Me
acaricia como un simio, como un jodido australopiteco, con el pulgar oponible,
que tanto le ha costado ganarse en esa lucha férrea por la evolución. Con esos
dos dedos, el pulgar y el que le precede, no recuerdo su nombre, me da pequeños
pellizcos en forma ascendente y descendente a lo largo del brazo. Es muy extraño,
pero no deja de hacerme gracia lo cavernícola que es. Le he dicho cien veces
que no le quiero, envuelta en este olor a mejillón que se filtra en cada
baldosa de Barranco, que enluce la fachada de las casas, y tonifica la piel. Y
él me ha dicho cien veces que me quiere, mientras me acaricia o devora, ante mi
mirada de pánico, un plato de mamut a la
criolla.
sábado, 8 de junio de 2013
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