domingo, 24 de febrero de 2013

Ámsterdam


 

Recuerdo que estaba caminando por el Mercado de las Flores, cuando me di cuenta que tenía migajas de pan en los labios, entonces saqué mi lengua ávida, aunque escéptica, pues hasta hacía unos segundos, ni sospechaba que pudiera haber un bocadillo a un kilometro de distancia. Y mi lengua, de derecha a izquierda, recogió al menos tres migajas, y yo que tenía focalizado ese bulbo de tulipán en esa bolsita hermética cerrada, junto a las miles de bolsitas que se venden en el Mercado de las Flores,  estaba de repente en la casa comiendo con él, un pan turco riquísimo (nada que ver con el pan negro que nunca me gustó, quizá porque yo no tengo ascendencia alemana en mi sangre, aunque indudablemente, sí judía). El bocadillo era de tortilla francesa, y le había puesto queso dentro, suele colocar el queso en medio de la tortilla, cuando ésta está todavía a medio hacer, para que  se derrita y se funda con ella.

De pie delante de mí, con los dos platos en las manos, me dice que es muy tonto eso de los españoles, el que llamemos francesa a la tortilla,  cuando en el resto del mundo se le llama tortilla nomás, me dice, y yo le contesto que es porque el resto del mundo no tiene que distinguirla de aquella otra tortilla: ¡La madre de las tortillas de mi madre patria! Sé que va a recibir mi comentario vanaglorioso nacionalista, con una medio sonrisa ladeada, con la mirada caída fija en la tortilla, y con un por Dios Miri, en forma de susurro suplicante, pero rotundo. Y sé, que va a estar tan guapo cuando pase todo eso, que no me lo quiero perder, ¡pero vaya si me lo pierdo!

Ahora estoy frente  a un canal. Conservo el bocadillo de pan turco en la mano, mientras veo las bicis pendiendo en la barandilla del canal, sujetas bocabajo, algunas agarradas sólo del manillar, otras, de los radios, haciéndose hueco unas a otras como en un curioso Tetriss, y calle abajo hileras de bicis también, y el musgo en las sillerías que rodean las puertas de los edificios, y en las escaleras delgadas pero largas que llegan hasta los primeros pisos.

 Me compadezco de mi misma, mientras miro el brillo leve del sol reflejándose en el agua, me gustaría  haberlo visto diciéndome por Dios Miri, pero la verdad es que sentía que lo estaba viendo cuando no lo estaba viendo, y no hablo del recuerdo que se construye en la cabeza, hablo de algo físico. Del mismo modo en que sé cuando voy  a enfermar, o cuando algo feo preocupa a mi madre, o a alguna persona que conozco bien. Del mismo modo intangible, me sabía viviendo muchas cosas a la vez, una encima de otra, y sabía también que sólo tenía que quitarme una capa de piel para encontrarme con Steven, y  dos para estar en el Mercado de las Flores mirando un bulbo.  Mientras asimilaba todas estas cosas mi ansiedad iba en ascenso, porque si ésta sensación que andaba sufriendo iba a ser duradera, y por tanto, continuarían así, acumulándose sucesivamente vivencias a más vivencias, bien podría ser que no hubiera retorno, que nunca pudiera volver a la vivencia que dejé a medio cuando acabé frente al canal, pues cada capa añadida, hacía que aquello que viví fuera más y más chiquito, y estuviera a cada rato más y más profundo, igual que el estrato íbero está por debajo del romano, y este por debajo del árabe  etc.   

Él sigue hablándome, lo noto perfectamente bien, sus palabras llegan como un rumor, como el ruido de la calefacción o de un coche arrancando, si el sonido de este último fuera constante.  Ahí están sus palabras andando por mi piel, las noto circular en línea recta, y también desplazarse en círculos. Por mi parte, he decidido no responderle porque sé, que aunque así lo hiciera, no me escucharía a mí, sino a mi versión subterránea, enterrada debajo de mi misma. De hecho debe estar escuchando cualquiera de mis estúpidas ocurrencias ahora mismo. No sé lo que estamos diciendo, no lo  percibo de manera clara, sólo distingo ese vaivén constante en la monotonía del murmullo,  a veces sobresaltado por mi carcajada frenética, ¡vaya risotada la mía!, parece la de un malo de película, la verdad es que  me avergüenza bastante ahora que la oigo desde afuera.

De repente estoy tumbada en la cama, tengo varios buscadores abiertos, en todos pone la misma cosa, Rocky Balboa download, o Rocky VI sub spanish, lo que no me extraña en absoluto, pues soy una fan declarada de la saga del boxeador, especialmente de ésta que al parecer estoy buscando, sin hacer con ello ningún tipo de feo a la increíble Rocky I, y Rocky IV, pero la sexta tiene algo que me encanta; que todo ha pasado ya para el boxeador y, sin embargo, cuando Rocky se sienta a mirar  la obra de su vida, no está sólo como todos esos viejitos que cuentan sus hazañas en soledad. Rocky habla de su pasado por dinero. La gente va al restaurante Adrian´s para amenizar su cena con las historias del boxeador,  y eso me hace pensar: ¡ah! ¡Qué maravilla ser Rocky y que la gente me escuche de vieja!  

Pero mientras pienso todo esto,  me doy cuenta de que estoy en la cama con las botas puestas, unas botas que han pateado las calles mojadas de Ámsterdam,  y entonces me sobrecojo, pues mi mami, durante toda su vida,  luchó porque yo recibiera una buena educación, y  me dijo un millón de veces que el calzado no es para la cama, ni para el sofá, es para la calle y punto,  por eso me quedo un rato perpleja mirando mis botas entre las sabanas blancas. La reflexión y la lentitud con la que fluye mi pensamiento,  no me permiten hacer mucho. Intento ordenar todo lo vivido para encontrarle sentido a lo que hago, pero está claro que perdí la voluntad hace tiempo. 

Estoy andando por la calle, no sé si he visto Rocky o no, supongo que no, que busqué la película para verla después, para cuando él volviera del trabajo, porque yo ya he visto esa película muchas veces, y seguramente quería disfrutarla con él; lamentablemente soy de la opinión de que compartir una buena película puede ser decisivo en esos momentos en que juegas a la pareja en ciernes. Soy un poco ñoña, esa es la verdad.

Todo es muy raro, estoy pensando en mis pies y  todavía los sitúo en la cama, con botas como ahora, pero en la cama, y no cruzando el canal para llegar al Molino de la Cerveza. Eso me hace recordar el capítulo que vi el otro día de Walking Dead, resulta que a uno de los protagonistas lo muerde un zombie, es una persona mayor, con hijas a su cargo, que ha sobrevivido a mil cosas, aparte, por supuesto, de que resultaba absolutamente necesario para asistir en el parto a la mujer del líder. Entonces, cuando ya la cuenta atrás del parto está en marcha, un zombie muerde al veterinario. Bien sabido es, que si te muerde un zombie, pronto la enfermedad se extenderá por todo tu cuerpo y acabarás  convirtiéndote en uno de ellos. Es por esto que el líder del grupo, movido por el cariño o por el fuerte interés que le unía a la víctima, decide amputar la pierna del herido para ver si puede así frenar la infección. Bueno, pues dos capítulos después de todo eso, el veterinario cuenta al líder lo raro que le resulta vivir sin su antiguo miembro. En este instante, le dice,  mi cerebro está mandado la señal que haría mover  los dedos del pie amputado, y según cuenta, aunque ciertamente no los está moviendo, siente que los está moviendo.

Eso es justo lo que me pasa a mí ahora mismo, estoy en la cama con las botas, estoy con un pan turco en el salón, estoy mirando un bulbo de tulipán, y en todas las acciones  involucrada a la vez, aunque nadie podría físicamente percatarse, a no ser que llegara a percibir algo primario, una especie de instinto soterrado que le hiciera ver, en mi evidente desorientación, el problema que sufro mientras camino hacía el Molino.   

Allí está mi amigo Alex, me recibe con una cerveza belga importada, buenísima, nueve grados de alcohol y un sabor incomparable. No me atrevo a contarle nada de lo que me pasa, no lo conozco desde hace tanto, y él parece un tipo cabal, ¡tan responsable! Además, ha medrado mucho a su corta edad, lo cual requiere de un sentido práctico del que yo siempre carecí, el mismo que hace que no esté subiéndome por las paredes enloquecida ante tamaño sinsentido, que más bien, al contrario, esté aquí con mi cerveza, sabiendo, que pronto abandonaré a Alex en mitad de una discusión, y se quedará la otra yo, más flaca, pues engordo con cada capa que sumo al punto de partida.

 Así es como me siento, más gorda y más vieja cada vez, no, espera, no más vieja, pero sí más cansada. Y mi vientre, ¡no sé qué le pasa!, parece que se hincha muchísimo y luego se deshincha muchísimo también, hasta meterse debajo de mis costillas. Me gustaría explicarle esto a alguien, pero mis mejores amigos están lejos, además entre ellos, sólo se me ocurre dos que pudieran tener la sensibilidad necesaria para entender lo que me sucede. Por ello,  me dedico a esperar a que uno de estos “viajes” me lleve con Steven. Tengo muchas ganas de decirle: ¿quieres tocar mi vientre por debajo de mis costillas? También de oírle un por Dios Miri, y rapidito porque no sé con cuánto tiempo cuento.

Alex me sugirió que pasáramos dentro, y yo obedecí. Allí ordena más cerveza, ya llevamos como tres, o acabamos de destapar la tercera, y en eso que el pobre sufre un ataque de tos. Estornuda fuerte cada cinco segundos, no le da tiempo ni a disculparse cuando ya está estornudando otra vez, y a mí me da risa, y me rio claro, libre como soy de hacer lo que me plazca. Me rio porque el chiquillo está sufriendo, no puede articular ni frases, o bueno, quizá sí que pueda pronunciar frases en el lenguaje de los estornudos, pero no en español.  Le pasa al lado una holandesa, rubia, flaca, alta, bien parecida, y el pobre Alex la fusila a babas, mientras yo no puedo más, me rio mucho con estos percances que padecemos los seres humanos.

 Voy para la casa en el tranvía, ya está oscuro, sobre las rodillas tengo una caja con cervezas, son siete y van en un bonito estuche de cartón, son iguales que las que nos tomamos antes, pero éstas las llevo para compartir, como Rocky. Hace cerca de cuatro horas que no vivo un viaje, no sé si llamarlo así, “viaje” por la connotación negativa que podría tener sí se relaciona con el viaje de las drogas, además, tampoco me gusta este término porque no es fidedigno, yo no me voy a ningún lado, estoy todo el tiempo en el mismo sitio, pero en distintos niveles.  

Ahí entra, ¡por fin!  ¡Qué alegría! Entra contándome lo mucho que le gustó anoche Rocky Balboa, ¡qué película tan genial!, me dice, llevo pensando todo el día en ella, dice también. Y mi corazón,  que necesitaba ese aliento después de todo lo sucedido, se expande y cruza las costillas, mientras mi vientre contrae una bocanada de oxigeno crucial, y se sale de las costillas para dejarle sitio al corazón. Entonces le digo: Te tengo un regalo, abre el frigorífico. Allí puede ver las siete cervezas desplegadas, una detrás de otra como en un desfile de modelos, y detrás de la puerta de la nevera  puede ver mi sonrisa, que no dice, pero quiere decir algo así como: ¡Ah que buena sorpresa eh!

Destapamos una de ellas, y jugamos a ese juego que nos gusta tanto, el juego de medirlo todo parejo, buscando que la línea de flotación de su cerveza esté siempre al mismo nivel que la mía, ni un milímetro por encima ni uno por debajo, siempre así parejito, como buenos cristianos, mordiendo la hostia consagrada hasta hacerla equitativa. Y cuando ya todo está bien distribuido, y los dos le damos el visto bueno al trabajo, le cuento al fin: Escúchame, me están pasando cosas extrañísimas, ni te imaginas. Toca mi vientre, mira, mira -mientras me levanto la camiseta-. Bueno ahora ya está más normal, pero antes crecía y crecía, y después se encogía tanto que se metía por dentro. ¿Por dentro de qué?  Me pregunta,  al tiempo que  mete media mano dentro de mi pantalón, y yo le pido a la providencia que me deje quedarme al menos a esto.

Pero no me quedo,  ahora estoy en medio de la calle Rembrandt. Hay toda una multitud alrededor de mí, mirándome, acabo de darme cuenta;  tengo como una legaña muy grande en el ojo, y es sumamente pegajosa, sólo puedo mover la mano derecha que levanto para tocarme la legaña, está calentita. Le pregunto a una mujer qué me pasa, pero le pregunto mal, me percato después de formular la pregunta; la hice en castellano. Por suerte la mujer es española, o está con ella algún español que le traduce, no lo sé. Me dice que me ha atropellado un tranvía, cuando iba por ahí andando. Me hace gracia porque él me alertó sobre eso, lo recuerdo muy bien, fue en mi primer día en Ámsterdam: La verdad que me da miedo que estés aquí, con todas esas bicis y tranvías, que te pueden atropellar, y yo pensé: ¡míralo que gracioso, se ríe de la provinciana! Pero es verdad, tal como predijo,  me ha atropellado un tranvía.

Así que estoy ahí, tirada en medio de una de las vías públicas más famosas de Ámsterdam, tocándome mi legaña caliente, mientras la gente corre y da alaridos alrededor de mí,  y entonces, en ese preciso momento mi cerebro se activa, y pienso:  ¡Ah! ¡Ya veo! ¡Todos esos saltos en el tiempo eran sólo parte de esa opinión tan recurrente y generalizada, la que mantiene que  justo cuando vas a morir, ves pasar tu vida por delante de los ojos! Pero, yo no he visto pasar mi vida, sólo he visto mi vida reciente en Ámsterdam. Estoy segura de esto, porque en todo momento han sido las calles de Ámsterdam las que me rodeaban, y en todo momento había gente perteneciente a esta ciudad cerca de mí.

Aunque bien mirado puede ser, igual, no acertaron al cien por cien al decir que ves pasar toda la vida por delante de tus ojos, no es justo pedirle tanta exactitud a los moribundos que relataron su experiencia, es compresible que erraran, al fin y al cabo se estaban muriendo. 

Empiezo a convencerme por fin de que me muero, cuando, justo, rechazo la posibilidad porque estoy con mi madre en la cocina, envuelta en esos azulejos ochenteros que teníamos en el antiguo piso, esos con el marco naranja, y cacerolas naranjas, tan naranjas que incluso las propias naranjas aparecen dibujadas en ellos.

Tengo cuatro añitos, y sostengo mi cara mofletuda, en la que siempre asomaron dos hoyuelos. La sostengo entre las manos, pasmada en el discurrir de la máquina de coser, y mi mami que me mira con cariño, todavía no lleva gafas para ver de cerca, y  luce una melena gruesa a la altura de los hombros de  pelo  rizado y castaño. Lo que no sé, es como puede ver en lo que trabaja con esa sombra que le proyecta el flexo, pues la luz  tropieza con su melena, y  refleja una enorme sombra en el disfraz que cose. Es un disfraz de gallina, rojo, con pantaloncitos rojos y camisa roja también. Lleva un pompón en el culo, y miles de plumitas rojas de papel maché, que mi mami recortó durante horas, y luego cosió con esmerada paciencia al traje.  

Está guapísima mi mami, ¡qué mujer tan guapa!

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