lunes, 10 de agosto de 2015

El hombre ausente



Su primera ausencia fue reportada en París en el año 1958. A partir de ahí su vida fue una sucesión de ausencias. El cómo y el porqué me interesó reportar sus ausencias en un informe, en principio modesto, está íntimamente relacionado con mi historial personal, pero ese es un tema que no interesa mucho en el devenir de la narración. Era abril del 28, en aquel entonces sus cejas tupidas tendían a dilatarse de manera enigmática siempre que pensaba o fingía estar pensando. Yo había reparado en cierto momento de la tertulia, cuando el cuórum, animado por la trompeta de Clark Terry que sonaba desde alguno de los muchos lugares en penumbra de la sala, narraba atropellando unos las palabras de los otros, la historia de sus antepasados. La versión de su historia respondía a un insípido intento por decir algo sin decir absolutamente nada:  "Mi abuelo era un marinero de las costas del sur. Mi abuela se hacía pasar por costurera pero nunca supo, en realidad ni enhebrar una aguja". Y Sus cejas, que en otro  tiempo guardaban la distancia prudencial que suelen guardar las cejas, tendieron a juntarse hasta acabar consolidando un solo arco, que se me antojó un paraguas en medio de esa oscuridad y de esa lluvia de miradas sobre el vertidas.  Dijo  que iba al baño, y pudo haber dicho la verdad, pero lo cierto es que no volvió a pisar la sala dónde estábamos reunidos. Esa fue su  primera ausencia. La segunda ausencia ocurrió en mayo de 1942. La guerra se estaba jugando en territorio ruso. Las noticias del rearme soviético inundaban con pasquines la Plaza Roja en uno de los inviernos más fríos que puedo recordar. Sobre las once de la noche en la bodega de Nikolai vendían pescado salado embolsado al vacío y botellas de vodka del tamaño de  la cabeza de un infante.  Tras tres minutos de contacto con la gélida noche soviética, la bolsa de papel marrón que no contenía más que las dos cosas que he mencionado antes, empezó a llenarse de escharcha. Algo andaba mal en mis botas porque podía sentir el frio del hielo llegando al talón. Le dije al portero que convendría arreglar de una vez por todas ese hueco de la puerta, y él me contestó que ya había mandado la instancia al comité zonal. Que solo era cuestión de esperar la respuesta. Ni por asomo pensé en contestarle, como me pedía un primer impulso, que yo misma podía intentar tapar el hueco con unas cuantas tablas, clavos…un martillo. ¿Para qué? si sé que me hubiera mirado desde detrás de sus ojos amarillos, y de su garganta enrojecida, sin dar mayor auspicio a mi solicitud. La señora María Lisaievska venía cargando un niño en cada brazo, así que agradeció mi pronta reacción de abrirle la puerta. Parecía una noche más, algo de vodka, de sueños  de dientes rechinantes, y el viejo catre idéntico al que sostuvo los huesos de Dostoiesvki poco antes de que sucediera la separación definitiva. Sin embargo, de la manera más perentoria, tras el hueco de la puerta que acaba de cerrarse con Maria Lisaievska, pude ver  un grueso abrigo de paño bañado de lluvia. El abrigo de él. Totalmente identificable en esta parte del globo tan alejada del París de cuatro años atrás. Su segunda ausencia. La nieve se coagulaba a cada paso que me alejaba o me acercaba a él. Pensé en gritar su nombre pero entonces recapacité; seguramente había vuelto con otro, así que simplemente me interpuse en su camino intentando dominar  los pies que se hundían y patinaban a un tiempo. Lo agarré del brazo. Eres tú, le dije. Y me reconoció al instante, sus cejas eran ahora solo la mitad de las de antes, pero guardaban el gesto exacto de quien crea ficciones como modo de vida. Tengo una botella de vodka y algo de pescado. Ya había olvidado el malestar que el hueco de la puerta me creaba. Para cuando aceptó mi invitación ya no había ni siquiera puerta. Mira, si tengo que decirte la verdad, no te entendí muy bien por qué te fuiste ese día. Tenía que usar el baño me contestó. Espero que también tengas baño en tu cuarto ahora, llevo todo el día aguantándome. Le mostré dónde estaba el baño, y me quedé  tan pendiente de la puerta, que empecé a olfatearla y a restregar mi lomo sobre sus astillas. Luego simplemente esperé su salida. No puedo decir cuánto tiempo pasó hasta que vino el vecino de abajo, con un obvio problema de incontinencia estomacal, y separó todo mi ser anclado a la madera. Sólo sé que ni al entrar ni al salir del baño encontró a nadie allí, y que, obviamente, eso no me sorprendió en lo más mínimo. La tercera ausencia ocurrió en Lima, era  abril del año 1995. La mayoría de la gente había votado “al chino”, yo no creía en nadie y menos en alguien que se deja llamar “el chino” siendo japonés. Pero igual también lo habría votado simplemente por la necesidad de beber un poco más del espíritu de comunidad que invadía las recientemente pacificadas calles limeñas. Caminando por la avenida Arequipa, a ambos lados los coches se disparaban unos contra otros y  las combis habían pasado a ser las protagonistas del espacio, marcando lo acontecido y lo por acontecer como manecillas del reloj. No podía respirar muy bien porque la humedad era especialmente corpórea esa noche, si a eso sumas los espíritus malignos que salían desbocados de los tubos de escape, se entenderá la extrema lentitud que componía mi figura sobre la noche limeña. Pero ahí estaba él, obviamente envejecido, o con la misma edad de siempre. Como la ausencia es una de las cosas más difíciles de medir,  había olvidado el volumen de la misma, pero para cuando lo tuve justo en frente de mí recordé su forma exacta. Su ausencia se movía como el sueño de un fantasma. Te he registrado en Moscú y antes de eso te registré en París, le dije, mientras hundía mi bigote entre sus manos. 

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