Me
decía a mí mismo: “A medida que pase el tiempo irás olvidando esa pelea”, pero
no la olvidaba. Fue el 15 de Abril del 85. Habíamos visto a Hagler perder el
título mundial de la manera más vil en el setenta y nueve, cuando el árbitro,
pese a la clara superioridad de Marvin (luego llamado Marvelous Hagler), quien
dominó todo el combate, decidió el empate a favor de Vito Autofermo. Fue
entonces cuando Hagler, con ese espíritu guerrero que tienen sólo algunos
hombres, decidió combatir (nunca mejor dicho) la usurpación sufrida como diera
lugar. Fue ese el mismo día en que se dijo mirándose a los puños: “estos han de
ser mis jueces a partir de ahora”. Dicho y hecho, un año después se coronó como
campeón mundial en la categoría de peso medio, y retuvo este título hasta
que el joven Thomas “Hitman”
Heanrs, o “Motor City Cobra” que se
había quedado a las puertas de ganar el welter contra Sugar Ray, con sólo esta pelea
en contra, le salió al paso, insistió y
volvió a insistir a los representantes de Hagler, en busca de esa oportunidad que
podía otorgarle el título dorado de campeón mundial. Por fin el combate se fijó
para el quince de abril del ochenta y cinco, uno de los días más tristes de mi
vida.
Desde
el minuto numero uno de pelea tuve una extraña y contradictoria sensación. Después,
por cómo se fueron dando las cosas esa noche, llegué a intuir, que más que una
sensación se trataba de un presagio. El caso es que
era (teniendo en cuenta los pros y los contras) puedo decir que era un
sentimiento maravilloso, el que de pronto creció en mi estomago y empezó a tironearme
del corazón y de los testículos. Fue como estar sorprendentemente alegre y
esperanzado, pero conservando, a la vez, cierto regusto amargo que podría hacer
pensar que, o bien esa sensación era imaginaria, no sustentada en hechos reales
o en felicidades venideras, o bien sí podría estar basada en un futuro
promisorio, que de la noche a la mañana se trunca, dejándote infinitamente peor
de como estabas al principio. El hecho es que durante toda la pelea tuve
una erección del carajo, por suerte el combate duró solamente nueve minutos
porque no hubiera podido aguantar doce rounds con
tremenda inflamación en la parte baja.
Fuimos a ver el combate a la casa de Rafa, donde vive con sus
padres y sus dos hermanas. Fuimos allí porque por su graduación, le compraron
un televisor de los grandotes, según sus propias palabras su nueva tele era
como dos veces la mía, así que había estado insistiéndonos toda la semana sobre
lo paja que iba a ser ver el combate en su nuevo aparato, y esto y lo otro, al
final nosotros unicamente queríamos un cuarto donde chupar, y un televisor donde
pudieran distinguirse las figuras de los boxeadores.
Cuando llegamos allá no había nadie, sus padres se habían ido a
una casa que tenían en el campo, y sus dos hermanas pequeñas, por supuesto, les
habían acompañado. Así que ahí estábamos Rafa, Hernán(otro chico del gimansio) y yo, con esa extraña sensación en el estómago, con ese latir
agitado de corazón y esa erección de caballo, intentando aguantar sentado en
alguna posición (probé varías con la esperanza de aliviar mi arrechura) pero no conseguí nada. Y el estomago, y el corazón, y Hagler que sale
del cuadrilátero como quien espera años ese combate, con los puños quemándole al
verse por fin ahí, donde siempre quiso estar, defendiendo por
onceaba vez su título.
El
primer mejor asalto de la historia (como fue reconocido por la mayoría de los
especialistas) empezó con la mirada aguerrida de Hearns desde el cuadrilátero, y desde ese momento hasta el final del tercer round, todo fue una confusión de ganchos
y directos, sucediéndose con tal intensidad que verdaderamente nadie podía
creer que se tratara de un combate auténtico, y no de la escena de una película
sobre boxeadores. Los dos se estaban buscando, los dos se estaban
esperando, salieron convencidos, salieron dispuestos a dejarse el cuerpo y la
cara en el ring, salieron a matar. En el tercer round, la brecha que
Hearns había hecho en el párpado de Hagler empezó a abrirse, cuando el
árbitro advirtió al boxeador que el combate no podía durar mucho tiempo con esa
herida botando sangre sin parar. El tercer round iba a ser el último
round, por lo que Hagler se dijo: “Bueno no me queda mucho tiempo para ganar”,
y entonces le encajó tremendo nocaut a “Hitman”, dejándolo tirado en el
suelo, haciendo un vano esfuerzo por incorporarse. Durante
esos casi nueve minutos todos los boxeadores del mundo volvimos a nacer, estoy
casi seguro de que todos sentimos lo mismo, sentimos esa pasión, ese
arrojo que nos hizo meternos en el boxeo cuando no sabíamos nada de técnica,
pero sí sabíamos como vibra un puño cuando tienes enfrente la cara de tu rival.
Sin pensar en conteos, sin pensar quién es el vencedor de las apuestas, sin
pensar en nada. Sólo sintiendo: -¡Yo he nacido para esto, maldita sea!
Después
del combate recordé que estaba en
Barranco, que Manuel vivía por ahí, y pensé: ¡Pucha, también has nacido para eso…maldita sea!
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