sábado, 8 de junio de 2013


Me acaricia como un simio, como un jodido australopiteco, con el pulgar oponible, que tanto le ha costado ganarse en esa lucha férrea por la evolución. Con esos dos dedos, el pulgar y el que le precede, no recuerdo su nombre, me da pequeños pellizcos en forma ascendente y descendente a lo largo del brazo. Es muy extraño, pero no deja de hacerme gracia lo cavernícola que es. Le he dicho cien veces que no le quiero, envuelta en este olor a mejillón que se filtra en cada baldosa de Barranco, que enluce la fachada de las casas, y tonifica la piel. Y él me ha dicho cien veces que me quiere, mientras me acaricia o devora, ante mi mirada de pánico,  un plato de mamut a la criolla.

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