Con
mi espalda desnuda sobre la hierba. Sobre la hierba húmeda que crece
salvaje ante el impasible sol del mediodía. También mis senos blancos,
también mi vientre hundido devolviéndose a la tierra. He visto al hijo
que voy a tener. Su espalda diminuta estaba junto a la mía. De fondo el
rumor quedo del río, con su pausada tristeza.
Con la vieja agonía del agua lo miré, por el temor de que, como a mí, a su boquita desdentada le doliera el llanto del río. -¿Por qué silbas enano sí ni siquiera sabes hablar? Y ¿qué haces con todo ese sol sobre tu rostro? –Mira los animales que se ocultan en tus brazos rollizos, en los pliegues de tu vientre incipiente y suave.
– ¡El río está triste JA, JA, JA!, parecía decir, mientras una hormiga le surcaba la carne.
Con la vieja agonía del agua lo miré, por el temor de que, como a mí, a su boquita desdentada le doliera el llanto del río. -¿Por qué silbas enano sí ni siquiera sabes hablar? Y ¿qué haces con todo ese sol sobre tu rostro? –Mira los animales que se ocultan en tus brazos rollizos, en los pliegues de tu vientre incipiente y suave.
– ¡El río está triste JA, JA, JA!, parecía decir, mientras una hormiga le surcaba la carne.
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