domingo, 14 de junio de 2015

El pez rojo



Era la una de la mañana, mi amiga acababa de patear un carro que intentaba meterse por una calle peatonal en Bolognesi. Varios de entre los que estaban en el grupo siguieron a  su sombra y patearon también. El conductor, acostumbrado a subvertir el orden, como está acostumbrado todo el mundo en Lima a hacer lo indebido, no entendía por qué  caía esa batería de patadas sobre la chapa negra de su carro. Estaba lloviendo, aunque ciertamente suena muy ridículo decir que llueve en Lima, pero todavía es más ridículo decir garuando, o decir chispeando.  Justo al frente se asomaba la cara de un poeta conocido descubriéndose entre las puertas de un bar y uno de los del grupo se entusiasmó con la idea de que el poeta estuviera ahí, porque es un cubano gay, que en su momento luchó contra la dictadura de Batista con varias intervenciones urbanas,  y ahora en Perú, se le había ocurrido nada más y nada menos que rescatar la bandera comunista  y llenarla de plumas y serpentina. Para muchos eso era como ponerle tacos y colorete a Abimael Guzmán y dejarlo a la puerta de un Night club. Para muchos otros en Perú es imposible disociar la hoz y el martillo de lo que pasó en los ochentas y parte de los noventas. La cara del poeta cubano diluyéndose a lejos representaba una seria amenaza, porque uno  del grupo con el que voy,  hacía tiempo quería decirle algo así como que “¿por qué venía a Perú a herir la sensibilidad de la gente que había sufrido la violencia?”, y sabiendo como sé  que este último es guapo, joven e imprudente,  y ante todo estaba borracho y drogado, y que el cubano, aparte de tener amigos mafiosos, no tiene ningún problema en decir lo que se le pasa por la cabeza,  y que, por lo tanto, era muy factible que le contestara al chibolo algo si como:“ que guapo eres” o “me la chupas” o las dos cosas a la vez, entendí que pronto de patear un carro todo el grupo pasaría a patear piel y huesos humanos, y esa idea fue tan real que pude verla materializándose ahí mismo sobre la pista humedecida, ahí mismo sobre la noche de Barranco.  Y yo solo quería irme a dormir. Irme a dormir, y quizá mañana a  pescar un gran pez, un pez rojizo, un pez de la costa limeña, uno que capture en el muelle de Chorrillos. Un pez biótico, de tres cabezas, de seis pares de ojos y de branquias  entumecidas como pasas. 

También me gustaría subir una montaña, ¡qué lindo sería escalar una montaña!  Sentir el aire húmedo, resbalar de vez en cuando por el musgo de la roca,  recuperar el equilibrio y seguir subiendo. De vez en cuando las piernas se cansan pero la simple seguridad de que nada te rodea, de que no hay nada que limite tu cuerpo, de que solo hay más montañas a tu alrededor, y el cielo, y después nada, todo eso es suficiente para continuar avanzando, pese al cansancio. Ya llevamos dos  horas subiendo, el cielo está escarpado, sé que pronto comenzará a atardecer, puede que sea medio inseguro bajar una montaña de noche, pero como decía Kerouac nadie se puede caer bajando una montaña. Has traído tu nueva navaja multiusos, y estas emocionado mirando todos sus utensilios  y pensando que dentro de poco bañará la luna la superficie de la hoja metálica. Si, es un navaja preciosa, te digo, y entonces te agachas para reafirmar la utilidad de tu navaja, la hundes lentamente en la tierra y   sacas una piedra que los dos sabemos, servía como techo de una madriguera, a saber de qué insecto u animal. Creo que la he cagado un poco levantando esa piedra. Sí, creo que sí. Nos reímos. Bueno, lo que sea que vivía ahí tendrá que dormir a la intemperie como nosotros.

 ¿Nunca has especulado con la idea, sobre todo cuando vuelves cansado del trabajo y sabes que mañana te espera un poco de lo mismo, nunca has especulado con la idea de pasarte todos los paraderos, de dejar que el bus avance hasta el final? Como si no importara nada que el paradero más cercano a tu casa se fuera quedando chiquito mientras el bus continúa su camino.  Y una vez que llegues a último paraderos entones ¿qué? Entonces la noche, entonces la calle. Dormir en la calle , ¿quién nos ha impuesto tanta seguridad?  Es como estar aquí en medio de los árboles y las rocas, donde no hay reglas, y dormir aquí o allá es posible porque a nadie le importa lo que hagas. 

Ya se  siente mucho más intenso el frio, planeas encender una fogata,  has encontrado alguna hierba seca, trozos de matorral, pero de repente una especie de iluminación te anuncia que quizás debamos esperar, por lo visto  ahí arriba hay un lago, donde se pueden pescar truchas tan frescas como el aliento de Dios. ¡Mierda me encantaría ver esas truchas! Sería bonito pasar la noche ahí. Tengo ganas de abrazarte y no me cuesta nada hacerlo rodeada de todo este paisaje. Quiero a todas las cosas tanto como a ti, a esa madriguera que destruiste, a ese trozo de matorral con el que pretendías hacer la hoguera, a esa piedra recubierta de musgo y  al cielo que dibuja tonos rojizos sobre el  horizonte.
La noche ha comenzado a cerrarse, y  por primera vez tengo algo de miedo, porque  cuesta mucho encontrar en medio de esta oscuridad, qué piedra o matorral puede ser un buen asidero para seguir trepando. No quisiera dar un paso en falso, la inclinación es bastante grande, y ya no consigo verte bien, dijiste que ibas a reconocer el camino, que ibas a adelantarte para estudiar si este era el sitio apropiado por el que avanzar, pero pronto contestas que sí, y oigo tu voz en medio de la noche  dando el visto bueno, y diciendo que debía faltar poco para llegar, que seguirías adelantándote para decirme cuánto falta en términos reales. No entiendo muy bien por qué haces eso, si en ningún momento me he quejado, ni he sugerido que fuera incapaz de seguir subiendo. No  puedo  ver nada, simplemente me siento  como si estuviera trepando sobre la muerte. Los amigos del cubano han sacado sus navajas todas a un tiempo,  recuerdo que querías ver la luna reflejándose sobre la hoja, pero la sangre opaca todo, lo siento . Tengo mucho sueño, y no te veo, y tampoco te oígo,  la gente grita despavorida, mientras en el suelo se mezcla la chela con la sangre,  aunque no surge de esta mezcla ningún producto homogéneo. De igual manera, ese tono rojizo me recuerda un poco al atardecer que vimos hace unos minutos, mientras subíamos la montaña, mientras me sentía tan cerca de todo, ¡qué curioso! Ahora la sensación es la contraria, ahora siento que me alejo. Sabía que los amigos de cubano no eran unos principiantes. El poeta cubano y sus amigos mafiosos. Y mis amigos drogados, y todo eso ya da igual porque hemos llegado a la laguna, y he cazado ese pez rojo y caliente que es tu mano agarrando la mía, mientras me alejo.

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