La última vez que lo vi creo que
fue en agosto del año 2008. Vino a recoger su
carcomida maleta de cuero, todavía más ajada por el abrasante calor del
verano murciano. Se la llevó en volandas del asa, con su cuero crujiente y su aspecto amarillento, similar al de las
hojas de las palmeras que se tuestan lentamente, en esta ciudad maldita del
suroeste de España. Ese era mi padre, del que tanto me habían hablado desde
pequeña, en ese intento imposible por suplantar lo que nunca tuve,
describiéndome azarosamente un hombre, cuya historia, era más o menos desconocida
para todos. Se llamaba Benedicto Díaz Sangrado, por suerte, sólo adopté, o me
hicieron adoptar, su primer apellido, porque no quiero ni imaginar la de
compresas que me hubieran pegado en la espalda, mis compañeros de pupitre, de
haberme apellidado Sangrado en el instituto.
Recuerdo ese día de hace seis años con
absoluta nitidez. Me había despertado temprano, como acostumbro, esa vez con
más motivo pues estaba a sólo un examen de terminar la carrera. Mi hermana
estaba en su cuarto viendo un capítulo de la serie a la que estuviera
enganchada en ese momento, y mi madre debía estar trabajando en el puesto de
pescado, pues no la recuerdo en la casa, en el momento en que mi padre nos
visitó. Mis otros dos hermanos se encontraban por ahí de vacaciones, cada uno con sus
respectivas parejas. En esa época yo acababa de entrar (digo entrar porqué salí
de ella muchísimo después) en una ruptura de lo más dolorosa, pero intentaba no pensar en ella, ocultándola
tras Clodoveo, tras Doña Sancha y Ataulfo I, en pos de aprobar el examen de
Medieval de España, y en un último intento de alargar la fecha de mi suicidio
el mayor tiempo posible.
Siempre
pensé que elegía mal a los hombres por la falta de una figura paterna guía, así
que, cuando vi sus dos cejas pobladas, encima de esos ojitos claros, mirándome
a través de la mirilla de la puerta, lo primero que pensé (obsesionada como
vivía por intentar remediar o explicar mi situación amorosa) es que, si ese que
era claramente mi padre, volvía, en el
futuro no tendría excusa para volver con mi ex, o encontrar cualquier otro que
me triturará las entrañas con la misma predisposición e ímpetu. Supe que era mi padre, porque cada año
enviaba una carta a mis abuelos, los cuales vivían en plena facultad de
condiciones, con una foto suya, de una ciudad distinta, donde fuera que el
circo en el que trabajaba había montado un show.
Mi
abuelo, que era un judío de la diáspora(en realidad el judío de la diáspora era
el padre de mi abuelo, pero los hijos de los judíos de la diáspora son
automáticamente y nada más nacer, judíos de la diáspora, por beber leche materna tantas veces nutrida con carne
kosher), nunca contestó ni una sola, de las veinticinco cartas que le mandó su
hijo, desde el mismo año en que decidió hacerse payaso, y esparcir su alegría
por el mundo, mientras dejaba tras de sí a una mujer embarazada y a tres hijos,
el mayor de los cuales no alcanzaba los cinco años de edad. A mí abuelo, poco
le importaba, sin embargo, el drama familiar que la ausencia de mi padre había
causado, lo único que verdaderamente le hacía mentar a Yaveh en vano, era que mi padre hubiera elegido un oficio tan
poco digno como el de payaso.
Es así
como, en el mismo momento en que su nariz afilada se movió de un lado al otro
de la mirilla, santiguándose ante el
vidrio circular, en ese mismo instante, supe que mi padre había vuelto.
Llamó a la puerta dos veces, una prolongada que podía hacer pensar que su dedo se había quedado pegado al timbre, y otra, totalmente diferente a la anterior, precipitada y breve, como si el esfuerzo realizado en la primera timbrada, le hubiera provocado el calambre que precipitó la segunda. Estuve detrás de la puerta durante las dos llamadas, porque siempre he tenido un oído canino, y en el mismo momento en que siento que alguien se aproxima, pongo mis cuatro patitas al acecho. Mi hermana, conocedora de mi costumbre y de mi superpoder, como ella lo llama, es la primera en preguntar: ¿quién es Michael?
Me llaman Michael desde el día en que me hice un moldeador en el pelo, después de indicarle tropecientas veces a la peluquera, que quería el rizo grande, de modo que me quedaran tirabuzones, y ésta, obviando totalmente mi explicación, en lugar de ello, me hizo un rizo diminuto. Y de ahí que me llamen Michael, por Michael Jackson antes de su transformación, antes, también, de que se le quemara el pelo en 1984, mientras rodaba un comercial para Pepsi. Respondo a la pregunta de mi hermana con: es el papa, y no sé porque me sale el papa, si yo siempre le pongo acento. Debe ser el color oscuro de la piel que observo, luce mi padre, de ese lado de la puerta, lo que me hace hablar en calé.
Llamó a la puerta dos veces, una prolongada que podía hacer pensar que su dedo se había quedado pegado al timbre, y otra, totalmente diferente a la anterior, precipitada y breve, como si el esfuerzo realizado en la primera timbrada, le hubiera provocado el calambre que precipitó la segunda. Estuve detrás de la puerta durante las dos llamadas, porque siempre he tenido un oído canino, y en el mismo momento en que siento que alguien se aproxima, pongo mis cuatro patitas al acecho. Mi hermana, conocedora de mi costumbre y de mi superpoder, como ella lo llama, es la primera en preguntar: ¿quién es Michael?
Me llaman Michael desde el día en que me hice un moldeador en el pelo, después de indicarle tropecientas veces a la peluquera, que quería el rizo grande, de modo que me quedaran tirabuzones, y ésta, obviando totalmente mi explicación, en lugar de ello, me hizo un rizo diminuto. Y de ahí que me llamen Michael, por Michael Jackson antes de su transformación, antes, también, de que se le quemara el pelo en 1984, mientras rodaba un comercial para Pepsi. Respondo a la pregunta de mi hermana con: es el papa, y no sé porque me sale el papa, si yo siempre le pongo acento. Debe ser el color oscuro de la piel que observo, luce mi padre, de ese lado de la puerta, lo que me hace hablar en calé.
Mi hermana
divertida se burla de mi : ¿Quién Juan
Pablo II? ¡No, Chivi!, le contesto, ¡es
el padre! Dado que ella, en ese momento tiene sentimientos mucho más
racionales que los míos, se sobrecoge nada más oír que su padre, al que nunca
conoció, está detrás de la puerta, ahora
que ha alcanzado la edad de 23 años. Yo
entonces contaba con 25, invulnerable e imbuída en mi propia tragedia. Mi
hermana viene flotando por el pasillo, alta, delgada, siempre fue pálida, pero la
palidez de ahora es ¡a tal punto abrumadora!, que temo que se desmaye en el
camino. Su paso es sigiloso, por lo que
entiendo que, ni ella misma sabe, si
quiere abrir o no esa puerta. Por fin está a mi lado, y yo le digo: abrámosla
Chivi, qué podemos perder si ya lo hemos perdido todo. Su única respuesta fue
una mirada de rabia que venía a decir algo así como: lo habrás perdido todo tú
obsesiva de mierda.
¡Mi papá
y su larga nariz! ¡Cuántos años de pueblo errante nos han costado estos genes!
¡Para que luego ni siquiera sean bien valorados estéticamente! Y la gente tienda
a llamarnos “Blossom” o “`Pinocho” ¡Como sí nuestras fosas nasales no llevaran
detrás siglos de valle de lágrimas! De
repente, siento una ternura desmedida por esos ojos tristes que tanto me han
faltado, por esas cejas pobladas, por esa mirada inquisidora, y a la vez
derrotada por su propio destino. Esa
misma ternura, me lleva a abrir la puerta sin esperar a que mi hermana me dé su
beneplácito.
Cuando te
imaginas mucho a alguien, y sabes cómo es su cara, y el aspecto de su piel, puedes
concebir, o formularte una idea aproximada de cómo será su tacto, incluso de
cómo olerá, midiendo con mayor o menor precisión, el aspecto de acicalado que
tiene, o los paisajes que lo rodean. Pero desde luego, no puedes ni llegar a
imaginar, cómo será su voz. Por eso durante todo este tiempo fantaseé con la
idea de la voz de mi padre, y obviamente
le adjudiqué una voz grave, porque a mí, como a casi todo el mundo, me gustan
las voces graves para los hombres. Ahora ante la puerta a medio abrir, mi mayor temor, después del de
perder mi chivo expiatorio, era que la voz de mi padre fuera tan aguda como el
ladrido de un caniche ¡Dios me libre de tener un padre con esa voz! ¡prefiero
que sea mudo, o que ande siempre desaparecido!
Mi hermana no sé qué piensa, está
como petrificada. La puerta se abre y el pesado cuerpo de mi
padre entra en la habitación, con una familiaridad maldita, que nadie en su
sano juicio, hubiera utilizado de enfrentarse a una situación como la que
estábamos viviendo. Mi hermana asombrada ante este hecho, dio un salto brusco y
ortopédico, sin mover sus rodillas inflexibles, como si ella no hubiera mandando mover su cuerpo, como si fuera el aire el que moviera a la mismísima momia
de Tutancamón. Yo hice todo lo contario otra vez más, y pegué un respingo
alucinante, que hizo vislumbrar algo de vida en la mirada triste y abatida de mi padre. Por
suerte, su voz era tal y cómo la había imaginado en sus largos años de ausencia.
Resonó grave y estertórea entre las
paredes de mi casa mientras decía: Hijas, he venido a recoger mi maleta.
La maleta
estaba encima de un armario de caoba, con pasadores dorados, que ocupaba casi
la totalidad de la habitación, que antaño había visto crecer ese amor que nos
concibió a los cuatro. Mi madre la había conservado ahí, supongo, con la
esperanza de que su marido tantos años desaparecido, al volver pudiera encontrar,
al menos, unos cuantos centímetros de sí mismo en la casa. Lo guiamos hacía la
habitación, así como los días son guiados por los meses y estos por los años.
Su caminar era tan pesado como su metro noventa de estatura podía hacer pensar.
Él, aunque no necesitaba guía, pues recordaba perfectamente cada matiz de esa
casa, que apenas había cambiado en su
ausencia, se dejó llevar por nosotras a lo largo del pasillo, y ahí, al final
del recorrido se encontró con su maleta. Ni mi hermana ni yo, experimentamos en
ese momento ningún tipo de resentimiento, por el hecho de que mi padre, después
de tanto años, apareciera preguntando por algo tan absurdo, más bien lo que
teníamos era una curiosidad abrumadora por lo que fuera que contuviese esa
maleta.
Nadie dijo
nada durante todo el trayecto, solo el eterno canto de la chicharra estival
murciana acallaba ese silencio, que mi padre no hizo ningún esfuerzo por
remediar, o quizá si, en su fuero interno estaba, como nosotras, preguntándose
qué decir. A mi ciertamente no sé me
ocurría ninguna frase que no pudiera ser entendida en forma de reclamo. Sí le
preguntaba por estos años, si le preguntaba
por su vida, si le preguntaba por su salud, o por su dieta, todo bajo cierta
óptica podría mal interpretarse, así que opté por lo más prudente, por ver su paso
agrietando el suelo, sin decir una palabra.
Tendió su gran
mano a lo largo del cuero, la caricia fue prolongada, me recordó a la del
Jockey, que consiente a su caballo templándole el lomo con suaves caricias.
Primero desde un costado, después desde el otro, rodeando cada uno de los
vértices de esa vieja maleta. Poco después forzó los cierres
metálicos, que costaron abrirse su buen empeño, y que sólo cedieron al cabo de cinco largos minutos.
La maleta se abrió ante el pasmo de nuestros ojos, totalmente
desorbitados, expectantes, temerosos también, de lo que fuera que contuviese ese
viejo abalorio.
Cuál fue
nuestra sorpresa al ver que, nuestro padre, había guardado en una maleta enorme,
únicamente un silbato, como el de los árbitros, un silbato nada más, un silbato
envuelto en una tela azul. Lo observó
con amor durante unos segundos, después se lo llevó a los labios, con su
mano firme, pero temblorosa, y de ahí que dio una larga pitada, después de la
cual, volvió a colocar el silbato en la maleta, la cerró, y se fue sin siquiera despedirse.
Así es cómo
sucedió, había venido después de tantos años, únicamente para eso. Nadie va a
juzgarlo, nadie va a procesarlo, ni siquiera pretende, ni ha pretendido nunca, pedir
perdón. Sólo vino a recuperar su mierda de silbato.
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