullados. Pero hubo uno que se
enfrentó, y un filósofo lo llamó el sabio Zaratrusta. Yo lo leí hace casi dos
décadas y, aunque siempre me fascinó la solitaria decisión del sabio, nunca
entendí verdaderamente qué diantres suponía eso para mí. Ahora creo que empiezo
a entenderlo. Aunque hace más de diez años que no imagino a Zaratrusta perdido
en la aquiescencia de la noche en absoluta soledad y entre animales salvajes.
Me gustaría cobijarme a tu lado, beber algo de ti, aprender de ti sabio, pero
la verdad es que siempre termino abrazada a la gente que es más débil todavía
que yo, ¿me creeré Zaratustra? ¿Me creerè el calor de sus costillas?. ¿Què voy
a hacer? ¿Cuàl es el sentido de todo esto? El otro día le di una patada en la
mano y parecía dolerle al día siguiente. Más me iban a doler sus palabras
puestas en boca ajena. El mar debe estar tragándose los delfines y los niños
con piojos, y los gatos del parque Kennedy, como aquel se subió a mi pierna y
me miraba con sus ojos lechosos, con sus grandes legañas. Me dijeron poco
después en una veterinaria que ese animal debía tener una enfermedad vírica. Me
morí de pena desde el mismo momento en que me miró desde el suelo, antes de que
se subiera sobre mí lentamente. Sus ojos amarillentos y las legañas amarillentas que se habían
desprendido de ellos. Estuvimos mirándonos un buen rato, el debió sentir por mí
la misma pena que yo sentía por èl, así que lo acaricié pese a las pulgas, pese
a la enfermedad vírica. Y èl estuvo ahí tanto tiempo, ¡maldito tiempo! ¿Por qué
no es suficiente? ¿Por qué no fue suficiente, por qué no agarré ese gato y lo llevé
a la veterinaria? Ahora emprendes tu viaje totalmente vació, llevas un libro de
samuráis, llevas un libro de vagabundos, tu romanticismo te hará llenar todas
esas páginas de objetos encontrados en el viaje, de restos de plantas. Tu padre
era marinero. Mi padre no era marinero pero siempre se adentraba en el océano,
y escuchaba a los lobos marinos, y luego venía
a la casa borracho a entonar los negros cánticos que le devolvía el océano.
Todos eran tristes, todos hablaban de pasiones imposibles, todos hablaban de
grandes tragedias, y de olas rompiendo contra cadáveres, de uñas y dientes
enterradas por milenios en las llagas de la superficie marina. Yo crecì oyendo
todo eso, y por eso ahora te escucho comparándome con tu amiga suicida, pero yo
no me voy a suicidar. Yo sé vivir con la tristeza. Puedo dejar que se
solidifique la sal sobre mis huesos, y no pestañear apenas, y creo que ese es
mi máximo defecto. Esa urgencia de enterrarme sobre kilos de sal. Me siento tan
fuerte, eso me dijo la psicóloga, que me creo capaz de encararlo. Recuerdo ese
coche de safari que había en el paseo
cercano a mi casa. Era una atracción infantil en medio de una calle
peatonal. Depositabas unas monedas, y esa màquina empezaba a moverse y
reproducir una melodía pegadiza. Desde pequeña soñaba con pasar la noche en esa
maquina, no sé muy bien por qué. Supongo que porque en su interior podía estar
resguardada pero no del todo. Ahora creo que ese tipo de pensamiento se ha
hecho extensible a toda mi vida. La comodidad sin riesgo no es siquiera
concebible para mí. Pero la comodidad es un porcentaje mínimo, frente a la
inseguridad, frente a las dudas, frente al miedo, nada en proporción con lo
otro. O el dolor o la nada. Què bonito abrazas y què bonito te separas del
abrazo. Y què bonito pasan los años con la misma cantinela. Y qué bonito se
muere la gente y me muero yo también. Y qué bonita la soledad, y què bonita la
página en blanco. En barranco hay negocios escondidos bajo la tierra, hay
mercaderes irlandeses vendiendo todo lo que son, vendiendo su cabello cobrizo,
y los dientes de leche que sus madres guardaron con amor. Hay gramolas que la gente enciende con los ojos salientes como platos a
las cinco de la mañana bajo destellos de neón. Rostros que inmóviles eligen una
canción y vuelven a la mesa, y de ahí se van al baño y regresan gesticulando de
manera exagerada. Y parece que no hubiera otra cosa más que esa. ¡Tan pesada es
la realidad que uno ya no se piensa criando hijos sino enfermedades! ¿Què vamos
a hacer? ¿Què vamos a hacer para salir de esto? Vamos a irnos al mar, vamos a
irnos al campo, vamos a ser el sabio que transita en la noche. El sabio que oye
a las lechuzas, y rinocerontes, y observa sus ojos luminosos en la oscuridad,
mientras vigila su jadeo y el mismo se pone a jadear. Si hemos de ser algo
seamos animales, nunca he estado tan cerca de nada como de ese gato de la
calle. Pero no pude rescatarlo.
jueves, 16 de julio de 2015
Angelitos Negros
No pude evitar pensar que toda
esa escenografía no era espontánea, sino que en buena parte había sido calculada
entre una y otra copa de vino, y que todo ello lo había armado solamente con el
objetivo de regalarme algo que escribir. En eso pensaba mientras lo veía irse cruzando
una pierna sobre otra hasta quedar prácticamente opacado por la nevera. Pero
todavía estaban ahí sus ojos embelesando la mirada de mi gatita, ladeándose
para salir sigilosamente caminando con el paroxismo propio de los gatos, hacia
el reencuentro felino. Pensé que me encantaba la teatralidad de la que es
experto. Era la segunda botella de vino, aunque entre una y otra había mediado
algún tiempo. Horas en las que había cogido un bus, llegado a la universidad,
bebido un café para que se borrara todo rastro de vino de mis gestos, dictado
clase y vuelto al bus. Odiaba ir a
trabajar, sobre todo cuando tenía que interrumpir, por culpa de un estúpido
horario, situaciones en las que hay vino, música, amor. Era cien mil veces más
productivo, más humano, más académico, científico, sagrado y vital, contemplar sus gestos, su mano extendida acercándose a mì
mientras alarga hasta el infinito las silabas de las palabras haciendo que todo
tenga un halo artificial y a la vez vivo. Sus palabras son peces de plàstico que
yo guardaría por siempre en el bolsillo. Pequeñas reproducciones moldeadas en petróleo
de la fauna peruana. ¡Què horrible es
esta distancia que me estoy imponiendo!, ¡más inhumana! ¡Cien mil veces más
artificial que sus anchovetas de PVC! Cada vez que oigo una canción desaforada
pienso en enviársela, pienso en cocinar algo para las dos mientras suena de
fondo. Espero que esto finalmente sea
bueno para mì. Escucha, Clark Terry està tocando sus “Angelitos Negros”. Escucha
el punto en que la canción adquiere tan nivel de intensidad que se sale de la
partitura, que se desprende del audífono, y llega hasta el pecho y lo socava
por dentro. Cualquiera podría volverse loco con esas trompetas.
domingo, 14 de junio de 2015
El pez rojo
Era la una de la
mañana, mi amiga acababa de patear un carro que intentaba meterse por una calle
peatonal en Bolognesi. Varios de entre los que estaban en el grupo siguieron
a su sombra y patearon también. El
conductor, acostumbrado a subvertir el orden, como está acostumbrado todo el
mundo en Lima a hacer lo indebido, no entendía por qué caía esa batería de patadas sobre la chapa
negra de su carro. Estaba lloviendo, aunque ciertamente suena muy ridículo decir
que llueve en Lima, pero todavía es más ridículo decir garuando, o decir
chispeando. Justo al frente se asomaba
la cara de un poeta conocido descubriéndose entre las puertas de un bar y uno
de los del grupo se entusiasmó con la idea de que el poeta estuviera ahí,
porque es un cubano gay, que en su momento luchó contra la dictadura de Batista
con varias intervenciones urbanas, y
ahora en Perú, se le había ocurrido nada más y nada menos que rescatar la
bandera comunista y llenarla de plumas y
serpentina. Para muchos eso era como ponerle tacos y colorete a Abimael Guzmán
y dejarlo a la puerta de un Night club. Para muchos otros en Perú es imposible
disociar la hoz y el martillo de lo que pasó en los ochentas y parte de los
noventas. La cara del poeta cubano diluyéndose a lejos representaba una seria
amenaza, porque uno del grupo con el que
voy, hacía tiempo quería decirle algo así
como que “¿por qué venía a Perú a herir la sensibilidad de la gente que había
sufrido la violencia?”, y sabiendo como sé
que este último es guapo, joven e imprudente, y ante todo estaba borracho y drogado, y que
el cubano, aparte de tener amigos mafiosos, no tiene ningún problema en decir lo que se le pasa por la cabeza, y que, por lo tanto, era muy factible que le contestara
al chibolo algo si como:“ que guapo eres” o “me la chupas” o las dos cosas a la
vez, entendí que pronto de patear un carro todo el grupo pasaría a patear piel
y huesos humanos, y esa idea fue tan real que pude verla materializándose ahí
mismo sobre la pista humedecida, ahí mismo sobre la noche de Barranco. Y yo solo quería irme a dormir. Irme a dormir,
y quizá mañana a pescar un gran pez, un
pez rojizo, un pez de la costa limeña, uno que capture en el muelle de Chorrillos.
Un pez biótico, de tres cabezas, de seis pares de ojos y de branquias entumecidas como pasas.
También me
gustaría subir una montaña, ¡qué lindo sería escalar una montaña! Sentir el aire húmedo, resbalar de vez en
cuando por el musgo de la roca, recuperar el equilibrio y seguir subiendo. De vez en cuando las piernas se cansan pero la simple seguridad de que nada
te rodea, de que no hay nada que limite tu cuerpo, de que solo hay más montañas
a tu alrededor, y el cielo, y después nada, todo eso es suficiente para
continuar avanzando, pese al cansancio. Ya llevamos dos horas subiendo, el cielo está escarpado, sé
que pronto comenzará a atardecer, puede que sea medio inseguro bajar una
montaña de noche, pero como decía Kerouac nadie se puede caer bajando una
montaña. Has traído tu nueva navaja multiusos, y estas emocionado mirando todos
sus utensilios y pensando que dentro de
poco bañará la luna la superficie de la hoja metálica. Si, es un navaja preciosa,
te digo, y entonces te agachas para reafirmar la utilidad de tu navaja, la
hundes lentamente en la tierra y sacas
una piedra que los dos sabemos, servía como techo de una madriguera, a saber de
qué insecto u animal. Creo que la he cagado un poco levantando esa piedra. Sí,
creo que sí. Nos reímos. Bueno, lo que sea que vivía ahí tendrá que dormir a la
intemperie como nosotros.
¿Nunca has especulado con la idea, sobre todo
cuando vuelves cansado del trabajo y sabes que mañana te espera un poco de lo
mismo, nunca has especulado con la idea de pasarte todos los paraderos, de dejar que el bus avance hasta el final? Como si no importara nada que el
paradero más cercano a tu casa se fuera quedando chiquito mientras el bus continúa su camino. Y una vez que llegues a
último paraderos entones ¿qué? Entonces la noche, entonces la calle. Dormir en
la calle , ¿quién nos ha impuesto tanta seguridad? Es como estar aquí en medio de los árboles y las rocas,
donde no hay reglas, y dormir aquí o allá es posible porque a nadie le importa
lo que hagas.
Ya se siente mucho más intenso el frio, planeas
encender una fogata, has encontrado alguna
hierba seca, trozos de matorral, pero de repente una especie de iluminación te
anuncia que quizás debamos esperar, por lo visto ahí arriba hay un lago, donde se pueden pescar
truchas tan frescas como el aliento de Dios. ¡Mierda me encantaría ver esas
truchas! Sería bonito pasar la noche ahí. Tengo ganas de abrazarte y no me
cuesta nada hacerlo rodeada de todo este paisaje. Quiero a todas las cosas
tanto como a ti, a esa madriguera que destruiste, a ese trozo de matorral con
el que pretendías hacer la hoguera, a esa piedra recubierta de musgo y al cielo que dibuja tonos rojizos sobre
el horizonte.
La noche
ha comenzado a cerrarse, y por primera vez
tengo algo de miedo, porque cuesta mucho
encontrar en medio de esta oscuridad, qué piedra o matorral puede ser un buen
asidero para seguir trepando. No quisiera dar un paso en falso, la inclinación
es bastante grande, y ya no consigo verte bien, dijiste que ibas a reconocer el
camino, que ibas a adelantarte para estudiar si este era el sitio apropiado por
el que avanzar, pero pronto contestas que sí, y oigo tu voz en medio de la
noche dando el visto bueno, y diciendo
que debía faltar poco para llegar, que seguirías adelantándote para decirme
cuánto falta en términos reales. No entiendo muy bien por qué haces eso, si en ningún
momento me he quejado, ni he sugerido que fuera incapaz de seguir subiendo. No puedo ver nada, simplemente me siento
como si estuviera trepando sobre la muerte. Los amigos del cubano han
sacado sus navajas todas a un tiempo,
recuerdo que querías ver la luna reflejándose sobre la hoja, pero la sangre
opaca todo, lo siento . Tengo mucho sueño, y no te veo, y tampoco te oígo,
la gente grita despavorida, mientras en
el suelo se mezcla la chela con la sangre, aunque no surge de esta mezcla ningún
producto homogéneo. De igual manera, ese tono rojizo me recuerda un poco al atardecer
que vimos hace unos minutos, mientras subíamos la montaña, mientras me sentía
tan cerca de todo, ¡qué curioso! Ahora la sensación es la contraria, ahora
siento que me alejo. Sabía que los amigos de cubano no eran unos principiantes.
El poeta cubano y sus amigos mafiosos. Y mis amigos drogados, y todo eso ya da
igual porque hemos llegado a la laguna, y he cazado ese pez rojo y caliente
que es tu mano agarrando la mía, mientras me alejo.
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