Recogí, arqueando
el dedo, una gruesa capa de crudo. Antes había jugado a removerla y ladearla en la superficie de mis pulmones,
ahora la arrancaba sin ningún dolor aunque no sabía muy bien qué hacer con
ella. Podría pintarme un bigote y
después salir a la calle a enseñárselo a mis amigos, pienso, pero termino utilizándola para
dibujarme en el brazo una especie de insignia cuyo significado no conozco muy
bien, pero que termina por propinarme reconocimiento entre personas con la
misma insignia. Decido ir a un local
oscuro ubicado en una calle sucia y gris, con olor a orines. En la
puerta un gorila de tres metros me pide que me identifique pero la estrella de
David (porque ahora reconozco perfectamente en la insignia la forma de la
estrella de seis puntas) ya no está en mi brazo. Algo me dice, una especie de
revelación interna, que me la han debido tatuar en la pelvis, así que comienzo
a bajarme los pantalones mientras el gorila me mira con deseo. Poco después se
suceden una serie de secuencias en las que el enorme miembro del portero
amenaza con iniciar una búsqueda más pormenorizada entre mis piernas. Parece que la insignia que dibujé sobre mi brazo, al trasladarse a mi
entrepierna, ha perdido el vivo color que la caracterizaba, haciéndola
prácticamente indescifrable. Si quiere que le diga la verdad, estoy cansada,
mejor me voy a casa, le digo, toda vez que el líquido que emana de la cabeza
de su miembro está a punto de desbordarse sobre mis muslos.
domingo, 17 de enero de 2016
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