domingo, 13 de marzo de 2016

Los peces


Era un día tranquilo. La mañana había traído, con las intensas lluvias de mayo, todo tipo de insectos voladores que circunscribían molestos recorridos de los orificios de la nariz a los globos oculares. Obviamente, pensé, los insectos son unos suicidas natos, buscando siempre o quedar apresados en el vello de la nariz, o en el líquido intraocular de la gente. Me senté junto a la laguna. El verdor del moho sobre las piedras estaba hecho con el sueño de un millón de especies diminutas, quizá por eso era tan torpemente pegajoso y tan lánguido su jugo. Introduje mi mano en el agua y a su alrededor llegaron peces que siempre habían estado allí, a decir verdad mi mano llegó dónde estaban los peces. Los peces continuaban indiferentes consumiendo placton que atrapaban a través de movimientos veloces. A veces, dependiendo de la especie, el bulo era observable desde fuera. Era observable su pequeño recorrido de la superficie de la boca hasta el interior y del interior otra vez a la boca. Boca que por momentos no lograba o no intentaba contenerlo, y el placton salía fuera, y, ¿por qué?, ¿por qué no lograba contenerlo? Y otra vez el pez iba por él, y al cabo de unos segundos el placton ya había sido introducido en su pecho transparente. Empezaba de nuevo el juego, aunque era apreciable una disminución importante del tamaño del bulo en esta segunda entrega. Siempre que veo ese comportamiento de los peces pienso que están retándose así mismos, como para darle un poco de emoción a sus húmedas vidas. Que se dicen, -ahora voy a dejar mi comida en el exterior durante unos segundos para ver si otro pez es capaz de robármela subrepticiamente- , cosa que por otro lado suele suceder.

lunes, 18 de enero de 2016

De todas maneras esa gente está cansada


Hay que recoger toda la sangre, con el trapo, así, ¿ves? Si lo haces de manera circular, es más probable que no quede nada. No es tan difícil, cuando lleves más tiempo te acostumbrarás, es una profesión como cualquier otra. Solo tienes que sacar el corazón y dejarlo bien limpio, y después recoges todo, limpias bien el piso. Si utilizas la razón nada de esto puede hacerte daño. Solo has de mirar las cosas de manera objetiva, ser práctico. No, no te preocupes por eso, por el momento no te enseñaré a clasificar los sentimientos, todo eso conlleva una labor burocrática complicada. Lo más urgente es que seas la mano de obra, digamos el que hace  el trabajo sucio, por el momento yo haré el resto. ¿Cuánto tiempo llevo en esto? ¿Cuánto tiempo tiene la humanidad? No sé muy bien, pero son miles de años. ¿Cuántos pechos habré abierto? ¡cuánta materia gelatinosa habré sacado! Si vieras algunos casos, llegan acá con el pecho tan turbio, abnibiosis lo llamamos, ese es el caso extremo, en el que ya no cabe más  dentro de la caja torácica, ese corazón padece la enfermedad y hay que tratarlo. Acá llegan porque quieren ser tratados. Pero  de ahí salen algunos negativos, secuencias enteras, y aunque estén llenos de lodo y de esa sustancia verdosa y blanquecina, parecida al moho, igual se puede ver qué es lo que cuentan. Y lo que cuentan es bonito. De verdad es bonito joven. ¡Te juro que hay cada historia! Pero qué podemos hacer, ahí se impone el músculo de arriba, el pensante, y el pensante dice “lávame, ponme bonito, ponme fresquito”. Y al tiempo vienen y te agradecen. Pero  otros vuelves tristes. Te acusan, te dicen.  Eso pasó la semana anterior, un señor ya de unos sesenta,  vino con ese problema abnibiosis, pero yo sabía que habíamos hecho las cosas bien. Seguimos todo el procedimiento y no hubo ni una sola complicación,  se lo devolvimos limpito y después clasificamos todos los sentimientos para que pudiera verlos de manera ordenada, estudiarlos, qué se yo, todos quieren algo que poder analizar después. Y yo aunque sabía que le habíamos hecho bien la operación, y se lo dije, y se lo dije más de una vez. Bueno aun así acepté, uno no es Dios, puede equivocarse, así volvimos a intervenir y cuando abro.. Si justo así, muy bien,  movimiento circular, ¿ves? No queda nada de sangre. Bueno cuando abro, ¿adivina? Tenía su corazoncito justo como lo dejamos reluciente como una patera. Se podría comer en él vamos. Pero el señor seguía sintiendo su peso como si no le hubiéramos curado pe la abnibiosis. Le dije que estaba pasando por un proceso normal, que extendiera todos sus sentimiento archivados, que releyera su historia, que eso definitivamente lo iba a ayudar, y ahí mismo el tipo va y despliega los miles de archivos, ya te digo que tenía como sesenta años, y venía de una relación de treinta. Sí, pero no está nada claro me decía, ustedes han colocado esto que sentí en la carpeta de  “confusión”, pero para mí no está tan claro, yo creo, que más bien fue algo bien clarividente, una especie de relevación. Y acá, acá me decía, totalmente excitado acompañando su dedo regordete, de grandes vaivenes de mandíbula. Acá  por ejemplo no es miedo, no señor, es euforia, estaba eufórico, estaba pues… quería, quería tanto, no había manera de expresarlo, y  por eso no lo expresé, pero definitivamente no era miedo. Pobre diablo, ¿qué puedo decirte? Uno ha visto mucho y todavía cuesta acostumbrarse a tantos pechos abiertos, a tanta vulnerabilidad humana. Si yo fuera tú me mantendría alejado de  estas historias. El clasificador de cualquier forma es cien por cien seguro. Es decir, no lo ha diseñado ni siquiera un ser humano. Sino una máquina que en su día debió diseñar un ser humano, ¿y que hace esta máquina? Clasifica por colores. Los sentimientos tienen una tonalidad que reacciona ante determinada sustancia. Así que el endiablado aparato le mete esta cosa y los sentimientos empiezan a reaccionar. En la mayoría de los casos el resultado es favorable; es decir, es desfavorable, la mayor parte de los sentimientos del sujeto  intervenido no eran positivos: miedo, angustia, rabia, amargura. Pero a veces es ternura, miedo, alegría, cólera, rabia, ternura, ilusión, comprensión. Cuando hay un resultado como el último tendemos a maquillarlo un poco, digamos a variar uno o dos sentimientos, sabemos cómo hacer que el reactivo mute, y así lo aplicamos sobre el sentimiento ya procesado para que varíe el color. Si, bueno, puede ser que esté mal, pero ellos no vienen acá para explorarse, después siempre quieren eso, una vez que acaban, quieren tener la certeza de que hicieron bien, pero cuando vienen para que se les trate… y sí yo les trato, y después descubren que lo que hicimos no era lo mejor para ellos, si sus sentimientos no se alinean del lado de lo malo, ¿entonces qué? ¿para quién son los reclamos. Correcto, para un servidor. Y uno lleva ya tantos años en esto, bien chibolo entré yo a trabajar acá, ¿Qué tendría? ¿trece? ¿catorce? Y esa época es tan movidita.. ya sabes, tú debes estar sobre esa edad. ¿Crees que la verdad es lo más importante? ¿Crees que hay que luchar contra todo aquello que no es verdadero? Claro que crees eso, es lo propio, pero no será así después, ya verás. ¡oh si! De todas maneras con el tiempo te darás cuenta.  A mí me gustaría decirte que no hay nada cuestionable, pero esto es un negocio como otro cualquiera, y tienes que mirar porque tu plato esté lleno, si empiezan a lloverte las acusaciones,  ¿qué crees? ¿que ellas van a llenar el plato? De todas maneras esa gente está cansada. Solo quieren acabar con los remordimientos. Solo quieren dormir, y todos deberíamos dormir tranquilos.

domingo, 17 de enero de 2016



Recogí, arqueando el dedo, una gruesa capa de crudo. Antes había jugado a removerla  y ladearla en la superficie de mis pulmones, ahora la arrancaba sin ningún dolor aunque no sabía muy bien qué hacer con ella.  Podría pintarme un bigote y después salir a la calle a enseñárselo a mis amigos,  pienso, pero termino utilizándola para dibujarme en el brazo una especie de insignia cuyo significado no conozco muy bien, pero que termina por propinarme reconocimiento entre personas con la misma insignia. Decido ir a un local  oscuro ubicado en una calle sucia y gris, con olor a orines. En la puerta un gorila de tres metros me pide que me identifique pero la estrella de David (porque ahora reconozco perfectamente en la insignia la forma de la estrella de seis puntas) ya no está en mi brazo. Algo me dice, una especie de revelación interna, que me la han debido tatuar en la pelvis, así que comienzo a bajarme los pantalones mientras el gorila me mira con deseo. Poco después se suceden una serie de secuencias en las que el enorme miembro del portero amenaza con iniciar una búsqueda más pormenorizada entre mis piernas. Parece que la insignia que dibujé sobre mi brazo, al trasladarse a mi entrepierna, ha perdido el vivo color que la caracterizaba, haciéndola prácticamente indescifrable. Si quiere que le diga la verdad, estoy cansada, mejor me voy a casa, le digo, toda vez que el líquido que emana de la cabeza de su miembro está a punto de desbordarse sobre mis muslos.

lunes, 10 de agosto de 2015

El hombre ausente



Su primera ausencia fue reportada en París en el año 1958. A partir de ahí su vida fue una sucesión de ausencias. El cómo y el porqué me interesó reportar sus ausencias en un informe, en principio modesto, está íntimamente relacionado con mi historial personal, pero ese es un tema que no interesa mucho en el devenir de la narración. Era abril del 28, en aquel entonces sus cejas tupidas tendían a dilatarse de manera enigmática siempre que pensaba o fingía estar pensando. Yo había reparado en cierto momento de la tertulia, cuando el cuórum, animado por la trompeta de Clark Terry que sonaba desde alguno de los muchos lugares en penumbra de la sala, narraba atropellando unos las palabras de los otros, la historia de sus antepasados. La versión de su historia respondía a un insípido intento por decir algo sin decir absolutamente nada:  "Mi abuelo era un marinero de las costas del sur. Mi abuela se hacía pasar por costurera pero nunca supo, en realidad ni enhebrar una aguja". Y Sus cejas, que en otro  tiempo guardaban la distancia prudencial que suelen guardar las cejas, tendieron a juntarse hasta acabar consolidando un solo arco, que se me antojó un paraguas en medio de esa oscuridad y de esa lluvia de miradas sobre el vertidas.  Dijo  que iba al baño, y pudo haber dicho la verdad, pero lo cierto es que no volvió a pisar la sala dónde estábamos reunidos. Esa fue su  primera ausencia. La segunda ausencia ocurrió en mayo de 1942. La guerra se estaba jugando en territorio ruso. Las noticias del rearme soviético inundaban con pasquines la Plaza Roja en uno de los inviernos más fríos que puedo recordar. Sobre las once de la noche en la bodega de Nikolai vendían pescado salado embolsado al vacío y botellas de vodka del tamaño de  la cabeza de un infante.  Tras tres minutos de contacto con la gélida noche soviética, la bolsa de papel marrón que no contenía más que las dos cosas que he mencionado antes, empezó a llenarse de escharcha. Algo andaba mal en mis botas porque podía sentir el frio del hielo llegando al talón. Le dije al portero que convendría arreglar de una vez por todas ese hueco de la puerta, y él me contestó que ya había mandado la instancia al comité zonal. Que solo era cuestión de esperar la respuesta. Ni por asomo pensé en contestarle, como me pedía un primer impulso, que yo misma podía intentar tapar el hueco con unas cuantas tablas, clavos…un martillo. ¿Para qué? si sé que me hubiera mirado desde detrás de sus ojos amarillos, y de su garganta enrojecida, sin dar mayor auspicio a mi solicitud. La señora María Lisaievska venía cargando un niño en cada brazo, así que agradeció mi pronta reacción de abrirle la puerta. Parecía una noche más, algo de vodka, de sueños  de dientes rechinantes, y el viejo catre idéntico al que sostuvo los huesos de Dostoiesvki poco antes de que sucediera la separación definitiva. Sin embargo, de la manera más perentoria, tras el hueco de la puerta que acaba de cerrarse con Maria Lisaievska, pude ver  un grueso abrigo de paño bañado de lluvia. El abrigo de él. Totalmente identificable en esta parte del globo tan alejada del París de cuatro años atrás. Su segunda ausencia. La nieve se coagulaba a cada paso que me alejaba o me acercaba a él. Pensé en gritar su nombre pero entonces recapacité; seguramente había vuelto con otro, así que simplemente me interpuse en su camino intentando dominar  los pies que se hundían y patinaban a un tiempo. Lo agarré del brazo. Eres tú, le dije. Y me reconoció al instante, sus cejas eran ahora solo la mitad de las de antes, pero guardaban el gesto exacto de quien crea ficciones como modo de vida. Tengo una botella de vodka y algo de pescado. Ya había olvidado el malestar que el hueco de la puerta me creaba. Para cuando aceptó mi invitación ya no había ni siquiera puerta. Mira, si tengo que decirte la verdad, no te entendí muy bien por qué te fuiste ese día. Tenía que usar el baño me contestó. Espero que también tengas baño en tu cuarto ahora, llevo todo el día aguantándome. Le mostré dónde estaba el baño, y me quedé  tan pendiente de la puerta, que empecé a olfatearla y a restregar mi lomo sobre sus astillas. Luego simplemente esperé su salida. No puedo decir cuánto tiempo pasó hasta que vino el vecino de abajo, con un obvio problema de incontinencia estomacal, y separó todo mi ser anclado a la madera. Sólo sé que ni al entrar ni al salir del baño encontró a nadie allí, y que, obviamente, eso no me sorprendió en lo más mínimo. La tercera ausencia ocurrió en Lima, era  abril del año 1995. La mayoría de la gente había votado “al chino”, yo no creía en nadie y menos en alguien que se deja llamar “el chino” siendo japonés. Pero igual también lo habría votado simplemente por la necesidad de beber un poco más del espíritu de comunidad que invadía las recientemente pacificadas calles limeñas. Caminando por la avenida Arequipa, a ambos lados los coches se disparaban unos contra otros y  las combis habían pasado a ser las protagonistas del espacio, marcando lo acontecido y lo por acontecer como manecillas del reloj. No podía respirar muy bien porque la humedad era especialmente corpórea esa noche, si a eso sumas los espíritus malignos que salían desbocados de los tubos de escape, se entenderá la extrema lentitud que componía mi figura sobre la noche limeña. Pero ahí estaba él, obviamente envejecido, o con la misma edad de siempre. Como la ausencia es una de las cosas más difíciles de medir,  había olvidado el volumen de la misma, pero para cuando lo tuve justo en frente de mí recordé su forma exacta. Su ausencia se movía como el sueño de un fantasma. Te he registrado en Moscú y antes de eso te registré en París, le dije, mientras hundía mi bigote entre sus manos. 

  La habitación de blanca ilusión y la abuela iluminada Entraba allí la luz filtrándose como si no hubiera en su vida grandes ausencias ...