El día de su cumpleaños improvisé un regalo. En la pastelería que
quedaba cerca de la casa vendían muñecos de goma dulce de esos que
decoran las tartas. El muñeco que elegí era rosado, comestible, de unos
cinco centímetros y representaba un perro. Por entonces todavía vivíamos
en la primera casa. No recuerdo bien la forma en que le di el muñeco,
creo que lo dejé encima de la mesa de madera grande alrededor de la cual
comíamos en la cocina, entre esos azulejos con naranjas dibujas
que decoraban las paredes. O puede que no fuera así de fría, puede que
se lo diera en la mano. Sí recuerdo muy bien cómo lloró cuando vio el
estúpido perro de goma. Lloró de manera incontenible durante minutos
como si un afluente cansado saliera de sus ojos. Y nosotros seguíamos
comiendo y él seguía llorando. Me sentía culpable, ¿para qué le habré
dado ese estúpido muñeco? Ahora no puede dejar de llorar y nadie dice
nada. Nadie intenta consolarlo, ni consolarme, todos comen en silencio
mirando fijamente su plato
miércoles, 17 de diciembre de 2014
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