miércoles, 17 de diciembre de 2014

El día de su cumpleaños improvisé un regalo. En la pastelería que quedaba cerca de la casa vendían muñecos de goma dulce de esos que decoran las tartas. El muñeco que elegí era rosado, comestible, de unos cinco centímetros y representaba un perro. Por entonces todavía vivíamos en la primera casa. No recuerdo bien la forma en que le di el muñeco, creo que lo dejé encima de la mesa de madera grande alrededor de la cual comíamos en la cocina, entre esos azulejos con naranjas dibujas que decoraban las paredes. O puede que no fuera así de fría, puede que se lo diera en la mano. Sí recuerdo muy bien cómo lloró cuando vio el estúpido perro de goma. Lloró de manera incontenible durante minutos como si un afluente cansado saliera de sus ojos. Y nosotros seguíamos comiendo y él seguía llorando. Me sentía culpable, ¿para qué le habré dado ese estúpido muñeco? Ahora no puede dejar de llorar y nadie dice nada. Nadie intenta consolarlo, ni consolarme, todos comen en silencio mirando fijamente su plato

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