domingo, 9 de junio de 2013

La maleta del judío


La última vez que lo vi creo que fue en agosto del año 2008. Vino a recoger su carcomida maleta de cuero, todavía más ajada por el abrasante calor del verano murciano. Se la llevó en volandas del asa, con su cuero crujiente  y su aspecto amarillento, similar al de las hojas de las palmeras que se tuestan lentamente, en esta ciudad maldita del suroeste de España. Ese era mi padre, del que tanto me habían hablado desde pequeña, en ese intento imposible por suplantar lo que nunca tuve, describiéndome azarosamente un hombre, cuya historia, era más o menos desconocida para todos. Se llamaba Benedicto Díaz Sangrado, por suerte, sólo adopté, o me hicieron adoptar, su primer apellido, porque no quiero ni imaginar la de compresas que me hubieran pegado en la espalda, mis compañeros de pupitre, de haberme apellidado Sangrado en el instituto.
  Recuerdo ese día de hace seis años con absoluta nitidez. Me había despertado temprano, como acostumbro, esa vez con más motivo pues estaba a sólo un examen de terminar la carrera. Mi hermana estaba en su cuarto viendo un capítulo de la serie a la que estuviera enganchada en ese momento, y mi madre debía estar trabajando en el puesto de pescado, pues no la recuerdo en la casa, en el momento en que mi padre nos visitó. Mis otros dos hermanos se encontraban  por ahí de vacaciones, cada uno con sus respectivas parejas. En esa época yo acababa de entrar (digo entrar porqué salí de ella muchísimo después) en una ruptura de lo más dolorosa,  pero intentaba no pensar en ella, ocultándola tras Clodoveo, tras Doña Sancha y Ataulfo I, en pos de aprobar el examen de Medieval de España, y en un último intento de alargar la fecha de mi suicidio el mayor tiempo posible.

Siempre pensé que elegía mal a los hombres por la falta de una figura paterna guía, así que, cuando vi sus dos cejas pobladas, encima de esos ojitos claros, mirándome a través de la mirilla de la puerta, lo primero que pensé (obsesionada como vivía por intentar remediar o explicar mi situación amorosa) es que, si ese que era claramente mi padre, volvía,  en el futuro no tendría excusa para volver con mi ex, o encontrar cualquier otro que me triturará las entrañas con la misma predisposición e ímpetu.  Supe que era mi padre, porque cada año enviaba una carta a mis abuelos, los cuales vivían en plena facultad de condiciones, con una foto suya, de una ciudad distinta, donde fuera que el circo en el que trabajaba había montado un show.

Mi abuelo, que era un judío de la diáspora(en realidad el judío de la diáspora era el padre de mi abuelo, pero los hijos de los judíos de la diáspora son automáticamente y nada más nacer, judíos de la diáspora, por beber  leche materna tantas veces nutrida con carne kosher), nunca contestó ni una sola, de las veinticinco cartas que le mandó su hijo, desde el mismo año en que decidió hacerse payaso, y esparcir su alegría por el mundo, mientras dejaba tras de sí a una mujer embarazada y a tres hijos, el mayor de los cuales no alcanzaba los cinco años de edad. A mí abuelo, poco le importaba, sin embargo, el drama familiar que la ausencia de mi padre había causado, lo único que verdaderamente le hacía mentar a Yaveh en vano,  era que mi padre hubiera elegido un oficio tan  poco digno como el de payaso.

Es así como, en el mismo momento en que su nariz afilada se movió de un lado al otro de la mirilla,  santiguándose ante el vidrio circular, en ese mismo instante, supe que mi padre había vuelto. 

Llamó a la puerta dos veces,  una prolongada que podía hacer pensar que su dedo se había quedado pegado al timbre, y otra, totalmente diferente a la anterior, precipitada y breve, como si el esfuerzo realizado en la primera timbrada, le hubiera provocado el calambre que precipitó la segunda. Estuve detrás de la puerta durante las dos llamadas, porque siempre he tenido un oído canino, y en el mismo momento en que siento que alguien se aproxima, pongo mis cuatro patitas al acecho. Mi hermana, conocedora de mi costumbre y de mi superpoder, como ella lo llama, es la primera en preguntar: ¿quién es Michael?

 Me llaman Michael desde el día en que me hice un moldeador en el pelo,  después de indicarle tropecientas veces a la peluquera, que quería el rizo grande, de modo que me quedaran tirabuzones, y ésta, obviando totalmente mi explicación, en lugar de ello, me hizo un rizo diminuto. Y de ahí que me llamen Michael, por Michael Jackson antes de su transformación,  antes, también, de que se le quemara el pelo en 1984, mientras rodaba un comercial para Pepsi.  Respondo a la pregunta de mi hermana con: es el papa,  y no sé porque me sale el papa, si yo siempre le pongo acento. Debe ser  el color oscuro de la piel que observo, luce mi padre, de ese lado de la puerta, lo que me hace hablar en calé.

Mi hermana divertida se burla de mi : ¿Quién Juan Pablo II? ¡No, Chivi!, le contesto, ¡es el padre! Dado que ella, en ese momento tiene sentimientos mucho más racionales que los míos, se sobrecoge nada más oír que su padre, al que nunca conoció,  está detrás de la puerta, ahora que ha alcanzado  la edad de 23 años. Yo entonces contaba con 25, invulnerable e imbuída en mi propia tragedia. Mi hermana viene flotando por el pasillo, alta, delgada, siempre fue pálida, pero la palidez de ahora es ¡a tal punto abrumadora!, que temo que se desmaye en el camino.  Su paso es sigiloso, por lo que entiendo que,  ni ella misma sabe, si quiere abrir o no esa puerta. Por fin está a mi lado, y yo le digo: abrámosla Chivi, qué podemos perder si ya lo hemos perdido todo. Su única respuesta fue una mirada de rabia que venía a decir algo así como: lo habrás perdido todo tú obsesiva de mierda.

¡Mi papá y su larga nariz! ¡Cuántos años de pueblo errante nos han costado estos genes! ¡Para que luego ni siquiera sean bien valorados estéticamente! Y  la gente tienda a llamarnos “Blossom” o “`Pinocho” ¡Como sí nuestras fosas nasales no llevaran detrás siglos de valle de lágrimas!  De repente, siento una ternura desmedida por esos ojos tristes que tanto me han faltado, por esas cejas pobladas, por esa mirada inquisidora, y a la vez derrotada por su propio destino.  Esa misma ternura, me lleva a abrir la puerta sin esperar a que mi hermana me dé su beneplácito.

Cuando te imaginas mucho a alguien, y sabes cómo es  su cara, y el aspecto de su piel, puedes concebir, o formularte una idea aproximada de cómo será su tacto, incluso de cómo olerá, midiendo con mayor o menor precisión, el aspecto de acicalado que tiene, o los paisajes que lo rodean. Pero desde luego, no puedes ni llegar a imaginar, cómo será su voz. Por eso durante todo este tiempo fantaseé con la idea de la  voz de mi padre, y obviamente le adjudiqué una voz grave, porque a mí, como a casi todo el mundo, me gustan las voces graves para los hombres. Ahora ante la puerta a  medio abrir, mi mayor temor, después del de perder mi chivo expiatorio, era que la voz de mi padre fuera tan aguda como el ladrido de un caniche ¡Dios me libre de tener un padre con esa voz! ¡prefiero que sea mudo, o que ande siempre desaparecido!

Mi hermana no sé qué piensa, está como petrificada.  La puerta se abre y el pesado cuerpo de mi padre entra en la habitación, con una familiaridad maldita, que nadie en su sano juicio, hubiera utilizado de enfrentarse a una situación como la que estábamos viviendo. Mi hermana asombrada ante este hecho, dio un salto brusco y ortopédico, sin mover sus rodillas inflexibles, como si ella no hubiera mandando mover su cuerpo, como si fuera  el aire el que moviera a la mismísima momia de Tutancamón. Yo hice todo lo contario otra vez más, y pegué un respingo alucinante, que hizo vislumbrar algo de vida en la  mirada triste y abatida de mi padre. Por suerte, su voz era tal y cómo la había imaginado en sus largos años de ausencia. Resonó grave y estertórea  entre las paredes de mi casa mientras decía: Hijas, he venido a recoger mi maleta.

La maleta estaba encima de un armario de caoba, con pasadores dorados, que ocupaba casi la totalidad de la habitación, que antaño había visto crecer ese amor que nos concibió a los cuatro. Mi madre la había conservado ahí, supongo, con la esperanza de que su marido tantos años desaparecido, al volver pudiera encontrar, al menos, unos cuantos centímetros de sí mismo en la casa. Lo guiamos  hacía la habitación, así como los días son guiados por los meses y estos por los años. Su caminar era tan pesado como su metro noventa de estatura podía hacer pensar. Él, aunque no necesitaba guía, pues recordaba perfectamente cada matiz de esa casa,  que apenas había cambiado en su ausencia, se dejó llevar por nosotras a lo largo del pasillo, y ahí, al final del recorrido se encontró con su maleta. Ni mi hermana ni yo, experimentamos en ese momento ningún tipo de resentimiento, por el hecho de que mi padre, después de tanto años, apareciera preguntando por algo tan absurdo, más bien lo que teníamos era una curiosidad abrumadora por lo que fuera que contuviese esa maleta.

Nadie dijo nada durante todo el trayecto, solo el eterno canto de la chicharra estival murciana acallaba ese silencio, que mi padre no hizo ningún esfuerzo por remediar, o quizá si, en su fuero interno estaba, como nosotras, preguntándose qué decir.  A mi ciertamente no sé me ocurría ninguna frase que no pudiera ser entendida en forma de reclamo. Sí le preguntaba por estos años,  si le preguntaba por su vida, si le preguntaba por su salud, o por su dieta, todo bajo cierta óptica podría mal interpretarse, así que opté por lo más prudente, por ver su paso agrietando el suelo, sin decir una palabra.

Tendió su gran mano a lo largo del cuero, la caricia fue prolongada, me recordó a la del Jockey, que consiente a su caballo templándole el lomo con suaves caricias. Primero desde un costado, después desde el otro, rodeando cada uno de los vértices de esa vieja maleta. Poco después forzó los cierres metálicos, que costaron abrirse su buen empeño,  y que sólo cedieron al cabo de cinco largos minutos. La maleta se abrió ante el pasmo de nuestros ojos, totalmente desorbitados, expectantes, temerosos también, de  lo que fuera que contuviese ese viejo abalorio.

Cuál fue nuestra sorpresa al ver que, nuestro padre, había guardado en una maleta enorme, únicamente un silbato, como el de los árbitros, un silbato nada más, un silbato envuelto en una tela azul. Lo observó  con amor durante unos segundos, después se lo llevó a los labios, con su mano firme, pero temblorosa, y de ahí que dio una larga pitada, después de la cual, volvió a colocar el silbato en la maleta, la cerró, y se fue sin siquiera despedirse.

Así es cómo sucedió, había venido después de tantos años,  únicamente para eso. Nadie va a juzgarlo, nadie va a procesarlo, ni siquiera pretende, ni ha pretendido nunca, pedir perdón. Sólo vino a recuperar su mierda de silbato.

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