viernes, 12 de diciembre de 2014

Rumores de embarazo



Todo empezó de la manera más casual. Acababa de terminar una clase, y faltaban unos minutos para dar comienzo a la siguiente. Suelo aprovechar ese tiempo para mirar con honda melancolía la larga fila de aulas de enfrente, pues al carecer de campus la universidad, todo lo que puedes contemplar es una sucesión de aulas, que ni el sol más  cegador, como el de ese día, puede ocultar. Fue en ese momento cuando oí el rumor que ya corría como hilo de agua que ha olvidado su afluente, por lo que era imposible, a esas alturas, saber quién había hecho circular la infamia.

-Sí, sí la miss está embarazada ¿qué no lo sabías?
-¿Sí? No parece, ¿cómo sabes?

Apenas pude entender esas dos frases casi mudas que brotaron de las comisuras de sus labios adolescentes como confesión a párroco, mientras con ceñudo empeño intentaban no dirigir abiertamente su mirada hacía mí. En un principio, lo primero que pensé fue, que obviamente deberían estar refiriéndose a otra “miss”, a una cuya barriga sobresaliera, o a cualquier miss en general dada al embarazo, porque a mí, en mis casi dos años de docencia no se me conocía ninguno. Pero en el fondo sabía que no, sabía que se referían a mí, porque una sabe cuándo se refieren a ella de manera solapada en una reunión social, porque a los treinta y un años cumplidos una ya ha sido objeto de la rumoreología.

Mi actitud, como la de cualquier persona medianamente racional, fue la de la indiferencia, hice como sí no hubiera oído nada, y continúe con mis clases. Sin embargo, poco a poco esas palabras fueron tomando forma en mi pensamiento. En primer lugar reparé en algo que antes ni siquiera se me había ocurrido; con la docencia había pasado a ser una “figura pública”. Así como en mis años de estudiante universitaria ese profesor había participado en las FARC, o esa otra había recibido la cátedra por chupársela a un anciano, o aquel otro tenía un tumor con más de diez kilos de bilis en el estomago. De modo que, a mi maletín, a mis alumnos y a mis horarios lectivos, había de sumarle un tumor, una mamada, activismo en la selva colombiana, y a todo ello además un embarazo.

También me quedé pensando en la segunda parte del chisme, porque un chisme suele estar bastante más elaborado. Suele tener una ubicación espacial, temporal y un contexto definido. Sólo por curiosidad quería saber a quién atribuían la paternidad de mi bebé (yo sí sabía quién sería el padre lógicamente, ¿pero cómo habrían de saberlo ellos?). El día era excesivamente caluroso y había elegido muy mal mi atuendo; un jersey grueso de lana, un pantalón vaquero ajustado, unas zapatillas de alpinista cerradas hasta el tobillo y el sol limeño cuya radiación estudios recientes dicen que es una de las más altas de la tierra.  Figúrense entonces cuán pesado era mi estado de ánimo, intentando deslizarme hasta el metropolitano con un maletín cargado de trabajos de las mismas personas que aseguraban que dentro de mi vientre había una vida germinando. Sentía la imperiosa necesidad de tirarme al suelo y fingir ser una oruga, cuyo cuerpo invertebrado, tomara impulso desde sus patas delanteras para atraer a las traseras en lento movimiento ondulante, sin embargo pude resistir ese impulso y caminar de forma bípeda hasta la misma puerta del metropolitano. Para cuando llegué allá me sentía totalmente extenuada, más incluso de lo normal.

A la entrada del paradero se amontonaban decenas de personas, que olvidando el civilismo, se empujaban unas a otras luchando por  introducirse en un vagón atestado. Cuando por fin pasó un vagón que, sin estar ni mucho menos vacío, cabría esperar de él que todavía contuviera un mínimo de oxígeno,  me introduje en él, mientras pensaba que, de ser ciertos los rumores, podría apelar a mi embarazo para ocupar uno de los asientos rojos, reservados para ancianos, mujeres embarazadas e inválidos. Pese a las habladurías que apuntaban lo contrario, al no estar dentro de ninguna de esas tres categorías, me quedé de pie, pendiendo de la barra superior, totalmente necesaria a juzgar por los frenazos a que de tanto en tanto, nos sometía el conductor del metropolitano. Fue en una de esas bruscas paradas cuando comencé a notar un peso y un ardor exacerbado en mis tobillos, como si una capa de grasa sanguinolenta los envolviera. Inconscientemente procedí a tocarlos para saber qué era aquel cuerpo desconocido que de repente me hacía imposible continuar en pie. Pero en lugar de un cuerpo ajeno descubrí a mis propios tobillos, eso sí mucho más hinchados, probablemente su tamaño se había duplicado, quizá incluso triplicado. No podía creerlo, ¿cómo era posible que hubiera operado este cambio en ellos en el transcurso de unas pocas horas? Hasta hace nada mis tobillos eran perfectamente normales, o al menos, eran los mismos tobillos que acostumbraba a ver día tras día, desde la salida del sol hasta el ocaso. 
Tras una de esas muchas sacudidas, el autobús se detuvo y subieron veinte personas más agotando ese oxígeno que había calculado escaso a la hora de decidirme por entrar en el vagón. Estas personas, además de acabar con el oxigeno disponible, traían sus propios aromas, no del todo agradables, más bien desagradables. Tanto así que, sin percibirlo, había empezado a brotar una nausea desde la boca de mi estomago que, arrastrando con ella el olor de los nuevos pasajeros y el crudo de las calles limeñas, estuvo a punto de salir arrojada a la superficie.  Finalmente pude contener el vomito al tiempo que una joven, visiblemente avergonzada me cedía su asiento con actitud de disculpas. Qué amable, debe ser una chica sensible, de esas que se dan cuenta de las personas que a su alrededor lo están pasando mal, pensé e intenté dirigir mi mirada hacía ella, para ver sí en sus rasgos se describía este tipo de inteligencia emocional, pero para entonces ya estaba sentaba en el asiento que me acababan de ceder, y la repentina visión de mi abultada barriga sietemesina reclamaba toda mi atención.





   

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