viernes, 14 de junio de 2013

Los leprosos del Che


Cuando  Ernesto se fue aquella fría mañana de agosto, dejó prendida una esperanza en el  corazón de los enfermos. Esperanza, que con  los años, iría creciendo más y más, hasta formar, alrededor del médico argentino, una especie de mito de su segunda venida.

Mateo 24:3 Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y que señal habrá de tu venida, y del fin del siglo.

¡La lepra es una enfermedad tan cruel! Primero afecta a la zona más superficial de la piel, formando una especie de manchas, que en poco podrían distinguirse, de las propias causadas por la picadura del mosquito. Después, estas manchas empiezan a alojarse en sitios estratégicos; debajo de la nariz, en las mejillas, en la palma de las manos, en los pies,  y en la zona genital. Nadie sabe muy bien en qué momento, esas irritaciones, que ayer parecían inofensivas, terminan encostrándose salvajemente, hasta corroerlo todo, dejando, finalmente ver, aquello que la piel tapaba. Es, en este punto, donde la enfermedad resulta más cruel, no por el dolor que suponen las enormes yagas, si no por el rechazo social que de ellas se deriva.

Magdalena tenía entonces catorce años, cuando el Che introdujo su barba descuidada, en el leprosorio ubicado a las afueras de Lima. Empezaba, en esa época,  a descubrir, lenta y plácidamente, así como de repente el sol, y el aroma de las flores, se filtran una mañana cualquiera por la ventana, anunciando la primavera, así comenzó, con la llegada de esa estación, a descubrir que se estaba transformando en una mujer.  Sus pechos, en otro tiempo inexistentes, despuntaban ya sobre su fina camisa de hilo, como dos botoncitos abrigados, al calor de un corazón inexperto e inocente. Sus caderas, también habían empezado a ensancharse con la presencia de la primera menstruación, así como se había agudizado su curiosidad hacia todo lo que fuera masculino.

Por esa misma razón, no tardó ni cinco minutos en enamorarse del Che, exótico, joven y extranjero. Valga decir, por otra parte, que en cierto sentido, él también se enamoró de ella. No sabemos, ni sabremos nunca, cómo de condenable podía resultar el amor que sintió el argentino, supongo que eso depende de los valores, que cada cual haya incubado en su casa.

Es, ya, en el segundo día su estancia en el leprosorio del Hospital Portada de guía, cuando Ernesto escribe en su cuaderno de viaje acerca de Magdalena, refiriéndose a ella en los siguientes términos:

 2 de mayo de 1952: La oprimida situación de nuestra América, no deja de ser un obstáculo para el desarrollo de la vida humana. Por todos lados veo los estragos que la pobreza y la enfermedad, infieren en los jóvenes corazones de nuestro pueblo. Hoy, cuando empecé a reconocer a los pacientes del leprosorio, bajo la atenta tutela de mi amigo y maestro, Hugo Pesce, di con los ojos más bellos, puros e inocentes, de cuantos haya conocido, el que itinerante, recorriera  la ruta abierta siglos atrás por Magallanes. Tristemente, estos ojos, que tanto podrían decir, están acallados por el hambre, la enfermedad,  y la miseria.

                                                                                                             

En efecto, Magdalena descubrió la lepra junto a la pubertad. El primer conato del síndrome de Hansen, había aparecido en su joven piel, apenas unas semanas antes de la llegada del argentino. Pese a lo precipitado del asunto, la comunidad dónde vivía la adolescente, no tardó casi nada en reconocer los síntomas que sufría la enferma, pues, ya habían padecido varios casos de lepra dentro del clan. La prioridad en estos casos, es aislar a los enfermos, con el objeto, de que no sigan extendiendo la bacteria  infecciosa.

Magdalena acaba de levantarse con una extraña sensación. Al cabo de un tiempo analizando porqué se siente tan rara, decide que ha debido ser un sueño lo que pasó la noche anterior, un sueño no, más bien una pesadilla. Toca su frente, está húmeda, sus manos también húmedas, como lo están su cama y su cabello. Recuerda algunas palabras, recuerda pasos, muchos pasos, cerca de la puerta de la habitación que comparte con sus hermanos pequeños. Recuerda, también, a su madre inclinándose en mitad de la noche triste y abatida, sobre su cuerpito todavía infantil. Recuerda, al párroco local recomendando fe y esperanza a su madre, y rezando a los pies de su cama poco después. Y es,  mientras va hilando cada uno de estos resquicios de sueño, que su mamá abre la puerta con los ojos llenos de lágrimas, que descienden hasta el cuello, mientras mojan su tez oscura. Magdalena llora también al ver como su mamá, no hace nada por secar esos dos riachuelos, ni tan siquiera por cercar su cauce. Llora porque se da cuenta de que lo de la noche anterior no fue un sueño, al tiempo que su mamá le dice: ya mihijita, ya todo está preparado.

Por suerte, el compungido corazón de Magdalena, tras ser separada por primera vez de  su madre y hermanitos, revivió, como si de un milagro se tratara, a partir de la llegada del Che. Este, que tan acostumbrado estaba, a que desde chico le cambiaran el nombre para distinguirlo de su padre, también llamado Ernesto (primero fue Teté, mote que le puso una empleada gallega que residió en su casa, después su mismo padre comenzó a llamarlo Che, y en el colegio incluso lo llamaban el chancho por su aspecto desaliñado) pronto inventó  un nombre para Magdalena, a la que comenzó a llamar “La Mironcita”.

La Mironcita, era la más joven dentro de la comunidad de leprosos, y por lo tanto era la más curiosa, la que más miraba, la que más analizaba esa frente prominente del Che, que se extendía por encima de los ojos, a modo de techito, en el área de las cejas, y que en el lenguaje antropológico  fue denominada Supraorbital Tours, para describir dicha característica en el cráneo del Nearthental.

Diario de viaje 6 de mayo de 1952: la Mironcita, como  llamo cariñosamente a una enferma del Hospital Portada de guía, muestra evidentes signos de mejora, desde que comenzó a realizar el tratamiento semanas atrás. Tengo constancia de ello, por los informes recibidos de otros médicos, que se ocuparon de su caso antes de que yo llegara. La Mironcita, es un adalid de tenacidad y simpatía, que alegra por igual, tanto el ánimo de los enfermos leves, como el de los enfermos terminales.

Los días fueron transcurriendo, y la comunidad de leprosos entera, no sólo Magdalena, se sentía unida al Che. Todos los días se congregaban a su alrededor, para oír las palabras de Julio Verne, salir de la boca del argentino. Esos maravillosos relatos de viajes y aventuras submarinas, habían acrecentado las ansias de vivir de los leprosos, que empezaron a inventar sus propias historias, frente a las costas de Lima. En la recreación de esas fantasías, se liberaban de la lepra, y sus costras, de su pus, y de su fragancia húmeda y pestilente, y se adentraban en el océano, surcando libres y gláciles, las olas.

El Che se fue a los cuatro meses exactos. Partió rumbo a la selva, hacia el siguiente leprosorio. Atravesó caminos de lodo, caminos de vísceras derramadas del vientre de los indígenas, expuestos a diez horas de sol de duro trabajo diario. Fue un trayecto arduo, pero pudo aguantarlo recordando ese último día de estancia en el hospital. Recordó,  el enorme afecto que los leprosos le habían demostrado, pocas horas antes de su partida. Esa magnífica cena que le ofrecieron, donde pudieron saborear los más exquisitos manjares, los farolillos que adornaban el lugar, alrededor de la mesa, los ofrendas que después le otorgaron,  que eran de las más diversas formas y colores, la mayoría de las cuales, estaban realizadas con cabellos de los propios  enfermos. Magdalena, sin ir más lejos, confeccionó una muñequita para él, con tela de trapo, y buscando hacer una réplica exacta de sí misma, se cortó buena parte de su cabello, cosiéndolo después, sobre la cabecita de la muñeca.  Ésta idea gustó a los leprosos, muchos de los cuales,  terminaron por copiar a La Mironcita, y así fue como el Che, se llevó una bolsa entera llena de cabello ajeno. También pensaría el argentino, en ese difícil viaje hacia la selva, en el sufrimiento de los pacientes que lloraron su partida, y prometieron que vivirían mil años si era necesario, sólo para verlo regresar.

 Diario de viaje, 1 de septiembre de 1952: He partido hoy más afectado que  nunca, debido a  la entrega y la confianza que los enfermos han depositado en mí. Por supuesto, les prometí que volvería. Que ellos serían el primer reducto liberalizado, de ésta, nuestra América oprimida. Ellos serán, ciertamente los primeros en resurgir del yugo, que atenaza la voluntad de los pueblos. No me cabe ninguna duda; la revolución empieza en Lima.

Lucas 21: 27“Entonces verán al Hijo del Hombre que vendrá en una nube con poder y gran gloria.”

Todo a partir de la salida del Che, se diseñó pensando en su vuelta.  Hicieron capillas donde colocar más muñequitos de trapo, hicieron altares donde sacrificar animales menores en su nombre, hicieron incluso canciones, y breves oraciones donde se recordaban sus características físicas, y algunos rasgos idealizados de su personalidad. Se marcaron, así mismo, fechas en el calendario, atendiendo a lo que ellos recordaban, que le había sucedido al Che, tal o cual día. Por ejemplo, el jueves trece de junio, Ernesto se atragantó con la raspa de un pescado, cuando almorzaban con Pesce, y un gran grupo de leprosos. Ese día fue llamado “El día del que sobrevino a la muerte”. Ni que decir tiene, que este mito fue creciendo y creciendo con los años.

La segunda generación de leprosos, inventó todo tipo de disparates, tales como que el Che  hablaba sin abrir la boca, únicamente moviendo la barba, y que, en cierta ocasión, tocó con sus pies sucios la yaga en el brazo de un enfermo, y ésta se extendió al pie sanador del Che,  desapareciendo  del brazo del leproso.

No les importaron las noticias que llegaban de fuera, las cuales decían que el médico argentino, se había transformado en la mano derecha de la Revolución Cubana. Resultaba imposible para los leprosos dar crédito a todas esas historias, que contrariaban la palabra verdadera, la única palabra. ¿Si había prometido que la revolución empezaría en su leprosorio, cómo podía romper su promesa?

Tampoco creyeron que había muerto, cuando intentaba extender la revolución a la zona boliviana. ¿Cómo iba a hacer tal cosa, si dijo claramente que la revolución empezaba en Lima?  Y yendo todavía más lejos: ¿Cómo podía morir?

Y así, fueron pasando los años, y mientras el cadáver del Che, se despojaba de la carne corroída por las larvas, que emanaban de su propio cuerpo, los leprosos continuaban alimentando el mito de su segunda venida. Por eso nunca se sintieron solos,  ni flaquearon sus fuerzas a la hora de combatir la enfermedad, porque sabían, porque siempre supieron, en lo más profundo de su ser, que el Che volvería.

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