martes, 8 de octubre de 2013


Subes la montaña, ahí fuera está helado

La cima es escarpada, la luz brilla demasiado en tus ojos

Tanto que te produce sordera

Llegas arriba y tus piernas inclinadas saben mucho del abismo

Y muy poco de mantenerse sobre la superficie

Piensas en levitar como un maestro Zen

 y entonces te das cuenta  de que no eres asiático

Y de que te queda un duro camino de vuelta

Llegas por fin a la cama con los pies congelados

Y tanto sueño que no puedes ni cambiarte los calcetines

y  piensas: “si al menos tuviera a mi lado un cuerpo calentito”

Has realizado una proeza subiendo esa montaña

Pero no hay amor que te recompense

Tumbado,

Con los pies húmedos y aterido por el frio

Vuelves a pensar:

He subido esa montaña, me quiero mucho

Y entonces, sin poner más excusas

te cambias los calcetines.

sábado, 5 de octubre de 2013

El trío calavera


En aquella época paraba todo el tiempo con mis dos amigos calavera, los que junto a mí, formaban el trío calavera. Los conocí cuando recién empezaba el invierno limeño y me acompañaron hasta el final de la estación. Lo que pasó después, al comienzo de la primavera, lo que hizo que finalmente nos separáramos todavía no lo entiendo bien, pero lo entenderé, me imagino, en el futuro. Fue  al principio del invierno cuando llegué a Lima, yo, una extranjera sin papeles, dispuesta a trabajar en la ciudad dónde años atrás había conocido el sexo con Jet Lag, el perpetuo cielo gris, los edificios coronados por una gruesa capa de contaminación, y las sonrisas rebosantes de ceniza.

 Había llegado a Lima después de cinco años totalmente expatriada por la crisis económica que atenaza a la piel del toro del país donde nací, no voy a decir de mí país, porque yo no soy nacionalista, y considero que ser española o peruana  sólo significa que, en un rublo del destino, ese óvulo y ese espermatozoide se encontraron físicamente  en Europa  o en América, nada más. Las banderas, los himnos y cosas por el estilo nunca me han interesado en lo más mínimo; cómo sabrán España ha ganado en los últimos años el mundial de fútbol y el mundial de baloncesto. Lo del futbol seguro lo sabían, lo del baloncesto no creo que lo supieran tanto…bueno en todas estas victorias ha acompañado a las selecciones un gentío descomunal en las calles, blandiendo banderitas, camisetas, cantando eslóganes trillados, gritando hasta la asfixia con las caras amoratadas en esa duda ancestral que acompaña al hombre desde sus orígenes: ¿qué hacer antes? ¿Corear el nombre de mi selección de futbol, beber o fumar? Ante esa duda estaban millones de españoles viendo como se les concedía esa victoria. Y aquí es dónde digo que yo no soy nacionalista porque nunca pensé que esa victoria fuera mía, ni siquiera pensé que fuera una victoria a nivel nacional, pues bien sabido es, que todos esos futbolistas tienen sus cuentas millonarias en Suiza, y que en nada están contribuyendo a la recuperación del país, el cúal permanece más cagado que nunca.

Fue así, por esa atmosfera pestilente que envolvía el lugar donde nací, que terminé en Lima.  Y fue en esta ciudad dónde conocí a mis compinches: Chuletín y Virginidad.  Los conocí por separado, pero muy pronto una eclosión de miles de millones de átomos gravitando por la vía láctea, vino a juntar a esos dos personajes en un mismo contexto.

A Chuletín lo conocí uno de los primeros días del invierno, cuando llevaba poco más de un mes en Lima. Ese día había quedado con una amiga española, que estaba yendo al cumpleaños de un pata que es amigo de mis amigos peruanos, los que conozco hace años, desde mis primeras incursiones en Sudamérica. El cumpleaños era en la playa, en la Herradura, y para allá fuimos un grupo, todo chicas más Chuletín, pronto entendí que así es como nuestro querido Chuleta  se encuentra más cómodo, totalmente rodeado de mujeres. Lo llaman Chule porque dentro de su boca atesora una lengua enorme, una lengua que puede extenderse desde sus labios rosados hasta la parte inferior de la barbilla. Una lengua que el mismo se ha medido, y que algunas personas son capaces de atestiguar, mide unos quince centímetros desde los labios hasta la punta, es decir toda una chuleta por lengua. Y ahí estaba Chuletín, rodeado de mujeres jóvenes, en chanclas, porque ante todas las cosas Chule es un fetichista, y le gusta dar masajes en los pies a las mujeres, y porque todavía no hacía realmente frio es que fuimos para allá en sandalias, y por dos veces sorprendí a Chule relamiéndose los labios con la puntita de su lengua nada más, mientras observaba mis pies.  Ahí pasamos la tarde, parece que fuera ayer, parece que todos los trágicos acontecimientos que se derivaron de esos días no hayan sucedido nunca.

A virginidad la conocí esa misma noche, en la fiesta de una amiga, pero Chule no estaba, se había ido ya a pasear su enorme lengua por la geografía limeña. Virginidad es, desde el primer momento en que atraviesa la puerta de una habitación, una absoluta y completa bollera para todos los que, desde el interior,  la ven franquear el umbral de la puerta. No hay forma de ocultar que es gay, tampoco hay ninguna necesidad; Lima ha cambiado mucho en los últimos veinte años respecto al tema de la homosexualidad, se ha vuelto mucho más tolerante, ya no mata a su gente por cabros.

Virginidad entró a esa habitación atestada de españoles y se sentó a mi lado, yo pensé: “Hay una bollera a mi lado”, simplemente clasificando como suele hacer el cerebro cuando no tiene nada mejor que hacer. No dijo nada, se sentó, y de repente entre sus manitas, porque Virginia es chatita, chiquita y sus manitas también son chiquitas, y entre sus manitas nació de repente una caja  metálica enorme, que abrió y cuyo aromático contenido envolvió toda la sala. Nunca había visto tal cantidad de marihuana junta.

Como quien no quiere la cosa, totalmente consciente de que no podía, ni debía aparentar asombro por ese tremendo volumen de marihuana (ya que mi propósito era adaptarme,  y nadie que se sorprende se adapta) desvié mis ojos grandes como platos y seguí mirando al frente muda. Pero entonces una española que estaba sentada a mi otro lado dijo: ¡Buaaaaaaaaaahhhh cuánta marihuana!, y con eso me destapó también a mí que había estado disimulando y que ya no podía aguantar más, y dije algo así como: “Vaya yo aquí disimulando para que ahora llegue otra española  y se sorprenda”.  

Dos días después quedé con Virginia y en su camioneta Wolksvagen, una combi chiquita, pude ver dibujada la cabeza de Chuletín, dentro de la cual se deduce una enorme lengua fan de culos veinteañeros (Vir y yo rondamos los treinta, Chule ronda los cincuenta)Ya estábamos los tres juntos, el trío calavera.

Desde un primer momento quedó claro que la pasión de mis dos compinches era hablar de tetas y de culos, las palabras y expresiones más comunes en su vocabulario eran: cuerín, cuerazo, culote, potazo, concha, chorreante,  tetotas, hembrota, flujos, chibolas y un largo etcétera. A mí me gusta mucho hablar de sexo, pero no sé absolutamente nada de sexo con una mujer, y a las mujeres en general, las miro simplemente comparando lo suyo con lo mío, ya que el libre mercado, y la vorágine capitalista nos obliga a una competencia cruel y desarmada. En verdad no tengo mucha competencia en Lima, porque soy blanca, delgada, joven, narigona y tengo años de ejercicio en mis piernas, por lo que me llaman piermiriam. Pero la lucha no es contra otras, es contra mí misma, contra ese afán que he tenido siempre de estar guapa para mis pendejos, porque eso es lo que son todos mis hombres, unos escudándose en la locura, otros en la borrachera…pendejos, pendejos, pendejos.

Fue después de una borrachera, en medio de la cegadora resaca cuando decidimos, al fin, poner remedio a todos nuestros problemas de índole amoroso-económico-sexual,  y entonces surgió la estrambótica idea de “El programa de los veinte puntos”, que lejos de conseguir el propósito que le habíamos marcado (el cambio en nuestras vidas que había de propinarnos estabilidad y felicidad) lejos de eso, terminó por hundirnos aún más. Pero antes de relatar cómo se torció todo, antes de eso, conviene enumerar algunos puntos del programa de los veinte puntos:

1-      El primer punto en el programa de los veinte puntos se deduce del compromiso y la necesidad de cumplir los siguientes puntos:

2-      Dejar de fumar

3-      No mantener relaciones sexuales, ni amorosas con gente que padezca cualquier tipo de enajenación ( punto diseñado expresamente para mí)

4-      No mantener relaciones sexuales con chicas menores de treinta años(este punto estaba especialmente diseñado para Chule)

5-      No ayudar a borrachos, ni drogadictos.

6-      No permitir ningún tipo de maltrato psíquico o físico.

7-      La primera vez que nos choteen no habrá más.

8-      No beber entre semana.

9-      No beber por aburrimiento.

10-  No volver con exs.

Los siguientes diez puntos eran parecidos a los anteriores, con algunos matices.  El manuscrito aparece firmado en su parte posterior por los tres, con fecha del 29 de septiembre del año 2013. Nadie podía advertirnos entonces que estábamos firmando nuestra sentencia de muerte.

Al día siguiente de la firma del “Programa de los veinte puntos” cada uno de esos puntos que habíamos rechazado empezó a imponerse con más fuerza. De doce cigarrillos diarios que fumábamos cada uno, empezamos a fumar dos cajetillas diarias. De beber una a dos veces por semana, pasamos a beber todos y cada uno de los benditos días del Señor. De ayudar sólo a un borracho o drogadicto, pasamos a ayudarlos a todos, los acompañábamos a la tienda a por más licor, ellos también nos acompañaban a nosotros a la tienda a por más licor. Todos volvimos con nuestros exs, que además sufrían algún tipo de enajenación, con lo cual incumplíamos a la vez, dos de los veinte puntos. Chule se lió con todas las flaquitas de veinte años que caían por azar en sus manos. Yo también me levanté a algún chibolo. Dejamos que nuestros exs nos chotearan como no estaba escrito, como no había ocurrido nunca antes en la historia del ser humano humillado. Permitimos todo tipo de maltrato psíquico y físico,  y a su vez nosotros también maltratamos al prójimo,  guiados por el influjo de esas firmas horribles de ese 29 de septiembre del año 2013, que sin saber cómo, queriendo encontrar la estabilidad, y en la estabilidad la felicidad, dieron como resultado todo lo contrario; encontramos la inestabilidad, pero, y aunque parezca mentira, en la inestabilidad encontramos la felicidad, esa felicidad con mayúsculas.

Esa felicidad que sólo se goza, sin  pensar en nada más, libres como pajarillos silvestres gozamos los frutos de esta tierra hasta el abuso. De modo que al no cumplir  “El programa de los veinte puntos”, cumplimos con el objetivo último del ser humano: alcanzar la felicidad. De ahí devino nuestra separación porque ya no nos hacíamos falta, ya éramos felices cada uno por sí mismo, demasiado ocupados en chotear, en maltratar y en que nos choteen.

martes, 24 de septiembre de 2013

Mike Tyson


Mike Tyson nació en una barrio pobre de Blooklyn, donde sí no sabías luchar  pronto te encontrabas destinado sufrir todo tipo de abusos. El pequeño Mike, careciendo siempre de una figura paterna que pudiera hacerle de guía,  supo pronto cómo tenía que actuar para sobrevivir en esas calles. No se amilanó, y empezó a mostrar sus puños, entonces todavía salvajes, ante la mínima arremetida.Tanto así que, a la temprana edad de doce años acumulaba decenas de delitos por robo y actos violentos. Como resultado de esto, fue llevado a un reformatorio, dónde empezó a trabajar su cuerpo con esa pasión desaforada y esa rabia incontrolable de la que el futuro púgil hacía gala.  Del reformatorio lo sacó Cuts D´Amato, entrenador boxístico que tenía entre sus haberes haber encumbrado con anterioridad a dos títulos mundiales. Sin lugar a dudas Cuts le ofreció a Tyson aquello que tanto había anhelado; ese figura paterna que debía decirle: “no hagas esto así hijo, haz esto así y así”. De esa forma, por medio de las reglas y los trucos de la técnica boxística, fue posible encauzar la rabia del joven Tyson. Pero Cuts murió poco antes del combate que habría de enfrentar a Mike Tyson contra Trevor Berbick por el título de los pesos pesados. Sin embargo pese a todas las especulaciones que señalaban la debilidad de Tyson a causa de la desgracia, ésta ni se dejó vislumbrar en el combate, en el que terminó noqueando a Berbick en el segundo asalto, convirtiéndose en el campeón de los pesos pesados más joven de la historia, con tal sólo veinte años.  Ese día fue el 22 de noviembre de 1986. Desde el ring Mike dedicó el triunfo a D´ Amato en unas bellas palabras que vinieron a decir algo así como: yo sé que desde el cielo él me está señalando y diciendo: “ese es mi muchacho”. Sin embargo, anque Mike había ganado el título, nunca consiguió reponerse de la muerte de su amigo y preparador. Nunca pudo volver a dominar la bestia sin los sabios consejos, y sin el amor de Cuts, que por años había estado velando, a la sombra de los sueños más oscuros de Mike, esa sustancia salvaje que se filtra en sus venas y que tiende a explotar con cada arremetida del espíritu.

Se sucedió entonces la violación de esa niña, la cárcel, toda una serie de declaraciones erradas; en una de ellas incluso decía al televidente que le gustaría aplastar con sus pies la cabeza de los hijos de los espectadores, sólo para que pudieran sentir su dolor, sólo para que sufrieran lo que es ser Mike Tyson todos los días. Después vinieron dos derrotas seguidas contra Douglas, en la última de las cuales aguantó la paliza con estoicismo, aún sabiendo de sobra que el combate estaba perdido prácticamente desde el primer round, supongo que esto lo hacía,  en parte,  para recrearse en ese dolor que le era tan propio.

Ese día fui al gimnasio de Artemio en Sucre, después de llevar una semana sin pasar por ahí, después de esa semana que me pasé llorando por cualquier huevada. Saludé a Javier uno de los sparrings contratados por Ati, y me acerqué a él, que estaba en la parte derecha del ring, sabía que no iba a coincidir con el Floro, porque  él entrenaba por las tardes después de salir del trabajo. Me acerqué con la cabeza gacha, en un esfuerzo denodado por no llorar, ya que ese había sido mi estado natural durante los últimos días, me acerqué y le dije; “Sabes que Ati, no sé qué me pasa compadre, creo que me vendrá bien cambiar de aires. Creo que voy a ir a entrenar donde Salazar”.

Artemio ni se inmuto, ni miró en mi dirección siguió pegado a la pelea del Flaco Fernández. Siguió aconsejando "más rapidez en el juego de piernas, los guantes más altos, cúbrete la cara huevón, ¿para qué quieres las manos pendejo?"

"Es tu joda me dijo", y ahí no más me quité. Sabía que estaba haciendo el imbécil, que me estaba desaprovechando porque Ati me conseguía buenos combates, y ya me conocía después de años de entrenamiento, sabía lo que era bueno para mí, y estaba por conseguirme esa pelea que me encumbraría como profesional. Por eso tampoco me extrañó que no se dignara ni a mirarme, no había que prestar atención a tremendo sin sentido, que era a la vez tremenda traición, no sólo contra él sino contra mí mismo.

Pero no podía seguir ahí, tenía que huir, aunque bien sabía que no era hacía delante sino hacía atrás. Cuando miro las declaraciones de Tyson antes de la muerte de D´Amato veo a la imagen de un adolescente travieso, humilde, que transciende cierto halo de arrepentimiento,  cuando observo las que precedieron a la muerte de su entrenador veo a ese Tyson desalmado, que a fuerza de vivir la tristeza se ha olvidado así mismo, o quizá no se ha olvidado, quizá siempre fue así. No hay forma de saber si la época dorada de Mike Tyson, esa en la que se mostraba humilde y disciplinado era reflejo de su verdadero ser, o era una isla en medio de un océano desangelado, que poco a poco iría hundiéndose entre las fauces del mar, hasta desaparecer para siempre.

domingo, 22 de septiembre de 2013


Fuimos caminando a lo largo del malecón. Teníamos las manos ocupadas con latas de chela, y ninguno de los tres estaba lo suficientemente abrigado como para tolerar el frio y la humedad de una noche de invierno limeña como esa. A nuestro paso aparecieron al menos tres hombres orinando en las calles, en aquella época los cortes de electricidad, los famosos apagones limeños eran cosa de todos los días, por eso las siluetas que orinaban aparecían y desaparecían como espectros que la neblina no podía ocultar del todo, pero la oscuridad sí. Bajaba por el malecón casi corriendo, repentinamente vigorizado por una idea peregrina, encontrarme con él, de todas maneras iba a pasar, estaba en su barrio,  y para nada es de los que se quedan en casa después de un combate como el de esa noche. Teníamos las manos libres metidas en los bolsillos, y los hombros elevados más de lo normal para resguardar, en lo posible, el cuello dejado a la intemperie. Recuerdo que Hernán contaba chismes sobre el culo y las tetas de sus flaquitas, en aquella época tenía varías, y algunas incluso se habían dejado tocar por ese pituco clase media alta con casa en un condominio en la Molina.

Tenía la pasión de Hagler y tenía la fuerza de Hearns en cada uno de mis músculos que se deslizaban calle abajo, que se precipitaban en denso caudal entre los caserones coloniales, por las casas de arquitectura inglesa, por los tejados a dos aguas, por los espectros que orinan, entre los vendedores ambulantes, las prostitutas y los vendedores de droga  que de la noche a la mañana cubrían las calles de Lima fruto de la crisis que atenazaba el país. 

Estaba totalmente decidido; esa noche tenía que pasarla con él, tenía que volverlo a apretar fuerte contra mi cuerpo, tenía que oler su pelo, besar su sudor, verlo despertar, verlo frotándose la cara con las dos manos rápidamente y  de arriba abajo, tal y como hacen los roedores.De nada estaba tan seguro como de eso.

Tiene unas tetotas esa flaquita, dos duraznitos dulces como crema volteada, decía Hernán mientras se imaginaba los pechos de su flaca sobre su pecho, mientras giraba las manos simulando manosear sus senos hasta exprimirlos tanto, que en verdad pareciese que estaban manipulando paltas maduras. Huevón tú no sabes lo que son las tetas de esa flaca y ese poto, puta ¡qué poto huevón!, le coges esos gajos redonditos y se los separas, y metes toda tu ñata ahí, y aspiras huevón y huele que alimenta ese  potazo, y haces aaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhh y aspiras fuerte, y te lo llevas todo, te juro como le he comido la concha a esa pendeja, es pendeja esa chata que dice: hazme lo que quieras, te juro huevón, lo que quieras me dice, y me tiene ahí paradazo con su concha chorreante, ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhh qué paja hermano. -¿Concha chorreante? ¡Qué asco!- ¡Párala ya! Deshuevéate ya que nos vas a hacer vomitar huevón con tu asco de descripción de fluidos y mierdas. Pucha hablando de mierda, el otro día le metí la lenguota en el chico, puta que rico hermano, nunca pensé que algo tan sucio podía saber tan bien. – Yo sí que lo sabía huevón desde que me la hice a tu mamá, dice Rafa, y nos reímos. Pucha, con mi madre no te metas pendejo. –la concha de tu madre está tan sucia como tu bocota de chismosasa, párala ya enserio que nos va a entrar el retortijón. Bueno ya no digo más, que parecen dos viejas y frígidas provincianas de mierda.

Llegamos entre carcajadas al número 274 de la Avenida Grau, detrás de esa enorme puerta está el Delirium Tremens, dónde hemos pasado cientos de noches de evocación de peleas como la que se disputó esta noche, de directos, de ganchos, de quiebros dónde tanto hemos rememorado a Ali contra Frazier, a Durán, a Spinks contra Ali en ese combate que fue nombrado por la revista Ring Magazine como “la pelea del año”, y que terminó por arrebatarle el título a Ali. Ese era el sitio donde tanto me había reído con mi atinadito, el lugar en el que habíamos hablado horas y horas de “Manos de Piedra” Durán. Estaba abriendo la puerta del Delirium Tremens, en el momento en que todo ese fulgor que había sentido, toda esa ansiedad, y excitación se revolvieron contra mí, y como la mano que cierra los ojos del cadáver dejando a oscuras la oscuridad, así se turbó mi pensamiento, y las ganas de entrar se convirtieron en ganas de huir, pero ¿cómo explicarles a estos dos sonsos que de pronto no quería estar ahí? ¿Cómo explicarme a mí mismo un miedo tan irracional? A veces me sucede, supongo que a todo el mundo, pero sólo tengo autoridad para hablar de mí, a veces me sucede que una idea o la abstracción de una idea me hace, de pronto, tan jodidamente feliz, que antes incluso de que se cumpla esa idea, o de poder siquiera darle forma, porque muchas veces ni siquiera sé bien de qué se trata, antes incluso de todo eso, la felicidad y el sentimiento de esperanza que me producía, se me antoja tan intenso que al cabo de un rato, siento auténtica angustia pensando en la posibilidad de que todo fuera mentira, de que la energía no estuviera fluyendo en el sentido adecuado, tal y como yo la concebía, de que hubiera errado la lectura de todos los códigos que parecían afirmarse a mi favor. Y es, entonces, cuando el miedo se apodera de mí, y rechazo la idea y rechazo el sentimiento, y sólo tengo ganas de olvidarme de ese estado lo antes posible. Así estaba yo frente a la puerta del Delirium cuando Rafa va y me pregunta: Oye por cierto ¿Qué sabes de Manuel? Y entonces, pucha esa sola mención en un momento de pánico como el que atravesaba, parece el anuncio de lo que estaba por pasar, empiezo a encadenar el rompecabezas y con un sudor frio de los que hacen época atravieso la puerta del bar, pero por suerte sólo veo a Juanito detrás de la barra, y a sus recontra conocidos clientes usuales. Y ahí no más nos sentamos, al tiempo que respondo fingiendo tranquilidad: pucha  no sé, ha debido quitarse a algún lado, meses que no lo veo, tampoco en el gimnasio, me dijo que iba a entrenar donde Salazar. Para mí que ese huevón es cabro, te juro, hay algo raro en él. Para mí que estaba templadazo de ti, me dice Hernán, y entonces algo dentro de mí se activa y sonrío, extiendo la mano y pido tres chelas bien helenas, Juanito afirma con la cabeza, y digo: qué dices huevón, ni cagando el Manu cabro, ese se ha levantado a todas las flaquitas de Barranco.

 Hablando del rey de Roma me dice Rafa, y un latigazo sacude mi pecho. Sigo con la mirada pegada a los posters y a las fotografías que enlucen las paredes del local, sigo ahí pegado, hasta que me doy cuenta que mi paroxismo puede suscitar sospechas, y entonces giro lentamente el cuello, y veo las manitas largas de mi precioso atinado acercándose hacía nosotros, con esa media sonrisa que resalta su carita blanca, sus hoyuelos simétricos como dos cerezas maduras colgando de la nariz partida, lo veo acercarse y a la vez veo a quién tiene al lado. No hay más que decir, obviamente ese es el tipo del Manu, de su estatura, rubito, pelo rizadito, nariz grande y medio morbosa. Ya me ha olvidado ese huevón, ya tiene otro poto y de los ricos, me lo merezco pienso, y me trago la cerveza de una.

viernes, 23 de agosto de 2013


 

Son las cuatro de la mañana. Jorge acaba de tener un sueño horrible, el mismo que se repite todas las noches desde hace meses. Está corriendo por el campo con sus primos y hermanos, deben estar jugando al escondite o a algo por el estilo. Cuando,  en plena carrera se da vuelta para avistar en qué puesto anda, y repara en que no hay nadie tras él, tampoco delante de él,  por un momento le parece que sea de noche, por el silencio y el grave sentimiento de desamparo que siente los niños  ante la oscuridad, pero lo cierto es que siguen siendo las cinco de la tarde de un largo verano infantil. Procede, entonces, a llamar a sus hermanos preocupado, en primera instancia, por su sangre más directa, después llama a sus primos, en ninguno de los dos reclamos obtiene respuestas. Entonces levanta la vista y ve las piernas blancas de su madre, blancas y flacas, todavía sin varices, sus piernas jóvenes y tersas, y esa visión lo calma y lo reconstruye, aunque sólo por un momento porque poco después, al subir la mirada hasta sus ojos  ve que está  llorando. Entonces se mira así mismo y se da cuenta de que  no tiene nada  para secar sus lágrimas, estaba jugando sin camiseta, y los pantalones ni hablar, su familia es una familia bien, donde no se estila quitarse los pantalones ni para enjugar el llanto de tu mami.  Ante la falta de cualquier otra cosa, Jorge decide usar sus mejillas como clínex al tiempo que se agarra de su cuello con fuerza. Su mamá, desprendiendo todo ese amor que de ella emana lo abraza también y, es, cuando parece que todo se va a normalizar con este abrazo, que su madre le dice al oído: -Yo sé donde están tus hermanitos, están debajo de la tierra.

El primer día de colegio se abrió como se abre cada año, con los niños a coro cantando el himno peruano. Jorge era, entre todos los niños de primaria, el que mejor manejaba la voz; podía alternar el agudo y el grave (aunque todavía tenía la voz aguda de niño podía imitar la voz de su papá durante unos minutos) y por ello, era el elegido siempre para hacer los solos en las siguientes estrofas: Largo tiempo el peruano oprimido, la ominosa cadena arrastró, condenado a una cruel servidumbre, largo tiempo, largo tiempo, largo tiempo en silencio gimió. Después, todos los niños tenían que rezar el Padre Nuestro y el Ave María (dispuestos en filas de veinte  los niveles de primaria) signarse y aplaudir.  Pero Jorge  no tenía demasiadas ganas de cantar ese día, la pesadilla de siempre por fin se había revelado en su totalidad, y el resultado del enigma que se venía planteando durante tanto tiempo  no podía ser peor.  Ya sabía por qué estaban sus hermanitos en la tierra, ya sabía que no eran los únicos, que sus primos también estaban enterrados.

Ernesto con sus grandes ojos acuosos, sus pestañas pequeñas, sus cachetes café con leche y  su cuellito de camisa bien limpito, levanta la mano en clase después de llevar un buen rato mirando a la nueva profesora: - ¿Miss, en España  hay himno?

-Sí, claro que hay himno Ernesto, sólo que nuestro himno no tiene letra.

Ernesto se ríe tímidamente guardando su barbilla en el cuello de la  camisa y continúa: - Pero Miss, ¿cómo no va a tener letra? ¿Entonces qué cantan?

-Muy buena pregunta Ernesto, la mayoría de las veces hacemos unos ruidos internos del tipo de: uh uh uhhhm uhmm uhhhm uh uhh uhh uh uh uhhhhh uh uhhh uhhh uh

Entonces  los niños se ríen, y Ernesto, después de lanzar su buena carcajada insiste: -¿Cómo va a ser Mis?  ¿Cómo así no va a tener letra?

-Ha tenido muchas letras, pero ninguna oficial, la gente no se pone de acuerdo en qué letra quedarse. Dependiendo de quién estuviera en el poder tenía una letra u otra. Más bien, ¿saben lo que podemos hacer chicos?(A la Miss que sólo lleva dando clases en Perú un par de semanas, le ha costado horrores adoptar la tercera persona del plural  para referirse a la segunda persona del plural, pero como los niños hubieran perdido toda su atención de haber dicho: Sabéis lo que podemos hacer, a la profesora no le ha quedado otro remedio que adaptarse, por ello ahora se siente orgullosa de esa tercera persona tan peruanamente dicha) Lo que podemos hacer es escribir nosotros una letra para el himno español,  tan huerfanito él,  tan pobrecito él que no tiene ni letra ( Los niños se vuelven a reír ante las caritas de pena que adopta la Miss mientras habla de la orfandad del himno). A ver chicos vamos a escribirle una letra, ¿Qué saben de España?

Por supuesto nadie responde: -Chicos venga no sean tímidos ¿qué saben de España? A ver Jorge  que estás muy callado, dime ¿sabes dónde queda España?

-¿En Europa Miss?

-Muy bien Jorge, España todavía sigue en Europa (de sobra sabe que los niños peruanos  de ocho años no saben nada de la crisis económica  que atraviesa el país, ni de las limitaciones que suponen,  para salir de ella,  los duros ajustes estructurales que impone la Unión Europea, por lo tanto bien sabe la profesora que los niños no entienden sus ironías, sin embargo no puede evitarlas)

-¿Qué te pasa Jorge? ¿te sientes mal? ¿te duele algo?

-No, Miss estoy perfecto, de verdad. La cara de Jorge ni se inmuta mientras responde, apenas abre la boca para contestar, es como si las palabras salieran de dentro solas, como vertidas por un cauce incontrolable y a la vez débil, que se cuela entre la garganta, y desciende en pequeño afluente por los dientes, para terminar mojando levemente el pupitre.  

El Colegio privado, “Santidad y Enseñanza” queda ubicado en La Chira, Chorrillos, distrito costero qué fue utilizado como puerto  tras ser tomado como  base de resistencia patriótica, el puerto del Callao.

-¿Saben qué países lindan con España?

-¿Lindan?- dice uno de los que se sientan en primera fila con tendencia a ser el gracioso- ¿Qué son bonitos, Miss?

-No, Lindan significa que son países que están junto a España, así como Perú linda con Ecuador.

-Miss, dice Aarón levantando la mano con claro signos de aburrimiento, ¿en España también se come sangresita?

Algún día hablaremos de la sangresita  de España pero por el momento tenemos un himno que hacer y la única estrofa que tenemos es; - España está en Europa todavía. O sea que la canción viene a ser más  o menos: uhhhhhhhhm uhhhm uhm uhmm uh uhhh uh uh España está en Europa uhum uhh uhhh uhhh uh uhhh uh uhhh. Hombre, mejor una estrofa que ninguna, pero yo creo que somos capaces de más.

-Miss (levanta la mano Silvana, una niña bajita que se sienta en la primera fila con cara de mujer aniñada y flaquita como ella sola) En España hay un Rey.

-¡No pues!, ¿Cómo va a ser? ¿un rey?

- Chicos es un rey, pero no como el que os imagináis, no el que se imaginan- se corrige así misma antes de que nadie la corrija- no es un rey medieval, sentado en su trono con un cetro de oro. Este rey que tenemos ni siquiera gobierna, no decide qué va a pasar en el país, es el  presidente de gobierno el que hace eso, decide sobre el país y representa a un partido,  éste sí sería igual que  Ollanta Humala.

Bueno entonces ya tenemos dos frases para el himno: uhmmm uhhmm uhhmmm uhmm uhh uh uhh España está en Europa todavía, tiene un rey y no gobierna él.  Todos los niños se ríen, todos menos Jorge.

Después de lo que le dijo su mamá Jorge está prácticamente seguro de que sus primos y hermanos se encuentran debajo de la tierra, porque se han colado por las alcantarillas como las Tortugas Ninja. Allí, bajo tierra, han de entrenar día y noche dotándose de la habilidad necesaria para acabar con el enemigo. No sabe si una rata es su maestro, o entrenan por su cuenta, aunque tiende a pensar lo primero porque son muy jóvenes cómo para sobrevivir a la vida subterránea sin guía. Se recrea,  entonces, en las deliciosas pizzas que estarán comiendo, y en lo bien que lo estarán pasando combatiendo a los malos, por lo que se siente frustrado y enfado, pues no entiende cómo han podido hacerle una cosa así, cómo han podido abandonarle en la superficie. Por otro lado, aunque es bien niño, sabe que de nada le servirá quejarse, debiendo más bien, ir en busca de esa alcantarilla, o hueco en la tierra por el que sus hermanos y primos descendieron, con toda seguridad Splinter tomará represalias en su nombre por el abandono sufrido.

 

Empieza, entonces, a escarbar la tierra con sus manos en los puntos que ve ligeramente levantados,  mientras siente el abrumador calor del verano en Cieneguilla. Se seca la frente con las manos húmedas a la vez que extiende la arena desde éstas a lo largo del rostro, el sonido del viento cálido se confunde con los autos que pasan frente al cercado de la casa, es en ese momento, cuándo todo parece demasiado real cómo para que hayan podido desaparecer sus hermanos y primos por motivos de superhéroes, cuando Jorge descubre en la arena, desenterrando un puntito blanco, un hueso chiquito, que después de ser observado con minuciosidad debe atribuirse al hueso de un esqueleto humano.  Sin darle mayor importancia guarda el hueso en sus pantalones para enseñárselo a sus hermanos en el momento en que los encuentre, y así poder, todos juntos, y con la ayuda de Splinter, resolver el caso del humano enterrado bajo tierra. Del humano enterrado bajo tierra- piensa- y recuerda las palabras que le susurró su mamá: Yo sé donde están tus hermanitos, están debajo de la tierra.

miércoles, 14 de agosto de 2013

La guerra


 

Me decía a mí mismo: “A medida que pase el tiempo irás olvidando esa pelea”, pero no la olvidaba. Fue el 15 de Abril del 85. Habíamos visto a Hagler perder el título mundial de la manera más vil en el setenta y nueve, cuando el árbitro, pese a la clara superioridad de Marvin (luego llamado Marvelous Hagler), quien dominó todo el combate, decidió el empate a favor de Vito Autofermo. Fue entonces cuando Hagler, con ese espíritu guerrero que tienen sólo algunos hombres, decidió combatir (nunca mejor dicho) la usurpación sufrida como diera lugar. Fue ese el mismo día en que se dijo mirándose a los puños: “estos han de ser mis jueces a partir de ahora”. Dicho y hecho, un año después se coronó como campeón mundial en la categoría de peso medio, y retuvo este título hasta que  el joven Thomas “Hitman” Heanrs,  o “Motor City Cobra” que se había quedado a las puertas de ganar el welter contra Sugar Ray, con sólo esta pelea en contra, le salió al paso,  insistió y volvió a insistir a los representantes de Hagler, en busca de esa oportunidad que podía otorgarle el título dorado de campeón mundial. Por fin el combate se fijó para el quince de abril del ochenta y cinco, uno de los días más tristes de mi vida. 

Desde el minuto numero uno de pelea tuve una extraña y contradictoria sensación. Después, por cómo se fueron dando las cosas esa noche, llegué a intuir,  que más que una sensación se trataba de un presagio. El caso es que era (teniendo en cuenta los pros y los contras) puedo decir que era un sentimiento maravilloso, el que de pronto creció en mi estomago y empezó a tironearme del corazón y de los testículos. Fue como estar sorprendentemente alegre y esperanzado, pero conservando, a la vez, cierto regusto amargo que podría hacer pensar que, o bien esa sensación era imaginaria, no sustentada en hechos reales o en felicidades venideras, o bien sí podría estar basada en un futuro promisorio, que de la noche a la mañana se trunca, dejándote infinitamente peor de como estabas al principio. El hecho es que durante toda la pelea tuve una erección del carajo, por suerte el combate duró solamente nueve minutos porque no hubiera podido aguantar doce rounds con tremenda inflamación en la parte baja.

Fuimos a ver el combate a la casa de Rafa, donde vive con sus padres y sus dos hermanas. Fuimos allí porque por su graduación, le compraron un televisor de los grandotes, según sus propias palabras su nueva tele era como dos veces la mía, así que había estado insistiéndonos toda la semana sobre lo paja que iba a ser ver el combate en su nuevo aparato, y esto y lo otro, al final nosotros unicamente queríamos un cuarto donde chupar, y un televisor donde pudieran distinguirse las figuras de los boxeadores.

Cuando llegamos allá no había nadie, sus padres se habían ido a una casa que tenían en el campo, y sus dos hermanas pequeñas, por supuesto, les habían acompañado. Así que ahí estábamos Rafa, Hernán(otro chico del gimansio) y yo, con esa extraña sensación en el estómago, con ese latir agitado de corazón y esa erección de caballo, intentando aguantar sentado en alguna posición (probé varías con la esperanza de aliviar mi arrechura) pero no conseguí nada. Y el estomago, y el corazón, y Hagler que sale del cuadrilátero como quien espera años ese combate, con los puños quemándole al verse por fin ahí, donde siempre quiso estar, defendiendo por onceaba vez su título.

El primer mejor asalto de la historia (como fue reconocido por la mayoría de los especialistas) empezó con la mirada aguerrida de Hearns desde el cuadrilátero, y desde ese momento hasta el final del tercer round, todo fue una confusión de ganchos y directos, sucediéndose con tal intensidad que verdaderamente nadie podía creer que se tratara de un combate auténtico, y no de la escena de una película sobre boxeadores. Los dos se estaban buscando, los dos se estaban esperando, salieron convencidos, salieron dispuestos a dejarse el cuerpo y la cara en el ring, salieron a matar. En el tercer round, la brecha que Hearns había hecho en el párpado de Hagler empezó a abrirse, cuando el árbitro advirtió al boxeador que el combate no podía durar mucho tiempo con esa herida botando sangre sin parar. El tercer round iba a ser el último round, por lo que Hagler se dijo: “Bueno no me queda mucho tiempo para ganar”, y entonces le encajó tremendo nocaut a “Hitman”, dejándolo tirado en el suelo, haciendo un vano esfuerzo por incorporarse.  Durante esos casi nueve minutos todos los boxeadores del mundo volvimos a nacer, estoy casi seguro de que todos sentimos lo mismo, sentimos esa pasión, ese arrojo que nos hizo meternos en el boxeo cuando no sabíamos nada de técnica, pero sí sabíamos como vibra un puño cuando tienes enfrente la cara de tu rival. Sin pensar en conteos, sin pensar quién es el vencedor de las apuestas, sin pensar en nada. Sólo sintiendo: -¡Yo he nacido para esto, maldita sea!

Después del combate  recordé que estaba en Barranco, que Manuel vivía por ahí, y pensé: ¡Pucha, también has nacido para eso…maldita sea!

domingo, 14 de julio de 2013

Primera muerte


Sostengo el vaso con la mano derecha, intento llevarlo a mis labios pero me doy cuenta que se ha perdido en una confusión de temblores y aspavientos. En el trayecto se  desprendió de la mitad del whisky que contenía, salpicando la barra, la manga de mi camisa, chorreándose por mi mano, cayendo finalmente en mis labios tras ese largo periplo, sólo después de golpearse bruscamente con mis dientes, como la pelota que rebota en el tablero para caer en el aro.

Miro al camarero para ver si se ha dado cuenta del estado en que me encuentro. Hay momentos en la vida en que, aunque estás verdaderamente desamparado, sigue importándote, sepa Dios por qué, lo que piensen los demás acerca de ti. Debe ser el último intento de orden, lo que se impone en estos contextos,  el último empeño por aparentar normalidad. Dicen que las mujeres de la Alemania liberada por los rusos, después de sufrir los abusos más vejatorios en manos soviéticas, tuvieron la decencia de componerse, de sacudir sus ropas como buenamente pudieron, de amarrar su cabello, y mantenerse erguidas ante el anuncio de la proximidad de las tropas norteamericanas, aún pensando que los americanos se acercaban con la intención de cobrarse la misma venganza que los rusos. Supongo que la frase que se imponía no era otra sino: “Si  ha de suceder otra vez,  que sea de la manera más digna”.

El camarero lava los vasos en silencio con la cabeza agachada. No parece que se haya percatado de la ansiedad que recorre cada célula de mi cuerpo. Sólo ahora que descarto la posibilidad de que haya podido verme, siento el valor necesario para hablarle:

-Maestro, otro Whisky por favor.

No dice nada, sólo deja lo que estaba haciendo, y camina hacia la botella de Johnnie Walker, que alcanza en la parte superior de la última estantería. Me sirve la copa también sin decir nada, y sólo en el momento en que, con la copa servida y el brazo extendido hacia mí,  resuelve mirarme directamente a los ojos, y sostener esa mirada apaciguadora y humanitaria, sólo en ese momento, me doy cuenta ¡tonto de mi! de que siempre supo acerca de todas mi tribulaciones.

Soy un hombre de cincuenta años totalmente desarmado, tanto que parece que acabe de nacer hace cinco minutos. Soy un recién nacido, cuyo líquido amniótico envuelve barba, canas, lentes, pies cansados, tobillos hinchados, patas de gallo y una ligera barriga. Por eso resulta natural que, cuando el camarero me pregunta: -¿Qué le sucede compadre? ¿Se encuentra bien? Arranque a llorar sobre la barra, pues no era ésta frase del camarero, más que la mano del médico pegándome la cachetada que había de insuflarme  vida tras el parto.  

Mi llanto ahogado, se deprende de mis lagrimales tan pequeños, que no alcanzo a entender cómo puede salir de ellos tremendo torrente. Sobrecogido ante la magnitud del fenómeno, ni siquiera me tomo la molestia de secar mis mejillas, ni de cercar el cauce de  mis lagrimas.

No le digo nada, sólo intento sacar de mi cartera una fotografía, como hubiera hecho en cualquier circunstancia normal, manejando la cartera de cuero negro sólo con una mano, así como los policías muestran su placa sólo con una mano. Obviamente, el estado en que me encuentro me obliga a usar las dos, al tiempo que por fin doy con la foto  y la deposito sobre la barra, después de mirar hacia ambos lados, temiendo que haya entrado alguien de improviso en este bar abandonado, de barra, techo y mesas de madera,  suelos llenos de aserrín y escasa iluminación.

-Es muy linda. ¿Es su…?  Me dice sin llegar a terminar la frase, dejando al descubierto la prudencia que define su personalidad, pues no se atreve a aventurar que esa niña de dieciocho años que le muestro sea mi hija, pudiendo ser mi amante, y de la misma forma, tampoco se atreve a preguntar si esa niña de dieciocho años que le muestro es mi amante, pudiendo ser mi hija.   

-Es mi pequeña, le contesto. –Mi única hija. –Era mi pequeña.

-Cuanto lo siento señor, ¿Cuándo falleció?

-No ha fallecido, no ha fallecido. No hay forma de enjugar mis lágrimas, que caen sobre la foto de la preciosa cara de mi hija, sus enormes ojos, sus labios gruesos, sus pómulos discretamente marcados, su frente grande, sus preciosos años, sus inocentes años ahora perdidos para siempre. “¿Qué te hicieron mi hija? ¿Por qué lo permitiste?” Tengo este enorme dolor que me oprime el pecho, y el mesero, con sus años de mesero, de sobra lo  sabe, por eso me acerca otro whisky que deja pegadito a mi mano, para que ésta no tenga que recorrer mucha distancia con la tembladera.

Lo acabo de un trago y me recompongo un poco, sólo lo suficiente para sacar otra foto de la cartera. En ésta tiene cinco añitos, las mejillas llenas de pecas, dos colitas a cada uno de los lados de la cabeza, y a su mamá abrazándola cuando ella estaba todavía encima del columpio. Tan linda era, que no pudo ni esperarse a que bajara.

-Está enferma. Tiene una enfermedad en la cabeza. Nos lo dijeron hace unos años. He intentado cuidarla, he intentado protegerla ¡vaya si lo he intentado! Esa noche estaba borracha y loca, mientras cuatro hombres se la turnaban. Mi pequeña ya no puede ser mi pequeña nunca más. Está muerta, no puedo dejar de imaginarme su piel blanca y tierna bañada en el semen de esos indeseables. Ya no era mi niña cuando la recogí en el hospital.  Ha muerto todo lo que pensaba de ella.

-Señor, y si le digo, me contestó el mesero, que si yo fuera uno de esos chicos que la abusó, y ella hubiera muerto esa noche, y sí le digo que usted vendría a preguntarme qué dijo su hija en sus últimos momentos, y qué aspecto tenía. ¿Y sí le digo que usted haría todo eso, para tener un recuerdo más que guardar en su cartera?

 

  La habitación de blanca ilusión y la abuela iluminada Entraba allí la luz filtrándose como si no hubiera en su vida grandes ausencias ...