Llevaba sólo unos días en Perú.
Más o menos el preámbulo a mi viaje (para poner en situación al lector, para
que no sea ésta una narración superficial que haga pensar que un día amanecí en
España y al otro estaba en Perú) digamos que las razones que me llevaron a
hacer este viaje fueron: En primer lugar una crisis a la europea, es decir,
bien armadita, con sus aires de grandeza y condescendencia occidental. Es
decir, la peor de las crisis, porque una crisis tercermundista por su virulencia
y arrojo, se prende como una llama, llega a su punto álgido de ebullición, y
después, aunque continúa incandescente, sí que se va rebajando hasta dejar
el fósforo, al menos, a la mitad. Nuestra crisis por hipócrita, por no destaparse,
viene durando ya cuatro años y no tiene
visos de terminar hasta dentro de por lo menos, siete años más, y lo peor de
todo es que su punto álgido siempre será mañana.
Del
mismo modo, todo este tiempo ha habido algo en Perú que me pedía que volviera,
bien puede ser la nostalgia, pero ni siquiera creo que sea eso, me encanta Latinoamérica,
pero tampoco creo que sea eso. Entonces no sé muy bien lo que es, en realidad
las cosas no han cambiado tanto, continúa la misma duda, pero sobre todo la
misma certidumbre.
En
Perú las duchas son eléctricas, parece por lo que he podido observar, que es la
alcachofa de la ducha, la que se encarga
no sólo de arrojar el agua sino también
de calentarla. Fue ya en mi segundo día aquí, cuando, después de quedarme
calatita (jerga utilizada en Perú para decir desnuda), y de meterme en la
ducha, abrí el grifo del agua y dejé que ésta corriera. Primero como acostumbro
a hacer, la recibí con el pecho, porque, parece, que al estar armado con sus
costillas y todo, puede ser más
resistente al agua caliente, al menos tiene su engranaje óseo para resistir el
embate. De ahí que diez segundos después metí la cabeza y entonces pasó algo increíble,
la secuencia fue más o menos así: mi cabeza empezó a retumbar de forma intermitente,
la sensación era parecida a tener una
cama elástica por corteza cerebral en la que saltan un millón de abejas a la
vez, y en cada salto el mismo zumbido, y los oídos taponados para que ninguna
abeja se escape por la puerta, perdiéndose así la diversión. Después vino la
movida de la vista, estaba viendo todo clarito cuando, de repente, la visión se
me pone en negro, bueno quizá no negro del todo, puede que cupieran ciertos matices
de grises, aunque flasheados por destellos azules, moviéndose al compás de las
acrobacias de los insectos. Cuando todo acabó al fin, me quedó cierta apatía,
parecida a la que precede al orgasmo masculino.
Decidí
entonces contarle al amigo que me hospeda en su casa, lo que me había pasado
con su ducha, porque tampoco estaba segura al cien por cien de que fuera efecto
de su ducha, bien podría ser una bajada de tensión como la que he sufrido muchas
veces pero con distinto cuadro sintomático.
El
caso es que lo olvidé, por una u otra razón olvidé completamente eso tan raro
que me había ocurrido, así que al día siguiente volví a mi cita acordada con la
descarga eléctrica. Esta vez mientras recibía los voltios, recordé, ahora sí
consciente de lo que me pasaba, una parte de la película “La Milla Verde”, en
la que un gracioso de la prisión no moja la esponja de un condenado a la silla eléctrica, por lo que la electricidad
tarda más en pasar, y la muerte se hace más lenta y más dolorosa. Mi
observación al caso, con toda esa agua descendiendo por mi cabello fue: “La
electricidad me debe estar pasando suavecito”
Iván
tiene varios trastornos psicosomáticos más o menos obvios, lo raro es que no
los tenga también motoros, quizá conociéndolo con la profundidad necesaria se
pueda ahondar más en esa cuestión, en todo caso, su novia, Michi, ha de dar
cuenta de ello. De todas maneras baste
la reproducción del siguiente diálogo para acercarnos más al sujeto que lleva
todo un año recibiendo, diariamente, electroshocks:
·
Iván,
me ha pasado una cosa rarísima en tu ducha, como una descarga eléctrica diría
yo.
·
¿Ah
si? ¡Verdad! A mí también me pasa pero pensé que era yo, pensé que era mi
cabeza. Pero igual es normal eh, debe pasarle a todos los peruanos…
El
grupo revolucionario Tupac Amaru dejando escapar a la mamá de Fujimori, por la mismísima
puerta de la embajada japonesa. Fujimori posando frente a los cadáveres de los
emerretistas. Belaunde Terry diciendo que tiraría las cartas de las
asociaciones en defensa de los derechos humanos al tacho de basura, en toda la eclosión del fenómeno senderista.
Vargas Llosa afirmando que los serranos que dieron muerte a los periodistas en
Uchuraccay, no conocían las cámaras de fotos, ni los relojes de mano, y que,
por ello, por su primitivismo indígena, pensaron que esos objetos extraños
portadores de males, merecían la muerte de sus dueños. Alan García respondiendo
a las protestas de los indígenas de la amazonia con una argumentación estelar: No valen tanto esas protestas ya que se trata de ciudadanos de segunda.
Sendero Luminoso resucitando a Mariátegui, después a Mao Zedong, mientras
ensalzan al camarada Gonzalo y cuelgan perros de los postes de la luz
llamándolos Deng Xiaoping, curioso nombre para un perro muerto, de apellido
vendido. Ollanta Humala que acompaña a su hermano a la cárcel, dejando al grupo
indigenista que armara su padre desvalido. Este es el Perú de las duchas
eléctricas infernales, este es el Perú en el que se bañan todos los peruanos…
Ahora
bien, todavía me queda por descubrir cuál es el artilugio infernal que nos ha
quemado el cerebro a los españoles, porque de hecho lo tenemos obvia y seriamente
dañado. La ducha no ha sido, eso está más o menos claro, sin embargo las
consecuencias de lo que sea que nos ha embrutecido han ido todavía más lejos…. Rescatamos
a los bancos, en cuyos despachos se sientan los especuladores que nos metieron
en la crisis, con dinero público. Votamos a un presidente que ni siquiera
entiende su letra, y lo votamos por mayoría absoluta. Se destapa un caso extraordinario
de corrupción en el seno de este partido político, y nos tranquilizan enseñándonos las declaraciones
de la renta, donde, evidentemente, no aparece registrado el dinero en negro. Otro
escándalo de corrupción baña hasta el cuello a la casa real, pero nosotros
perdonamos al rey porque es muy chabacano, y porque siempre sabe decir a
tiempo: “lo siento me he equivocado” a su vuelta de una cacería de elefantes,
mientras el 50% de los jóvenes en edad de trabajar no tiene trabajo, y se
alcanza ya la escalofriante cifra de seis millones de parados, los mismos que
tenía Alemania cuando Hitler se alzó con el poder…
¡Qué
puedo decir!.. de repente me apetece mucho una duchecita.
¡Qué auténtica, qué valiente, qué veraz!
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