jueves, 9 de octubre de 2014

El sacrificio y la muerte



No se puede cambiar el pasado matando a un perro, me dijo, y se fue dejando la interrogación que dibujaba su fino bigote todavía flotando en el ambiente. Creo que tiene razón  de nada sirven ya los sacrificios de sangre contra las plagas, toda vez que el Nuevo Testamento selló de manera definitiva las prácticas del viejo.  Pero igual no pude evitar pasar un buen rato pensando en esa sangre canina que debería redimirnos. Sabes, le dije poco antes de que partiera haciendo caso omiso a mi respuesta, creo que estás equivocado, creo que a partir de ahora el tiempo marcha hacia atrás. Pero el golpe seco de la puerta ya había enmudecido mi última palabra. El titular del periódico “El Mundo” rezaba: “Excalibur ha sido sacrificado”.  Sobre la marmórea mesa ritual la sangre densa del can resbala. Algunos hilos de sangre han tomado ventaja en esa pausa carrera, alcanzando con acierto la pista de arena sobre la que descansan los pies de cientos de adoradores de lo herético, quienes  suman sus manos clamando al cielo, en una única y compasada oleada de ruegos.  Siempre pagan justos por pecadores dice el refrán, y no es descabellado pensar que el perro era justo,  pues no se le conoce delito, después de siglos de existencia, ni al niño ni al animal. Quizá el próximo sacrificio para vencer el virus del ébola que amenaza nuestra bicolor vierta la sangre de un niño en su segunda primavera.

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