Lo había conocido dos años atrás, justo cuando acababa de volver a Perú
después de cinco años. Por ese entonces almorzaba sola en un menú.
Odiaba almorzar sola, no por vergüenza, sino porque familia y amigos
estaban a miles de kilómetros, y eso no tenía visos de cambiar, además
alquilaba un cuarto sin cocina, y eso tampoco tenía visos de cambiar. A
esta experiencia le sumé en un par de ocasiones, un par de resacas, lo
que hizo algo más triste todo el conjunto. Pero por si eso fuera poco, a
diario me tocaba seguir la ruta de este anciano, al menos comenzarla,
porque él, desprovisto totalmente de vista, y con una movilidad bien
limitada, llegaba mucho después que yo al menú. Vestía, tanto en verano
como en invierno, una casaca de plumas, un jersey, un pantalón ancho
cuya holgura adivinaba sus piernas blancas y escuálidas, y unas
zapatillas deportivas, con una enorme cámara de aire en la suela que
debía dar buena amortiguación a todo ese enjambre de huesos. Llegaba al
comedor cuando yo iba por el postre. El mozo lo acercaba a una mesa en
cuanto lo veía llegar; en una mano le colocaba una cuchara, y en un
taper ancho y largo vertía la sopa para el anciano, como queriendo
marcar con estas barreras, el camino de su mano ciega y temblorosa. Un
año y medio después, cuando mi situación había cambiado mucho (alquilaba
un departamento con cocina), vi a este anciano encallado en uno de los
escalones que, de improviso, salpican el pavimento de la quinta donde
vivo. Lo ayudé a salir de ahí. Debía ir hacia el menú. Otro día lo
volví a ver encallado, pero esta vez ni siquiera en dirección a la
puerta de salida, sino en un jardín aledaño. Lo ayudé a salir de ahí, y
lo acompañé hasta el comedor. Pobre anciano, cada vez tiene más difícil
el procurarse su almuerzo, pensé. Hoy un anuncio sobre el metal verde
de la puerta de la quinta reza: Ha muerto el Señor X. Sus familiares y
amigos lloran su perdida.
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