No se puede cambiar el pasado
matando a un perro, me dijo, y se fue dejando la interrogación que dibujaba su
fino bigote todavía flotando en el ambiente. Creo que tiene razón de nada sirven ya los sacrificios de sangre
contra las plagas, toda vez que el Nuevo Testamento selló de manera definitiva
las prácticas del viejo. Pero igual no
pude evitar pasar un buen rato pensando en esa sangre canina que debería
redimirnos. Sabes, le dije poco antes de que partiera haciendo caso omiso a mi
respuesta, creo que estás equivocado, creo que a partir de ahora el tiempo
marcha hacia atrás. Pero el golpe seco de la puerta ya había enmudecido mi
última palabra. El titular del periódico “El Mundo” rezaba: “Excalibur ha sido
sacrificado”. Sobre la marmórea mesa
ritual la sangre densa del can resbala. Algunos hilos de sangre han tomado
ventaja en esa pausa carrera, alcanzando con acierto la pista de arena sobre la
que descansan los pies de cientos de adoradores de lo herético, quienes suman sus manos clamando al cielo, en una
única y compasada oleada de ruegos.
Siempre pagan justos por pecadores dice el refrán, y no es descabellado
pensar que el perro era justo, pues no
se le conoce delito, después de siglos de existencia, ni al niño ni al animal.
Quizá el próximo sacrificio para vencer el virus del ébola que amenaza nuestra
bicolor vierta la sangre de un niño en su segunda primavera.
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