Fuimos caminando a lo largo del malecón. Teníamos las
manos ocupadas con latas de chela, y ninguno de los tres estaba lo
suficientemente abrigado como para tolerar el frio y la humedad de una noche de
invierno limeña como esa. A nuestro paso aparecieron al menos tres hombres
orinando en las calles, en aquella época los cortes de electricidad, los
famosos apagones limeños eran cosa de todos los días, por eso las siluetas que
orinaban aparecían y desaparecían como espectros que la neblina no podía
ocultar del todo, pero la oscuridad sí. Bajaba por el malecón casi corriendo,
repentinamente vigorizado por una idea peregrina, encontrarme con él, de todas
maneras iba a pasar, estaba en su barrio,
y para nada es de los que se quedan en casa después de un combate como
el de esa noche. Teníamos las manos libres metidas en los bolsillos, y los
hombros elevados más de lo normal para resguardar, en lo posible, el cuello
dejado a la intemperie. Recuerdo que Hernán contaba chismes sobre el culo y las
tetas de sus flaquitas, en aquella época tenía varías, y algunas incluso se
habían dejado tocar por ese pituco clase media alta con casa en un condominio
en la Molina.
Tenía la
pasión de Hagler y tenía la fuerza de Hearns en cada uno de mis músculos que se
deslizaban calle abajo, que se precipitaban en denso caudal entre los
caserones coloniales, por las casas de arquitectura inglesa, por los tejados a
dos aguas, por los espectros que orinan, entre los vendedores ambulantes, las
prostitutas y los vendedores de droga
que de la noche a la mañana cubrían las calles de Lima fruto de la
crisis que atenazaba el país.
Estaba
totalmente decidido; esa noche tenía que pasarla con él, tenía que volverlo a
apretar fuerte contra mi cuerpo, tenía que oler su pelo, besar su sudor, verlo
despertar, verlo frotándose la cara con las dos manos rápidamente y de arriba abajo, tal y como hacen los
roedores.De nada estaba tan seguro como
de eso.
Tiene
unas tetotas esa flaquita, dos duraznitos dulces como crema volteada, decía
Hernán mientras se imaginaba los pechos de su flaca sobre su pecho, mientras giraba
las manos simulando manosear sus senos hasta exprimirlos tanto, que en verdad
pareciese que estaban manipulando paltas maduras. Huevón tú no sabes lo que
son las tetas de esa flaca y ese poto, puta ¡qué poto huevón!, le coges esos gajos
redonditos y se los separas, y metes toda tu ñata ahí, y aspiras huevón y huele
que alimenta ese potazo, y haces
aaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhh y aspiras fuerte, y te lo llevas todo, te juro como
le he comido la concha a esa pendeja, es pendeja esa chata que dice: hazme lo
que quieras, te juro huevón, lo que quieras me dice, y me tiene ahí paradazo
con su concha chorreante, ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhh qué paja hermano. -¿Concha
chorreante? ¡Qué asco!- ¡Párala ya! Deshuevéate ya que nos vas a hacer vomitar
huevón con tu asco de descripción de fluidos y mierdas. Pucha hablando de
mierda, el otro día le metí la lenguota en el chico, puta que rico hermano,
nunca pensé que algo tan sucio podía saber tan bien. – Yo sí que lo sabía
huevón desde que me la hice a tu mamá, dice Rafa, y nos reímos. Pucha, con mi
madre no te metas pendejo. –la concha de tu madre está tan sucia como tu bocota
de chismosasa, párala ya enserio que nos va a entrar el retortijón. Bueno ya no
digo más, que parecen dos viejas y frígidas provincianas de mierda.
Llegamos
entre carcajadas al número 274 de la Avenida Grau, detrás de esa enorme puerta
está el Delirium Tremens, dónde hemos pasado cientos de noches de evocación de
peleas como la que se disputó esta noche, de directos, de ganchos, de quiebros
dónde tanto hemos rememorado a Ali contra Frazier, a Durán, a Spinks contra Ali
en ese combate que fue nombrado por la revista Ring Magazine como “la pelea del
año”, y que terminó por arrebatarle el título a Ali. Ese era el sitio donde tanto
me había reído con mi atinadito, el lugar en el que habíamos hablado horas y
horas de “Manos de Piedra” Durán. Estaba abriendo la puerta del Delirium
Tremens, en el momento en que todo ese fulgor que había sentido, toda esa
ansiedad, y excitación se revolvieron contra mí, y como la mano que cierra los
ojos del cadáver dejando a oscuras la oscuridad, así se turbó mi pensamiento, y
las ganas de entrar se convirtieron en ganas de huir, pero ¿cómo explicarles a
estos dos sonsos que de pronto no quería estar ahí? ¿Cómo explicarme a mí mismo
un miedo tan irracional? A veces me sucede, supongo que a todo el mundo, pero
sólo tengo autoridad para hablar de mí, a veces me sucede que una idea o la
abstracción de una idea me hace, de pronto, tan jodidamente feliz, que antes
incluso de que se cumpla esa idea, o de poder siquiera darle forma, porque
muchas veces ni siquiera sé bien de qué se trata, antes incluso de todo eso, la
felicidad y el sentimiento de esperanza que me producía, se me antoja tan
intenso que al cabo de un rato, siento auténtica angustia pensando en la
posibilidad de que todo fuera mentira, de que la energía no estuviera fluyendo
en el sentido adecuado, tal y como yo la concebía, de que hubiera errado la
lectura de todos los códigos que parecían afirmarse a mi favor. Y es, entonces,
cuando el miedo se apodera de mí, y rechazo la idea y rechazo el sentimiento, y
sólo tengo ganas de olvidarme de ese estado lo antes posible. Así estaba yo
frente a la puerta del Delirium cuando Rafa va y me pregunta: Oye por cierto
¿Qué sabes de Manuel? Y entonces, pucha esa sola mención en un momento de
pánico como el que atravesaba, parece el anuncio de lo que estaba por pasar,
empiezo a encadenar el rompecabezas y con un sudor frio de los que hacen época
atravieso la puerta del bar, pero por suerte sólo veo a Juanito detrás de la
barra, y a sus recontra conocidos clientes usuales. Y ahí no más nos
sentamos, al tiempo que respondo fingiendo tranquilidad: pucha no sé, ha debido quitarse a algún lado, meses
que no lo veo, tampoco en el gimnasio, me dijo que iba a entrenar donde
Salazar. Para mí que ese huevón es cabro, te juro, hay algo raro en él.
Para mí que estaba templadazo de ti, me dice Hernán, y entonces algo dentro de
mí se activa y sonrío, extiendo la mano y pido tres chelas bien helenas,
Juanito afirma con la cabeza, y digo: qué dices huevón, ni cagando el Manu
cabro, ese se ha levantado a todas las flaquitas de Barranco.
Hablando del rey de Roma me dice Rafa, y un
latigazo sacude mi pecho. Sigo con la mirada pegada a los posters y a las
fotografías que enlucen las paredes del local, sigo ahí pegado, hasta que me doy
cuenta que mi paroxismo puede suscitar sospechas, y entonces giro lentamente el
cuello, y veo las manitas largas de mi precioso atinado acercándose hacía nosotros,
con esa media sonrisa que resalta su carita blanca, sus hoyuelos simétricos como
dos cerezas maduras colgando de la nariz partida, lo veo acercarse y a la vez veo
a quién tiene al lado. No hay más que decir, obviamente ese es el tipo del Manu,
de su estatura, rubito, pelo rizadito, nariz grande y medio morbosa. Ya me ha olvidado
ese huevón, ya tiene otro poto y de los ricos, me lo merezco pienso, y me trago la
cerveza de una.
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