domingo, 22 de septiembre de 2013


Fuimos caminando a lo largo del malecón. Teníamos las manos ocupadas con latas de chela, y ninguno de los tres estaba lo suficientemente abrigado como para tolerar el frio y la humedad de una noche de invierno limeña como esa. A nuestro paso aparecieron al menos tres hombres orinando en las calles, en aquella época los cortes de electricidad, los famosos apagones limeños eran cosa de todos los días, por eso las siluetas que orinaban aparecían y desaparecían como espectros que la neblina no podía ocultar del todo, pero la oscuridad sí. Bajaba por el malecón casi corriendo, repentinamente vigorizado por una idea peregrina, encontrarme con él, de todas maneras iba a pasar, estaba en su barrio,  y para nada es de los que se quedan en casa después de un combate como el de esa noche. Teníamos las manos libres metidas en los bolsillos, y los hombros elevados más de lo normal para resguardar, en lo posible, el cuello dejado a la intemperie. Recuerdo que Hernán contaba chismes sobre el culo y las tetas de sus flaquitas, en aquella época tenía varías, y algunas incluso se habían dejado tocar por ese pituco clase media alta con casa en un condominio en la Molina.

Tenía la pasión de Hagler y tenía la fuerza de Hearns en cada uno de mis músculos que se deslizaban calle abajo, que se precipitaban en denso caudal entre los caserones coloniales, por las casas de arquitectura inglesa, por los tejados a dos aguas, por los espectros que orinan, entre los vendedores ambulantes, las prostitutas y los vendedores de droga  que de la noche a la mañana cubrían las calles de Lima fruto de la crisis que atenazaba el país. 

Estaba totalmente decidido; esa noche tenía que pasarla con él, tenía que volverlo a apretar fuerte contra mi cuerpo, tenía que oler su pelo, besar su sudor, verlo despertar, verlo frotándose la cara con las dos manos rápidamente y  de arriba abajo, tal y como hacen los roedores.De nada estaba tan seguro como de eso.

Tiene unas tetotas esa flaquita, dos duraznitos dulces como crema volteada, decía Hernán mientras se imaginaba los pechos de su flaca sobre su pecho, mientras giraba las manos simulando manosear sus senos hasta exprimirlos tanto, que en verdad pareciese que estaban manipulando paltas maduras. Huevón tú no sabes lo que son las tetas de esa flaca y ese poto, puta ¡qué poto huevón!, le coges esos gajos redonditos y se los separas, y metes toda tu ñata ahí, y aspiras huevón y huele que alimenta ese  potazo, y haces aaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhh y aspiras fuerte, y te lo llevas todo, te juro como le he comido la concha a esa pendeja, es pendeja esa chata que dice: hazme lo que quieras, te juro huevón, lo que quieras me dice, y me tiene ahí paradazo con su concha chorreante, ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhh qué paja hermano. -¿Concha chorreante? ¡Qué asco!- ¡Párala ya! Deshuevéate ya que nos vas a hacer vomitar huevón con tu asco de descripción de fluidos y mierdas. Pucha hablando de mierda, el otro día le metí la lenguota en el chico, puta que rico hermano, nunca pensé que algo tan sucio podía saber tan bien. – Yo sí que lo sabía huevón desde que me la hice a tu mamá, dice Rafa, y nos reímos. Pucha, con mi madre no te metas pendejo. –la concha de tu madre está tan sucia como tu bocota de chismosasa, párala ya enserio que nos va a entrar el retortijón. Bueno ya no digo más, que parecen dos viejas y frígidas provincianas de mierda.

Llegamos entre carcajadas al número 274 de la Avenida Grau, detrás de esa enorme puerta está el Delirium Tremens, dónde hemos pasado cientos de noches de evocación de peleas como la que se disputó esta noche, de directos, de ganchos, de quiebros dónde tanto hemos rememorado a Ali contra Frazier, a Durán, a Spinks contra Ali en ese combate que fue nombrado por la revista Ring Magazine como “la pelea del año”, y que terminó por arrebatarle el título a Ali. Ese era el sitio donde tanto me había reído con mi atinadito, el lugar en el que habíamos hablado horas y horas de “Manos de Piedra” Durán. Estaba abriendo la puerta del Delirium Tremens, en el momento en que todo ese fulgor que había sentido, toda esa ansiedad, y excitación se revolvieron contra mí, y como la mano que cierra los ojos del cadáver dejando a oscuras la oscuridad, así se turbó mi pensamiento, y las ganas de entrar se convirtieron en ganas de huir, pero ¿cómo explicarles a estos dos sonsos que de pronto no quería estar ahí? ¿Cómo explicarme a mí mismo un miedo tan irracional? A veces me sucede, supongo que a todo el mundo, pero sólo tengo autoridad para hablar de mí, a veces me sucede que una idea o la abstracción de una idea me hace, de pronto, tan jodidamente feliz, que antes incluso de que se cumpla esa idea, o de poder siquiera darle forma, porque muchas veces ni siquiera sé bien de qué se trata, antes incluso de todo eso, la felicidad y el sentimiento de esperanza que me producía, se me antoja tan intenso que al cabo de un rato, siento auténtica angustia pensando en la posibilidad de que todo fuera mentira, de que la energía no estuviera fluyendo en el sentido adecuado, tal y como yo la concebía, de que hubiera errado la lectura de todos los códigos que parecían afirmarse a mi favor. Y es, entonces, cuando el miedo se apodera de mí, y rechazo la idea y rechazo el sentimiento, y sólo tengo ganas de olvidarme de ese estado lo antes posible. Así estaba yo frente a la puerta del Delirium cuando Rafa va y me pregunta: Oye por cierto ¿Qué sabes de Manuel? Y entonces, pucha esa sola mención en un momento de pánico como el que atravesaba, parece el anuncio de lo que estaba por pasar, empiezo a encadenar el rompecabezas y con un sudor frio de los que hacen época atravieso la puerta del bar, pero por suerte sólo veo a Juanito detrás de la barra, y a sus recontra conocidos clientes usuales. Y ahí no más nos sentamos, al tiempo que respondo fingiendo tranquilidad: pucha  no sé, ha debido quitarse a algún lado, meses que no lo veo, tampoco en el gimnasio, me dijo que iba a entrenar donde Salazar. Para mí que ese huevón es cabro, te juro, hay algo raro en él. Para mí que estaba templadazo de ti, me dice Hernán, y entonces algo dentro de mí se activa y sonrío, extiendo la mano y pido tres chelas bien helenas, Juanito afirma con la cabeza, y digo: qué dices huevón, ni cagando el Manu cabro, ese se ha levantado a todas las flaquitas de Barranco.

 Hablando del rey de Roma me dice Rafa, y un latigazo sacude mi pecho. Sigo con la mirada pegada a los posters y a las fotografías que enlucen las paredes del local, sigo ahí pegado, hasta que me doy cuenta que mi paroxismo puede suscitar sospechas, y entonces giro lentamente el cuello, y veo las manitas largas de mi precioso atinado acercándose hacía nosotros, con esa media sonrisa que resalta su carita blanca, sus hoyuelos simétricos como dos cerezas maduras colgando de la nariz partida, lo veo acercarse y a la vez veo a quién tiene al lado. No hay más que decir, obviamente ese es el tipo del Manu, de su estatura, rubito, pelo rizadito, nariz grande y medio morbosa. Ya me ha olvidado ese huevón, ya tiene otro poto y de los ricos, me lo merezco pienso, y me trago la cerveza de una.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

  La habitación de blanca ilusión y la abuela iluminada Entraba allí la luz filtrándose como si no hubiera en su vida grandes ausencias ...