miércoles, 20 de abril de 2016

Carmen la dueña de la noche.





Carmen  era una actriz que llegó  a la terraza del bar donde nos encontrábamos alrededor de las once de la noche. En realidad, el amigo con el  chupaba la había rescatado de dentro del bar y  prácticamente la había sentado a la mesa. Creo que en ese momento estábamos con tres amigos más; mi exprofesor de guitarra Patricio  el Vicio y su forma de hilar una idea con otra sin tomarse la molestia de puntuar, por lo que resulta mucho más fácil perderte dentro de su conversación que encontrarte, su mejor amigo de origen alemán, un tal Micke que hizo grandes esfuerzos durante la noche para distinguir su nombre del de  Michael, el otro ser que se sentaba a la mesa: un escritor norteamericano que concluyendo la treintena había decidido viajar por el mundo para robarle historias. Había estado en Laos y ahora estaba en Lima bebiendo una gran jarra de chela por diecisiete soles. En ese momento llegó Carmen.  Fisicamente Carmen no era nada del otro mundo, una persona pequeña, con curvas no muy  pronunciadas, más rechoncha que flaca pero para nada gorda, cara redonda, ojos grandes y expresivos, nariz pequeña y afilada, cabello amarrado atrás con una goma. La camiseta que llevaba no dejaba si quiera adivinar el tamaño de sus pechos, pero  normalmente cuando esto sucede no es  por culpa de la camiseta sino que más bien lo que esta oculta  son dos pequeñas e inofensivas cerezas, u olivas. Era una holgada camiseta de cuello cerrado y redondo y de flores estampadas, donde primaban los azules. Carmen se sentó y comenzó a hablar. 

Pronto supe que Carmen era una seductora nata. Obviamente a mí no me estaba seduciendo sino a mi amigo, aunque claro yo recibía buena cantidad de esta seducción de manera indirecta, como el fumador  pasivo llena los pulmones de Carmen de manera inconsciente. En una época yo  había estado bastante enganchada de este amigo, es decir, sí me hubiera gustado estar con él, en el sentido clásico de la palabra, pero al cabo de un tiempo comprendí que él nunca estaría conmigo. No por ser ni peor ni mejor que yo, simplemente por ser él. Así que ahora lo miraba de la manera más aséptica y pasiva que se pueda ensayar con alguien que te has tirado en repetidas ocasiones y que sinceramente prefieres no volverte a tirar.  Carmen no lo miraba así en absoluto. Es más, con cierta intencionalidad abría temas  sobre sexo oral masculino y femenino. Yo tenía varias historias que contar al respecto, sobre todo una que acabó en tragedia, un episodio bastante sangriento, pero  preferí guardar silencio, igual entendía que mi historia de sangre y semen era mucho menos atractiva que la explicación graficada de Carmen acerca de cómo comer bien un coño utilizando como símil del clítoris un limón.

-          ¿Has comido limones no?-  Le decía a mi amigo- Sí, claro que has comido, en Perú se comen muchos limones. En bien sencillo. ¿Verdad que para comer un limón has de partirlo por  la mitad? Imagina que esa mitad la partes  a su vez en otra mitad.

-          Yah

-          Para comerte esa mitad le echarás sal, ¿no? Es lo más habitual comer limones con sal.

-          Lamento, contrariarte Carmen, -intervine-pero  la mayor parte de personas solo hace lo de la sal cuando también hay tequila.

-          Bueno-ignorando  mi comentario- pues comer un coño es igual. Cortas la mitad de la mitad del limón, una media  luna, le echas sal y ahí exprimes y exprimes. Le sacas todo su jugo,-mientras simulaba tener algo pequeño entre las manos, ciertamente de la mitad de la mitad del tamaño de un limón- Un clítoris  es como un pene, se hincha  también.

A cada instante Carmen  parecía transformarse en una maquina más y más precisa de seducción; el cabello ladeado, la tibia luz  que proyectaba la puerta entornada del bar bañando su cuello, su pestañeo constante pero sutil. La pausada cadencia de sus palabras, su  sonrisa perenne.

Carmen rondaba los cuarenta, de hecho en un momento dijo algo así como que se acercaba la fecha de su cuarenta cumpleaños. También decía estar casada desde  hace diecisiete años y tener dos hijas que todavía no llegaban a la pubertad. Describía su matrimonio como “prácticamente bueno”.  Pero claro, todo ello intercalado de posiciones personales al respecto del amor, la confianza, el placer y  la vida  en general pero centrado su  discurso,  como ha quedado claro, solamente en el lado amable de la misma.

Para las dos de la mañana ya únicamente quedaban una decena de personas en el bar. El administrador había apagado las luces y  cerrado la puerta, eso era una señal obvia de que teníamos que irnos, incluso habíamos hecho el amago  en cierto momento, dejando únicamente al escritor de Austin, Texas, solo por unos instantes en la mesa plagada de vasos vacíos, para al cabo de un par de minutos, volver al mismo lugar, a  las mismas reflexiones pausadas  de Carmen.  Fue en ese momento cuando empezaron a suceder de forma progresiva y envolvente una serie de pequeños acontecimientos que terminaron en un mete y saca salvaje entre Carmen y el mesero en medio de la mirada nocturna de los diez presentes que nos hallábamos todavía en el bar. Fue como el culmen máximo de la seducción de Carmen esa clase práctica de sexo en vivo. Creo que poco antes de eso ya se habían puesto todas las cartas sobre la mesa  más o menos en estos términos:

-           El  otro día, cuando te conocí-decía mi amigo- ¿no te tiré los perros  verdad? (buena la táctica de mi amigo, una forma vedada de decir que, con independencia de lo que pasara, no hubiera sido extraño que pasara)

-          No, para nada,- contesta Carmen, haciéndose dueña de la situación. Simplemente eres coqueto, eres bastante coqueto.  Mientras toca el brazo de mi amigo.

-          Ah, ya, ¿ves?, ¡lo sabía! Mi fama no se corresponde con la realidad.

-          Yo  también soy bastante coqueta, me gusta seducir. Contesta Carmen como si fuera necesario explicar que los seres humanos respiramos a través de bronquios o que la tierra gira en órbita alrededor del sol.

-          ¡Oye pidamos la última! dije yo, parece que esto se pone interesante

El mesero, que llegaba con la última jarra de chela, poco antes de establecer contacto entre la mesa de madera y el recipiente de vidrio, derramó un poco de cerveza  en la  entrepierna  de Carmen que de manera automática se llevó  la mano a  la falda empapada.  El mismo acto reflejo hizo el mesero cuando reaccionó buscando una disculpa, de modo que las manos de ambos se encontraron en la entrepierna de Carmen, y ésta contrariando por completo lo establecido, ante la mirada del escritor  texano, mi  amigo y la mía propia, lo disculpó  mientras introducía la mano del mesero por debajo de su falda. Y en ese momento, el mesero, Miguelón, un hombre amable  al que se le imagina una sana familia de ñiños rollizos y una mujer que siendo bien joven habría pasado a sustituir a su madre, entreabrió los labios y desvió la  mirada. Por supuesto, aun dentro de mi sorpresa, atiné a mirar el bulto del pantalón de Miguelón para contrastar si nuestra Carmen era la maestra sexual que decía ser, y sí, ese afable padre de familia tenía un bulto que en cuestión de segundos se había inflamado tanto que pugnaba por reventar el cierre de pantalón. Carmen dirigió su mano hacía el bulto, y sin apenas rozarlo ya aparecía ante nosotros el aparato reproductor masculino al completo totalmente erecto, duro e inflamado. Era un poco extraño ver aquella cosa en carne y hueso en un contexto  público, es como cuando tienes la visión del pezón de la mujer  que amamanta a su hijo justo en frente tuyo en el tren. Uno prefiere mirar para otro lado, o cerrar los ojos porque  se  siente intruso en la intimidad del otro,  aun habiendo sido invitado.

De cómo la boca  de Carmen llegó a  engullir el pene de Miguelón no tengo idea porque justo en ese momento estaba  luchando contra el arrobamiento que me producía  la situación. Lo que sí que sé es que de ahí Carmen succionó y succionó, intercalando  esta práctica con larguísimas estancias alrededor de  la punta del pene, que efectivamente, para mí pasó  a transformarse en la mitad de la  mitad de un limón, tal como ella había explicado antes. Y Así estuvieron un buen rato. Y yo  pensaba, “solo espero que la lefa no me salpique”, pero a la misma vez era totalmente incapaz de moverme del lugar, me había quedado petrificada ante el espectáculo y tenía un asiento de lujo, de sobra  mejor que el de mi  amigo que, a juzgar por donde se encontraba, y por su cara de asco, solo acertaba  a ver de manera intermitente más cerca y más lejos de su cara, el culo de Miguelón. Pero  yo, no, yo al lado de mi amigo tenía un panorama en diagonal, podía ver la polla entrar y salir,  y la cara de Carmen deformada y sudorosa succionando y gimiendo como si ella misma fuera quien estuviera recibiendo placer oral- antes había dicho que en la cama era muy gritona- ahora no cabía duda. Después Carmen y Miguelón se fueron contra el suelo y ahí es donde empezó el mete y saca salvaje aunque breve porque Carmen no hizo que Miguelón se corriera en su boca,  esperó a que la rellenara por abajo. El escritor de Austin,  Texas, pareció empezar a aburrirse del espectáculo y en respuesta liaba un cigarrillo tras otro. Uno de esos justo, fue el que fumó Carmen después de  acabar.

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