Estaba
en la combi en el trayecto que te lleva de Miraflores a Barranco, cuando me llamó
una amiga para preguntarme qué iba hacer, si iba salir y toda esa serie de
cosas. Entonces colgué el teléfono y de ahí que me encuentro con una voz que me
pregunta “¿Madrid? ¿Madrid?” Mi respuesta es siempre automática “No, Albacete, también
en el centro, como a tres horas de Madrid”. ¿Por qué doy tantas explicaciones?
Ni yo misma lo sé, es como si pensara que todas esas personas desconocidas pueden
investigar y contrastar mis datos, y a
partir de eso percatarse de la mentira que sería simplemente responder“si, Madrid”. Pero
por desgracia contesté como hago siempre, con la respuesta larga y sincera, y
por desgracia también el hombre conocía Albacete, asi que ya estaba cagada, me
tenía por los ovarios. Alto, como de unos cuarenta años quizá más, decía ser
periodista, trabajar para la CNN o el Discovery Channel. Fue, en el momento en
que me desveló su trabajo, que me empezó a hablar en inglés, y cuando terminó
con el inglés continúo con el francés. Lo del inglés lo entendí, por lo visto había vivido
algunos años en Nueva York, lo del francés ni papa. Después siguió hablándome de
las cosas que comía y bebía en España, nombres que, por cierto, me eran
totalmente ajenos, para de ahí preguntarme cuáles son mis comidas preferidas
peruanas. Entonces le dije dos o tres, y volví a cometer el mismo error del
principio, porque el tipo llevaba una causa dentro de un tapper, dentro este de
una bolsa. “Si te gusta la causa tienes que probar esta me dijo”, y yo “ya, no es necesario, eh de verdad”, pero
el tipo tanto se empeñó, que en lugar de viajar hasta chorrillos, que es donde tenía
que ir, se bajó en Barranco con la intención de pedir unos tenedores en un bar y compartir
conmigo su causa. Baste decir que el tipo iba contento, no borrachazo pero
obviamente tomado. Bajamos en Barranco, pide los tenedores, se los dan, nos
sentamos en una banca y justo, cuando ya ha destapado la causa, con el
movimiento más tonto que te puedas imaginar, se le cae la causa de frente
contra el suelo. El tipo quedó desolado, y casi tanto como él, una barrendera
que había por ahí, yo me desolé por ella, que ahora tendría que limpiar el amasijo
de papa y atún, y le ofrecí barrerla yo, pero eso le daba igual, sólo
sufría por la causa. Asi que ahí estoy con dos personas sufriendo por una
causa, sin saber muy bien como despegarme de este hombre que me miraba a los ojos completamente apenado
mientras me decía “¿te parece justo todo esto?”, y yo le contestaba “nunca pensé
que existiera justicia” . “¿Me das tu número?” “No".
sábado, 30 de marzo de 2013
domingo, 10 de marzo de 2013
Me lo
encontré en la puerta del festival
hará un año,
hará un año,
Se sentó
a mi lado en el banco,
No me di
cuenta hasta que habían pasado algunos minutos,
Entonces
le dije
¿qué
haces?
Me
contestó que estaba llamando a dos amigos cercanos a nosotros,
que habían tenido un accidente con el coche,
y estaban hospitalizados
Y
dijo todo esto así, como quien dice “Hola” o da las gracias
Eso
era lo que más me gustaba de él
Por
eso, cuando tuvimos ese problema con el preservativo,
Y
me dijo: “Ah, pues yo pensaba que eso era normal,
Que
las mujeres tenéis cuatro o cinco de esos por ahí perdidos”
Al
principio me enfadé,
Pero
de ahí vino la ternura
y todo lo demás.
viernes, 8 de marzo de 2013
Estoy todo el tiempo
sola
Miro la cortina de listas azules y blancas
La veo agitarse con el viento, me
recuerda al marinero de Jean Paul gaultier
Me lo imagino andrógino surcando el
cielo,
Y vuelvo a mi libro
Todas las palabras están en esas páginas
y en mi cabeza
Pero nunca salen de ahí
En Albacete también estaba muchas
veces sola
Pero nunca comía sola, eso no,
aunque sí, con frecuencia, bajo el efecto de una crisis de ansiedad.
Se supone que no busco esto, pero de
hecho lo busco
¿Cómo si no podría ser?
Hace un rato me quedé durmiendo con
medio plátano en la mano
Y de no ser por este poema,
Nadie se habría enterado
martes, 5 de marzo de 2013
La muerte de Chávez
El otro
día me dijo que se aburría mucho en Venezuela.
Estamos frente
a frente después de casi cinco años,
Nadie dijo
que fuera a ser fácil,
Aquella vez nos despedimos en el aeropuerto de Caracas.
Hoy se ha muerto Chávez,
Y en Perú,
por desgracia,
Sobrevive Ollanta Humala
jueves, 28 de febrero de 2013
Ducha Infernal Peruana
Llevaba sólo unos días en Perú.
Más o menos el preámbulo a mi viaje (para poner en situación al lector, para
que no sea ésta una narración superficial que haga pensar que un día amanecí en
España y al otro estaba en Perú) digamos que las razones que me llevaron a
hacer este viaje fueron: En primer lugar una crisis a la europea, es decir,
bien armadita, con sus aires de grandeza y condescendencia occidental. Es
decir, la peor de las crisis, porque una crisis tercermundista por su virulencia
y arrojo, se prende como una llama, llega a su punto álgido de ebullición, y
después, aunque continúa incandescente, sí que se va rebajando hasta dejar
el fósforo, al menos, a la mitad. Nuestra crisis por hipócrita, por no destaparse,
viene durando ya cuatro años y no tiene
visos de terminar hasta dentro de por lo menos, siete años más, y lo peor de
todo es que su punto álgido siempre será mañana.
Del
mismo modo, todo este tiempo ha habido algo en Perú que me pedía que volviera,
bien puede ser la nostalgia, pero ni siquiera creo que sea eso, me encanta Latinoamérica,
pero tampoco creo que sea eso. Entonces no sé muy bien lo que es, en realidad
las cosas no han cambiado tanto, continúa la misma duda, pero sobre todo la
misma certidumbre.
En
Perú las duchas son eléctricas, parece por lo que he podido observar, que es la
alcachofa de la ducha, la que se encarga
no sólo de arrojar el agua sino también
de calentarla. Fue ya en mi segundo día aquí, cuando, después de quedarme
calatita (jerga utilizada en Perú para decir desnuda), y de meterme en la
ducha, abrí el grifo del agua y dejé que ésta corriera. Primero como acostumbro
a hacer, la recibí con el pecho, porque, parece, que al estar armado con sus
costillas y todo, puede ser más
resistente al agua caliente, al menos tiene su engranaje óseo para resistir el
embate. De ahí que diez segundos después metí la cabeza y entonces pasó algo increíble,
la secuencia fue más o menos así: mi cabeza empezó a retumbar de forma intermitente,
la sensación era parecida a tener una
cama elástica por corteza cerebral en la que saltan un millón de abejas a la
vez, y en cada salto el mismo zumbido, y los oídos taponados para que ninguna
abeja se escape por la puerta, perdiéndose así la diversión. Después vino la
movida de la vista, estaba viendo todo clarito cuando, de repente, la visión se
me pone en negro, bueno quizá no negro del todo, puede que cupieran ciertos matices
de grises, aunque flasheados por destellos azules, moviéndose al compás de las
acrobacias de los insectos. Cuando todo acabó al fin, me quedó cierta apatía,
parecida a la que precede al orgasmo masculino.
Decidí
entonces contarle al amigo que me hospeda en su casa, lo que me había pasado
con su ducha, porque tampoco estaba segura al cien por cien de que fuera efecto
de su ducha, bien podría ser una bajada de tensión como la que he sufrido muchas
veces pero con distinto cuadro sintomático.
El
caso es que lo olvidé, por una u otra razón olvidé completamente eso tan raro
que me había ocurrido, así que al día siguiente volví a mi cita acordada con la
descarga eléctrica. Esta vez mientras recibía los voltios, recordé, ahora sí
consciente de lo que me pasaba, una parte de la película “La Milla Verde”, en
la que un gracioso de la prisión no moja la esponja de un condenado a la silla eléctrica, por lo que la electricidad
tarda más en pasar, y la muerte se hace más lenta y más dolorosa. Mi
observación al caso, con toda esa agua descendiendo por mi cabello fue: “La
electricidad me debe estar pasando suavecito”
Iván
tiene varios trastornos psicosomáticos más o menos obvios, lo raro es que no
los tenga también motoros, quizá conociéndolo con la profundidad necesaria se
pueda ahondar más en esa cuestión, en todo caso, su novia, Michi, ha de dar
cuenta de ello. De todas maneras baste
la reproducción del siguiente diálogo para acercarnos más al sujeto que lleva
todo un año recibiendo, diariamente, electroshocks:
·
Iván,
me ha pasado una cosa rarísima en tu ducha, como una descarga eléctrica diría
yo.
·
¿Ah
si? ¡Verdad! A mí también me pasa pero pensé que era yo, pensé que era mi
cabeza. Pero igual es normal eh, debe pasarle a todos los peruanos…
El
grupo revolucionario Tupac Amaru dejando escapar a la mamá de Fujimori, por la mismísima
puerta de la embajada japonesa. Fujimori posando frente a los cadáveres de los
emerretistas. Belaunde Terry diciendo que tiraría las cartas de las
asociaciones en defensa de los derechos humanos al tacho de basura, en toda la eclosión del fenómeno senderista.
Vargas Llosa afirmando que los serranos que dieron muerte a los periodistas en
Uchuraccay, no conocían las cámaras de fotos, ni los relojes de mano, y que,
por ello, por su primitivismo indígena, pensaron que esos objetos extraños
portadores de males, merecían la muerte de sus dueños. Alan García respondiendo
a las protestas de los indígenas de la amazonia con una argumentación estelar: No valen tanto esas protestas ya que se trata de ciudadanos de segunda.
Sendero Luminoso resucitando a Mariátegui, después a Mao Zedong, mientras
ensalzan al camarada Gonzalo y cuelgan perros de los postes de la luz
llamándolos Deng Xiaoping, curioso nombre para un perro muerto, de apellido
vendido. Ollanta Humala que acompaña a su hermano a la cárcel, dejando al grupo
indigenista que armara su padre desvalido. Este es el Perú de las duchas
eléctricas infernales, este es el Perú en el que se bañan todos los peruanos…
Ahora
bien, todavía me queda por descubrir cuál es el artilugio infernal que nos ha
quemado el cerebro a los españoles, porque de hecho lo tenemos obvia y seriamente
dañado. La ducha no ha sido, eso está más o menos claro, sin embargo las
consecuencias de lo que sea que nos ha embrutecido han ido todavía más lejos…. Rescatamos
a los bancos, en cuyos despachos se sientan los especuladores que nos metieron
en la crisis, con dinero público. Votamos a un presidente que ni siquiera
entiende su letra, y lo votamos por mayoría absoluta. Se destapa un caso extraordinario
de corrupción en el seno de este partido político, y nos tranquilizan enseñándonos las declaraciones
de la renta, donde, evidentemente, no aparece registrado el dinero en negro. Otro
escándalo de corrupción baña hasta el cuello a la casa real, pero nosotros
perdonamos al rey porque es muy chabacano, y porque siempre sabe decir a
tiempo: “lo siento me he equivocado” a su vuelta de una cacería de elefantes,
mientras el 50% de los jóvenes en edad de trabajar no tiene trabajo, y se
alcanza ya la escalofriante cifra de seis millones de parados, los mismos que
tenía Alemania cuando Hitler se alzó con el poder…
¡Qué
puedo decir!.. de repente me apetece mucho una duchecita.
domingo, 24 de febrero de 2013
Ámsterdam
Recuerdo
que estaba caminando por el Mercado de
las Flores, cuando me di cuenta que tenía migajas de pan en los labios,
entonces saqué mi lengua ávida, aunque escéptica, pues hasta hacía unos segundos,
ni sospechaba que pudiera haber un bocadillo a un kilometro de distancia. Y mi
lengua, de derecha a izquierda, recogió al menos tres migajas, y yo que tenía
focalizado ese bulbo de tulipán en esa bolsita hermética cerrada, junto a las
miles de bolsitas que se venden en el Mercado
de las Flores, estaba de repente en
la casa comiendo con él, un pan turco riquísimo (nada que ver con el pan negro
que nunca me gustó, quizá porque yo no tengo ascendencia alemana en mi sangre,
aunque indudablemente, sí judía). El bocadillo era de tortilla francesa, y le
había puesto queso dentro, suele colocar el queso en medio de la tortilla,
cuando ésta está todavía a medio hacer, para que se derrita y se funda con ella.
De
pie delante de mí, con los dos platos en las manos, me dice que es muy tonto
eso de los españoles, el que llamemos francesa a la tortilla, cuando
en el resto del mundo se le llama tortilla nomás, me dice, y yo le contesto
que es porque el resto del mundo no tiene que distinguirla de aquella otra
tortilla: ¡La madre de las tortillas de
mi madre patria! Sé que va a recibir mi comentario vanaglorioso
nacionalista, con una medio sonrisa ladeada, con la mirada caída fija en la
tortilla, y con un por Dios Miri, en forma
de susurro suplicante, pero rotundo. Y sé, que va a estar tan guapo cuando pase
todo eso, que no me lo quiero perder, ¡pero vaya si me lo pierdo!
Ahora
estoy frente a un canal. Conservo el
bocadillo de pan turco en la mano, mientras veo las bicis pendiendo en la
barandilla del canal, sujetas bocabajo, algunas agarradas sólo del manillar,
otras, de los radios, haciéndose hueco unas a otras como en un curioso Tetriss, y calle abajo hileras de bicis
también, y el musgo en las sillerías que rodean las puertas de los edificios, y
en las escaleras delgadas pero largas que llegan hasta los primeros pisos.
Me compadezco de mi misma, mientras miro el
brillo leve del sol reflejándose en el agua, me gustaría haberlo visto diciéndome por Dios Miri, pero la verdad es que sentía que lo estaba viendo
cuando no lo estaba viendo, y no hablo del recuerdo que se construye en la
cabeza, hablo de algo físico. Del mismo modo en que sé cuando voy a enfermar, o cuando algo feo preocupa a mi
madre, o a alguna persona que conozco bien. Del mismo modo intangible, me sabía
viviendo muchas cosas a la vez, una encima de otra, y sabía también que sólo
tenía que quitarme una capa de piel para encontrarme con Steven, y dos para estar en el Mercado de las Flores mirando un bulbo. Mientras asimilaba todas estas cosas mi ansiedad
iba en ascenso, porque si ésta sensación que andaba sufriendo iba a ser duradera,
y por tanto, continuarían así, acumulándose sucesivamente vivencias a más
vivencias, bien podría ser que no hubiera retorno, que nunca pudiera volver a
la vivencia que dejé a medio cuando acabé frente al canal, pues cada capa
añadida, hacía que aquello que viví fuera más y más chiquito, y estuviera a
cada rato más y más profundo, igual
que el
estrato íbero está por debajo del romano, y este por debajo del árabe etc.
Él
sigue hablándome, lo noto perfectamente bien, sus palabras llegan como un rumor,
como el ruido de la calefacción o de un coche arrancando, si el sonido de este
último fuera constante. Ahí están sus
palabras andando por mi piel, las noto circular en línea recta, y también
desplazarse en círculos. Por mi parte, he decidido no responderle porque sé,
que aunque así lo hiciera, no me escucharía a mí, sino a mi versión subterránea,
enterrada debajo de mi misma. De hecho debe estar escuchando cualquiera de mis
estúpidas ocurrencias ahora mismo. No sé lo que estamos diciendo, no lo percibo de manera clara, sólo distingo ese
vaivén constante en la monotonía del murmullo, a veces sobresaltado por mi carcajada
frenética, ¡vaya risotada la mía!, parece la de un malo de película, la verdad
es que me avergüenza bastante ahora que
la oigo desde afuera.
De
repente estoy tumbada en la cama, tengo varios buscadores abiertos, en todos
pone la misma cosa, Rocky Balboa download,
o Rocky VI sub spanish, lo que no me
extraña en absoluto, pues soy una fan declarada de la saga del boxeador,
especialmente de ésta que al parecer estoy buscando, sin hacer con ello ningún
tipo de feo a la increíble Rocky I, y Rocky IV, pero la sexta tiene algo que me
encanta; que todo ha pasado ya para el boxeador y, sin embargo, cuando Rocky se
sienta a mirar la obra de su vida, no
está sólo como todos esos viejitos que cuentan sus hazañas en soledad. Rocky habla
de su pasado por dinero. La gente va al restaurante Adrian´s para amenizar su cena con las historias del boxeador, y eso me hace pensar: ¡ah! ¡Qué maravilla ser Rocky y que la gente me escuche de vieja!
Pero
mientras pienso todo esto, me doy cuenta
de que estoy en la cama con las botas puestas, unas botas que han pateado las
calles mojadas de Ámsterdam, y entonces
me sobrecojo, pues mi mami, durante toda su vida, luchó porque yo recibiera una buena educación,
y me dijo un millón de veces que el
calzado no es para la cama, ni para el sofá, es para la calle y punto, por eso me quedo un rato perpleja mirando mis
botas entre las sabanas blancas. La reflexión y la lentitud con la que fluye mi
pensamiento, no me permiten hacer mucho.
Intento ordenar todo lo vivido para encontrarle sentido a lo que hago, pero
está claro que perdí la voluntad hace tiempo.
Estoy
andando por la calle, no sé si he visto Rocky o no, supongo que no, que busqué
la película para verla después, para cuando él volviera del trabajo, porque yo
ya he visto esa película muchas veces, y seguramente quería disfrutarla con él;
lamentablemente soy de la opinión de que compartir una buena película puede ser
decisivo en esos momentos en que juegas a la pareja en ciernes. Soy un poco
ñoña, esa es la verdad.
Todo
es muy raro, estoy pensando en mis pies y todavía los sitúo en la cama, con botas como
ahora, pero en la cama, y no cruzando el canal para llegar al Molino de la Cerveza. Eso me hace
recordar el capítulo que vi el otro día de Walking
Dead, resulta que a uno de los protagonistas lo muerde un zombie, es una
persona mayor, con hijas a su cargo, que ha sobrevivido a mil cosas, aparte, por
supuesto, de que resultaba absolutamente necesario para asistir en el parto a
la mujer del líder. Entonces, cuando ya la cuenta atrás del parto está en
marcha, un zombie muerde al veterinario. Bien sabido es, que si te muerde un
zombie, pronto la enfermedad se extenderá por todo tu cuerpo y acabarás convirtiéndote en uno de ellos. Es por esto
que el líder del grupo, movido por el cariño o por el fuerte interés que le
unía a la víctima, decide amputar la pierna del herido para ver si puede así
frenar la infección. Bueno, pues dos capítulos después de todo eso, el
veterinario cuenta al líder lo raro que le resulta vivir sin su antiguo miembro.
En este instante, le dice, mi cerebro
está mandado la señal que haría mover los dedos del pie amputado, y según cuenta,
aunque ciertamente no los está moviendo, siente que los está moviendo.
Eso
es justo lo que me pasa a mí ahora mismo, estoy en la cama con las botas, estoy
con un pan turco en el salón, estoy mirando un bulbo de tulipán, y en todas las
acciones involucrada a la vez, aunque
nadie podría físicamente percatarse, a no ser que llegara a percibir algo
primario, una especie de instinto soterrado que le hiciera ver, en mi evidente
desorientación, el problema que sufro mientras camino hacía el Molino.
Allí
está mi amigo Alex, me recibe con una cerveza belga importada, buenísima, nueve
grados de alcohol y un sabor incomparable. No me atrevo a contarle nada de lo
que me pasa, no lo conozco desde hace tanto, y él parece un tipo cabal, ¡tan
responsable! Además, ha medrado mucho a su corta edad, lo cual requiere de un
sentido práctico del que yo siempre carecí, el mismo que hace que no esté
subiéndome por las paredes enloquecida ante tamaño sinsentido, que más bien, al
contrario, esté aquí con mi cerveza, sabiendo, que pronto abandonaré a Alex en
mitad de una discusión, y se quedará la otra yo, más flaca, pues engordo con
cada capa que sumo al punto de partida.
Así es como me siento, más gorda y más vieja
cada vez, no, espera, no más vieja, pero sí más cansada. Y mi vientre, ¡no sé
qué le pasa!, parece que se hincha muchísimo y luego se deshincha muchísimo
también, hasta meterse debajo de mis costillas. Me gustaría explicarle esto a
alguien, pero mis mejores amigos están lejos, además entre ellos, sólo se me
ocurre dos que pudieran tener la sensibilidad necesaria para entender lo que me
sucede. Por ello, me dedico a esperar a
que uno de estos “viajes” me lleve con Steven. Tengo muchas ganas de decirle: ¿quieres tocar mi vientre por debajo de mis
costillas? También de oírle un por
Dios Miri, y rapidito porque no sé con cuánto tiempo cuento.
Alex
me sugirió que pasáramos dentro, y yo obedecí. Allí ordena más cerveza, ya
llevamos como tres, o acabamos de destapar la tercera, y en eso que el pobre sufre
un ataque de tos. Estornuda fuerte cada cinco segundos, no le da tiempo ni a
disculparse cuando ya está estornudando otra vez, y a mí me da risa, y me rio
claro, libre como soy de hacer lo que me plazca. Me rio porque el chiquillo
está sufriendo, no puede articular ni frases, o bueno, quizá sí que pueda
pronunciar frases en el lenguaje de los estornudos, pero no en español. Le pasa al lado una holandesa, rubia, flaca,
alta, bien parecida, y el pobre Alex la fusila a babas, mientras yo no puedo
más, me rio mucho con estos percances que padecemos los seres humanos.
Voy para la casa en el tranvía, ya está
oscuro, sobre las rodillas tengo una caja con cervezas, son siete y van en un
bonito estuche de cartón, son iguales que las que nos tomamos antes, pero éstas
las llevo para compartir, como Rocky. Hace cerca de cuatro horas que no vivo un
viaje, no sé si llamarlo así, “viaje” por la connotación negativa que podría
tener sí se relaciona con el viaje de las drogas, además, tampoco me gusta este
término porque no es fidedigno, yo no me voy a ningún lado, estoy todo el
tiempo en el mismo sitio, pero en distintos niveles.
Ahí
entra, ¡por fin! ¡Qué alegría! Entra
contándome lo mucho que le gustó anoche Rocky
Balboa, ¡qué película tan genial!,
me dice, llevo pensando todo el día en
ella, dice también. Y mi corazón, que necesitaba ese aliento después de todo lo
sucedido, se expande y cruza las costillas, mientras mi vientre contrae una
bocanada de oxigeno crucial, y se sale de las costillas para dejarle sitio al
corazón. Entonces le digo: Te tengo un
regalo, abre el frigorífico. Allí puede ver las siete cervezas desplegadas,
una detrás de otra como en un desfile de modelos, y detrás de la puerta de la
nevera puede ver mi sonrisa, que no
dice, pero quiere decir algo así como: ¡Ah
que buena sorpresa eh!
Destapamos
una de ellas, y jugamos a ese juego que nos gusta tanto, el juego de medirlo
todo parejo, buscando que la línea de flotación de su cerveza esté siempre al
mismo nivel que la mía, ni un milímetro por encima ni uno por debajo, siempre
así parejito, como buenos cristianos, mordiendo la hostia consagrada hasta
hacerla equitativa. Y cuando ya todo está bien distribuido, y los dos le damos
el visto bueno al trabajo, le cuento al fin: Escúchame, me están pasando cosas extrañísimas, ni te imaginas. Toca mi
vientre, mira, mira -mientras me levanto la camiseta-. Bueno ahora ya está más normal, pero antes crecía y crecía, y después
se encogía tanto que se metía por dentro. ¿Por dentro de qué? Me
pregunta, al tiempo que mete media mano dentro de mi pantalón, y yo
le pido a la providencia que me deje quedarme al menos a esto.
Pero
no me quedo, ahora estoy en medio de la
calle Rembrandt. Hay toda una multitud alrededor de mí, mirándome, acabo de
darme cuenta; tengo como una legaña muy
grande en el ojo, y es sumamente pegajosa, sólo puedo mover la mano derecha que
levanto para tocarme la legaña, está calentita. Le pregunto a una mujer qué me pasa,
pero le pregunto mal, me percato después de formular la pregunta; la hice en
castellano. Por suerte la mujer es española, o está con ella algún español que
le traduce, no lo sé. Me dice que me ha atropellado un tranvía, cuando iba por
ahí andando. Me hace gracia porque él me alertó sobre eso, lo recuerdo muy bien,
fue en mi primer día en Ámsterdam: La
verdad que me da miedo que estés aquí, con todas esas bicis y tranvías, que te
pueden atropellar, y yo pensé: ¡míralo
que gracioso, se ríe de la provinciana! Pero es verdad, tal como predijo, me ha atropellado un tranvía.
Así
que estoy ahí, tirada en medio de una de las vías públicas más famosas de
Ámsterdam, tocándome mi legaña caliente, mientras la gente corre y da alaridos
alrededor de mí, y entonces, en ese
preciso momento mi cerebro se activa, y pienso:
¡Ah! ¡Ya veo! ¡Todos esos saltos
en el tiempo eran sólo parte de esa opinión tan recurrente y generalizada, la
que mantiene que justo cuando vas a
morir, ves pasar tu vida por delante de los ojos! Pero, yo no he visto
pasar mi vida, sólo he visto mi vida reciente en Ámsterdam. Estoy segura de
esto, porque en todo momento han sido las calles de Ámsterdam las que me
rodeaban, y en todo momento había gente perteneciente a esta ciudad cerca de
mí.
Aunque
bien mirado puede ser, igual, no acertaron al cien por cien al decir que ves
pasar toda la vida por delante de tus ojos, no es justo pedirle tanta exactitud
a los moribundos que relataron su experiencia, es compresible que erraran, al
fin y al cabo se estaban muriendo.
Empiezo
a convencerme por fin de que me muero, cuando, justo, rechazo la posibilidad porque
estoy con mi madre en la cocina, envuelta en esos azulejos ochenteros que
teníamos en el antiguo piso, esos con el marco naranja, y cacerolas naranjas,
tan naranjas que incluso las propias naranjas aparecen dibujadas en ellos.
Tengo
cuatro añitos, y sostengo mi cara mofletuda, en la que siempre asomaron dos
hoyuelos. La sostengo entre las manos, pasmada en el discurrir de la máquina de
coser, y mi mami que me mira con cariño, todavía no lleva gafas para ver de
cerca, y luce una melena gruesa a la
altura de los hombros de pelo rizado y castaño. Lo que no sé, es como puede
ver en lo que trabaja con esa sombra que le proyecta el flexo, pues la luz tropieza con su melena, y refleja una enorme sombra en el disfraz que cose.
Es un disfraz de gallina, rojo, con pantaloncitos rojos y camisa roja también.
Lleva un pompón en el culo, y miles de plumitas rojas de papel maché, que mi
mami recortó durante horas, y luego cosió con esmerada paciencia al traje.
Está
guapísima mi mami, ¡qué mujer tan guapa!
sábado, 23 de febrero de 2013
Vuelvo
a Lima después de cinco años .Pocos minutos
después de abandonar el Jorge Chávez me encuentro con
la misma ciudad, en la que los coches y las combis se engullen y se fusionan a
pitazos. No veo apenas motos entre el tráfico, hace falta ser verdaderamente
osado para conducir en moto por aquí, aunque la verdad es que el auténtico problema para un motorista limeño, soy yo, blanquita y
atolondrada, verdadero camicace al acecho de ese que me grita por debajo de su
casco: ¡Caaaaaaarajo! Mientras yo sólo recuerdo a mi madre, ayer olvidé su
cumpleaños, pero me acuerdo muchísimo de ella, sobre todo cuando pienso que voy
a morir. No sé si existe Dios, ni el pasillo que, en penumbra, se ilumina sólo
al final, lo único que sé es que en el momento en que tenga conciencia de mi
muerte, en ese mismo instante, estaré con mi madre.
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