miércoles, 20 de agosto de 2014



Recogí la nieve que quedaba sobre sus mejillas. No podía dar crédito a la imagen de su rostro níveo profundamente enrojecido a causa de la congelación. Nadie me había hablado nunca de la paz de los muertos, por lo que pensé que, posiblemente no se podía generalizar al común de los cadáveres esa sensación de honda tranquilidad que me devolvía la expresión inanimada de mi amigo. “¿A quién se le ocurre celebrar un funeral en el día más frio del año?” convenían algunas de las plañideras contratadas para hacerle el sequito al cuerpo, quienes negras y alineadas, como procesión de hormigas, trocaron el silencio en un absoluto desorden de gritos y alaridos al tiempo que llegaban junto al féretro. Sus labios rojizos, infantiles y picudos me recordaron mucho a los de Macaulay Culkin en “Home Alone”. Desde el mismo momento en que pasó por mi mente esa analogía me sentí miserablemente frívola por el hecho de estar comparando los labios sin vida de mi amigo con algo tan banal como los labios de un actor de Hollywood, por lo que resolví la necesidad de buscar metáforas más elevadas, para que, quién sea que escuchase mis pensamientos, no me tuviera por una mujer mundana. Vinieron a mi cabeza entonces imágenes de volcanes regurgitando lava, atardeceres frente al mar, y la arena rojiza del desierto. Ninguna de estas imágenes pudo, sin embargo, silenciar el evocador recuerdo del actor estadounidense

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