No pude evitar pensar que toda
esa escenografía no era espontánea, sino que en buena parte había sido calculada
entre una y otra copa de vino, y que todo ello lo había armado solamente con el
objetivo de regalarme algo que escribir. En eso pensaba mientras lo veía irse cruzando
una pierna sobre otra hasta quedar prácticamente opacado por la nevera. Pero
todavía estaban ahí sus ojos embelesando la mirada de mi gatita, ladeándose
para salir sigilosamente caminando con el paroxismo propio de los gatos, hacia
el reencuentro felino. Pensé que me encantaba la teatralidad de la que es
experto. Era la segunda botella de vino, aunque entre una y otra había mediado
algún tiempo. Horas en las que había cogido un bus, llegado a la universidad,
bebido un café para que se borrara todo rastro de vino de mis gestos, dictado
clase y vuelto al bus. Odiaba ir a
trabajar, sobre todo cuando tenía que interrumpir, por culpa de un estúpido
horario, situaciones en las que hay vino, música, amor. Era cien mil veces más
productivo, más humano, más académico, científico, sagrado y vital, contemplar sus gestos, su mano extendida acercándose a mì
mientras alarga hasta el infinito las silabas de las palabras haciendo que todo
tenga un halo artificial y a la vez vivo. Sus palabras son peces de plàstico que
yo guardaría por siempre en el bolsillo. Pequeñas reproducciones moldeadas en petróleo
de la fauna peruana. ¡Què horrible es
esta distancia que me estoy imponiendo!, ¡más inhumana! ¡Cien mil veces más
artificial que sus anchovetas de PVC! Cada vez que oigo una canción desaforada
pienso en enviársela, pienso en cocinar algo para las dos mientras suena de
fondo. Espero que esto finalmente sea
bueno para mì. Escucha, Clark Terry està tocando sus “Angelitos Negros”. Escucha
el punto en que la canción adquiere tan nivel de intensidad que se sale de la
partitura, que se desprende del audífono, y llega hasta el pecho y lo socava
por dentro. Cualquiera podría volverse loco con esas trompetas.
jueves, 16 de julio de 2015
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