sábado, 5 de octubre de 2013

El trío calavera


En aquella época paraba todo el tiempo con mis dos amigos calavera, los que junto a mí, formaban el trío calavera. Los conocí cuando recién empezaba el invierno limeño y me acompañaron hasta el final de la estación. Lo que pasó después, al comienzo de la primavera, lo que hizo que finalmente nos separáramos todavía no lo entiendo bien, pero lo entenderé, me imagino, en el futuro. Fue  al principio del invierno cuando llegué a Lima, yo, una extranjera sin papeles, dispuesta a trabajar en la ciudad dónde años atrás había conocido el sexo con Jet Lag, el perpetuo cielo gris, los edificios coronados por una gruesa capa de contaminación, y las sonrisas rebosantes de ceniza.

 Había llegado a Lima después de cinco años totalmente expatriada por la crisis económica que atenaza a la piel del toro del país donde nací, no voy a decir de mí país, porque yo no soy nacionalista, y considero que ser española o peruana  sólo significa que, en un rublo del destino, ese óvulo y ese espermatozoide se encontraron físicamente  en Europa  o en América, nada más. Las banderas, los himnos y cosas por el estilo nunca me han interesado en lo más mínimo; cómo sabrán España ha ganado en los últimos años el mundial de fútbol y el mundial de baloncesto. Lo del futbol seguro lo sabían, lo del baloncesto no creo que lo supieran tanto…bueno en todas estas victorias ha acompañado a las selecciones un gentío descomunal en las calles, blandiendo banderitas, camisetas, cantando eslóganes trillados, gritando hasta la asfixia con las caras amoratadas en esa duda ancestral que acompaña al hombre desde sus orígenes: ¿qué hacer antes? ¿Corear el nombre de mi selección de futbol, beber o fumar? Ante esa duda estaban millones de españoles viendo como se les concedía esa victoria. Y aquí es dónde digo que yo no soy nacionalista porque nunca pensé que esa victoria fuera mía, ni siquiera pensé que fuera una victoria a nivel nacional, pues bien sabido es, que todos esos futbolistas tienen sus cuentas millonarias en Suiza, y que en nada están contribuyendo a la recuperación del país, el cúal permanece más cagado que nunca.

Fue así, por esa atmosfera pestilente que envolvía el lugar donde nací, que terminé en Lima.  Y fue en esta ciudad dónde conocí a mis compinches: Chuletín y Virginidad.  Los conocí por separado, pero muy pronto una eclosión de miles de millones de átomos gravitando por la vía láctea, vino a juntar a esos dos personajes en un mismo contexto.

A Chuletín lo conocí uno de los primeros días del invierno, cuando llevaba poco más de un mes en Lima. Ese día había quedado con una amiga española, que estaba yendo al cumpleaños de un pata que es amigo de mis amigos peruanos, los que conozco hace años, desde mis primeras incursiones en Sudamérica. El cumpleaños era en la playa, en la Herradura, y para allá fuimos un grupo, todo chicas más Chuletín, pronto entendí que así es como nuestro querido Chuleta  se encuentra más cómodo, totalmente rodeado de mujeres. Lo llaman Chule porque dentro de su boca atesora una lengua enorme, una lengua que puede extenderse desde sus labios rosados hasta la parte inferior de la barbilla. Una lengua que el mismo se ha medido, y que algunas personas son capaces de atestiguar, mide unos quince centímetros desde los labios hasta la punta, es decir toda una chuleta por lengua. Y ahí estaba Chuletín, rodeado de mujeres jóvenes, en chanclas, porque ante todas las cosas Chule es un fetichista, y le gusta dar masajes en los pies a las mujeres, y porque todavía no hacía realmente frio es que fuimos para allá en sandalias, y por dos veces sorprendí a Chule relamiéndose los labios con la puntita de su lengua nada más, mientras observaba mis pies.  Ahí pasamos la tarde, parece que fuera ayer, parece que todos los trágicos acontecimientos que se derivaron de esos días no hayan sucedido nunca.

A virginidad la conocí esa misma noche, en la fiesta de una amiga, pero Chule no estaba, se había ido ya a pasear su enorme lengua por la geografía limeña. Virginidad es, desde el primer momento en que atraviesa la puerta de una habitación, una absoluta y completa bollera para todos los que, desde el interior,  la ven franquear el umbral de la puerta. No hay forma de ocultar que es gay, tampoco hay ninguna necesidad; Lima ha cambiado mucho en los últimos veinte años respecto al tema de la homosexualidad, se ha vuelto mucho más tolerante, ya no mata a su gente por cabros.

Virginidad entró a esa habitación atestada de españoles y se sentó a mi lado, yo pensé: “Hay una bollera a mi lado”, simplemente clasificando como suele hacer el cerebro cuando no tiene nada mejor que hacer. No dijo nada, se sentó, y de repente entre sus manitas, porque Virginia es chatita, chiquita y sus manitas también son chiquitas, y entre sus manitas nació de repente una caja  metálica enorme, que abrió y cuyo aromático contenido envolvió toda la sala. Nunca había visto tal cantidad de marihuana junta.

Como quien no quiere la cosa, totalmente consciente de que no podía, ni debía aparentar asombro por ese tremendo volumen de marihuana (ya que mi propósito era adaptarme,  y nadie que se sorprende se adapta) desvié mis ojos grandes como platos y seguí mirando al frente muda. Pero entonces una española que estaba sentada a mi otro lado dijo: ¡Buaaaaaaaaaahhhh cuánta marihuana!, y con eso me destapó también a mí que había estado disimulando y que ya no podía aguantar más, y dije algo así como: “Vaya yo aquí disimulando para que ahora llegue otra española  y se sorprenda”.  

Dos días después quedé con Virginia y en su camioneta Wolksvagen, una combi chiquita, pude ver dibujada la cabeza de Chuletín, dentro de la cual se deduce una enorme lengua fan de culos veinteañeros (Vir y yo rondamos los treinta, Chule ronda los cincuenta)Ya estábamos los tres juntos, el trío calavera.

Desde un primer momento quedó claro que la pasión de mis dos compinches era hablar de tetas y de culos, las palabras y expresiones más comunes en su vocabulario eran: cuerín, cuerazo, culote, potazo, concha, chorreante,  tetotas, hembrota, flujos, chibolas y un largo etcétera. A mí me gusta mucho hablar de sexo, pero no sé absolutamente nada de sexo con una mujer, y a las mujeres en general, las miro simplemente comparando lo suyo con lo mío, ya que el libre mercado, y la vorágine capitalista nos obliga a una competencia cruel y desarmada. En verdad no tengo mucha competencia en Lima, porque soy blanca, delgada, joven, narigona y tengo años de ejercicio en mis piernas, por lo que me llaman piermiriam. Pero la lucha no es contra otras, es contra mí misma, contra ese afán que he tenido siempre de estar guapa para mis pendejos, porque eso es lo que son todos mis hombres, unos escudándose en la locura, otros en la borrachera…pendejos, pendejos, pendejos.

Fue después de una borrachera, en medio de la cegadora resaca cuando decidimos, al fin, poner remedio a todos nuestros problemas de índole amoroso-económico-sexual,  y entonces surgió la estrambótica idea de “El programa de los veinte puntos”, que lejos de conseguir el propósito que le habíamos marcado (el cambio en nuestras vidas que había de propinarnos estabilidad y felicidad) lejos de eso, terminó por hundirnos aún más. Pero antes de relatar cómo se torció todo, antes de eso, conviene enumerar algunos puntos del programa de los veinte puntos:

1-      El primer punto en el programa de los veinte puntos se deduce del compromiso y la necesidad de cumplir los siguientes puntos:

2-      Dejar de fumar

3-      No mantener relaciones sexuales, ni amorosas con gente que padezca cualquier tipo de enajenación ( punto diseñado expresamente para mí)

4-      No mantener relaciones sexuales con chicas menores de treinta años(este punto estaba especialmente diseñado para Chule)

5-      No ayudar a borrachos, ni drogadictos.

6-      No permitir ningún tipo de maltrato psíquico o físico.

7-      La primera vez que nos choteen no habrá más.

8-      No beber entre semana.

9-      No beber por aburrimiento.

10-  No volver con exs.

Los siguientes diez puntos eran parecidos a los anteriores, con algunos matices.  El manuscrito aparece firmado en su parte posterior por los tres, con fecha del 29 de septiembre del año 2013. Nadie podía advertirnos entonces que estábamos firmando nuestra sentencia de muerte.

Al día siguiente de la firma del “Programa de los veinte puntos” cada uno de esos puntos que habíamos rechazado empezó a imponerse con más fuerza. De doce cigarrillos diarios que fumábamos cada uno, empezamos a fumar dos cajetillas diarias. De beber una a dos veces por semana, pasamos a beber todos y cada uno de los benditos días del Señor. De ayudar sólo a un borracho o drogadicto, pasamos a ayudarlos a todos, los acompañábamos a la tienda a por más licor, ellos también nos acompañaban a nosotros a la tienda a por más licor. Todos volvimos con nuestros exs, que además sufrían algún tipo de enajenación, con lo cual incumplíamos a la vez, dos de los veinte puntos. Chule se lió con todas las flaquitas de veinte años que caían por azar en sus manos. Yo también me levanté a algún chibolo. Dejamos que nuestros exs nos chotearan como no estaba escrito, como no había ocurrido nunca antes en la historia del ser humano humillado. Permitimos todo tipo de maltrato psíquico y físico,  y a su vez nosotros también maltratamos al prójimo,  guiados por el influjo de esas firmas horribles de ese 29 de septiembre del año 2013, que sin saber cómo, queriendo encontrar la estabilidad, y en la estabilidad la felicidad, dieron como resultado todo lo contrario; encontramos la inestabilidad, pero, y aunque parezca mentira, en la inestabilidad encontramos la felicidad, esa felicidad con mayúsculas.

Esa felicidad que sólo se goza, sin  pensar en nada más, libres como pajarillos silvestres gozamos los frutos de esta tierra hasta el abuso. De modo que al no cumplir  “El programa de los veinte puntos”, cumplimos con el objetivo último del ser humano: alcanzar la felicidad. De ahí devino nuestra separación porque ya no nos hacíamos falta, ya éramos felices cada uno por sí mismo, demasiado ocupados en chotear, en maltratar y en que nos choteen.

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