El
taxi iba a toda velocidad sobrevolando las limeñas, húmedas y lluviosas
calles. Acababan de matar a un hombre frente a la puerta de Kentucky
Fried Chicken. Creo que era el hijo de un mafioso siciliano, o al menos
eso me dijeron después. Se trataba de un ajuste de cuentas, obviamente.
La gente se arremolinaba en torno al cadáver cubierto por una sabana, en
algunos puntos teñida de rojo. La detención del coche frente a la luz
ámbar, me permitió ver como la sangre se mezclaba con la lluvia sobre el
asfalto. Pensé que conformaba una bonita acuarela esa degradación del
color, y que la lluvia lo limpiaba todo, incluso la muerte. Me hubiera
gustado decirle todo esto a él que iba sentado a mi lado, pero no quería
que el taxista utilizara mis apreciaciones para especular sobre el
asesinato, o para explayarse acerca de la delincuencia en Lima. A veces
uno no necesita que le expliquen un cadáver por fuerte que resulte la
idea a primera vista. ¿Un cadáver humano, por las mismas calles por las
que suelo andar? ¿un muerto en medio del tránsito y de la rutina de
todos los días?, eso es algo realmente inquietante, algo difícil de
asimilar, y, sin embargo, uno no siempre necesita que se lo expliquen.
En algunos casos llega a entenderlo de una manera más directa, así como
se entiende una decepción amorosa, desde adentro. Así como puedes ver
los árboles deshojarse en las tardes otoñales, y no sentir
tristeza, sino una enorme alegría por el hecho de saber que todo acaba y
luego vuelve a empezar. ¿Cuál de nuestros hijos sucederá a este
presunto siciliano y presunto hijo de mafioso muerto en la calle?
El taxi ya estaba llegando a Barranco en el momento en que apoyó su cabeza sobre mi pierna. O puede que fuera antes, puede que no se percatara siquiera de la multitud apiñada alrededor de la muerte. Puede que mis caricias sobre su pelo no alcanzaran a describirle la escena, en todo caso, podrían contarle algo del amor. Aunque, siendo el amor y la muerte las dos cosas más irracionales que hay, ¡poco podrían explicar mis manos maestras!.
El taxi ya estaba llegando a Barranco en el momento en que apoyó su cabeza sobre mi pierna. O puede que fuera antes, puede que no se percatara siquiera de la multitud apiñada alrededor de la muerte. Puede que mis caricias sobre su pelo no alcanzaran a describirle la escena, en todo caso, podrían contarle algo del amor. Aunque, siendo el amor y la muerte las dos cosas más irracionales que hay, ¡poco podrían explicar mis manos maestras!.
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