No puedo decirle a mi abuela cuánto la echo de menos
Pero conservo el recuerdo exacto del abrazo
Su vientre plegado sobre la silla de ruedas,
mi mejilla hundiéndose en su estómago
y los brazos esquivando los hierros, rodeándola a ella.
Se tenía que ir y se fue a los 100 años.
Antes le había dicho que por su centenario cumpleaños
100 músicos tocarían
Y 100 serían los invitados
Y, aunque no cumplí ni la mitad de las promesas,
esperó la cita con ilusión
Aunque no cumplí ni la mitad de las promesas
Unas mujeres la pararon por la calle,
A la centeneria que andaba con esos globos plateados enormes de tres
cifras
atados a la silla
“Felicidades” le dijeron las desconocidas,
Y ella las invitó a tomar algo otro día.
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