martes, 4 de agosto de 2015
La luna caía como una triste condena. Otra noche más de soledad, pensó,
mientras observaba arborescente el satélite tras las nubes. El desierto
es el sitio donde los poetas van a morir, se dijo, si algún día he de
ser cadáver, la mejor forma de empezar es esta. La nada se extendía a lo
largo de su vista. Solo él y su triste cuerpo en medio de la arena
espolvoreada por el aire. Allá, a lo lejos, bancos de peces del
pleistoceno teñían algunos fósiles con su nostalgia de espinas.
No es lo mismo imaginar la noche en el desierto, que vivir la noche en
el desierto. No es lo mismo imaginar los lobos arrullándote, y el rumor
de los chacales rebelándote filosofías legendarias, que sentir como la
arena se solidifica alrededor de tus parpados. Que vivir el viento batiendo tus costillas. Otra noche más en medio de la nada. Otra noche más
el silencio, el televisor, la música, el trabajo postergado solo durante
unas horas, las dos de la mañana. Al día siguiente, el desierto y el
coche que cruza la basta planicie confundido con las llamaradas solares.
¿Quién ilumina a quién? ¿El sol al Impala? ¿O El Impala al sol? ¿O lo
que resplandece es la mera necesidad de encontrarlo?. Ojalá no sea todo
producto de mi mente se dice. Si el Impala se detiene le contaré la
vieja historia del poeta que viajaba en vagones de tren abandonados. Le
contaré cómo ese mismo poeta curó todas sus dolencias colocándose
bocabajo, y después dejaré que los ecos del desierto le digan todo lo
demás, que le describan la forma que me moldearon sus vientos gélidos
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