Carmen era una actriz que llegó a la terraza del bar donde nos encontrábamos
alrededor de las once de la noche. En realidad, el amigo con el chupaba la había rescatado de dentro del bar
y prácticamente la había sentado a la
mesa. Creo que en ese momento estábamos con tres amigos más; mi exprofesor de
guitarra Patricio el Vicio y su forma de
hilar una idea con otra sin tomarse la molestia de puntuar, por lo que resulta
mucho más fácil perderte dentro de su conversación que encontrarte, su mejor
amigo de origen alemán, un tal Micke que hizo grandes esfuerzos durante la
noche para distinguir su nombre del de
Michael, el otro ser que se sentaba a la mesa: un escritor
norteamericano que concluyendo la treintena había decidido viajar por el mundo
para robarle historias. Había estado en Laos y ahora estaba en Lima bebiendo
una gran jarra de chela por diecisiete soles. En ese momento llegó Carmen. Fisicamente Carmen no era nada del otro
mundo, una persona pequeña, con curvas no muy
pronunciadas, más rechoncha que flaca pero para nada gorda, cara
redonda, ojos grandes y expresivos, nariz pequeña y afilada, cabello amarrado
atrás con una goma. La camiseta que llevaba no dejaba si quiera adivinar el
tamaño de sus pechos, pero normalmente
cuando esto sucede no es por culpa de la
camiseta sino que más bien lo que esta oculta
son dos pequeñas e inofensivas cerezas, u olivas. Era una holgada
camiseta de cuello cerrado y redondo y de flores estampadas, donde primaban los
azules. Carmen se sentó y comenzó a hablar.
Pronto supe que Carmen era una
seductora nata. Obviamente a mí no me estaba seduciendo sino a mi amigo, aunque
claro yo recibía buena cantidad de esta seducción de manera indirecta, como el
fumador pasivo llena los pulmones de Carmen de manera inconsciente. En una época yo
había estado bastante enganchada de este amigo, es decir, sí me hubiera
gustado estar con él, en el sentido clásico de la palabra, pero al cabo de un
tiempo comprendí que él nunca estaría conmigo. No por ser ni peor ni mejor que
yo, simplemente por ser él. Así que ahora lo miraba de la manera más aséptica y
pasiva que se pueda ensayar con alguien que te has tirado en repetidas
ocasiones y que sinceramente prefieres no volverte a tirar. Carmen no lo miraba así en absoluto. Es más,
con cierta intencionalidad abría temas
sobre sexo oral masculino y femenino. Yo tenía varias historias que
contar al respecto, sobre todo una que acabó en tragedia, un episodio bastante
sangriento, pero preferí guardar
silencio, igual entendía que mi historia de sangre y semen era mucho menos
atractiva que la explicación graficada de Carmen acerca de cómo comer bien un
coño utilizando como símil del clítoris un limón.
-
¿Has
comido limones no?- Le decía a mi amigo-
Sí, claro que has comido, en Perú se comen muchos limones. En bien sencillo. ¿Verdad
que para comer un limón has de partirlo por
la mitad? Imagina que esa mitad la partes a su vez en otra mitad.
-
Yah
-
Para
comerte esa mitad le echarás sal, ¿no? Es lo más habitual comer limones con
sal.
-
Lamento,
contrariarte Carmen, -intervine-pero la
mayor parte de personas solo hace lo de la sal cuando también hay tequila.
-
Bueno-ignorando mi comentario- pues comer un coño es igual.
Cortas la mitad de la mitad del limón, una media luna, le echas sal y ahí exprimes y exprimes.
Le sacas todo su jugo,-mientras simulaba tener algo pequeño entre las manos,
ciertamente de la mitad de la mitad del tamaño de un limón- Un clítoris es como un pene, se hincha también.
A cada instante Carmen parecía transformarse en una
maquina más y más precisa de seducción; el cabello ladeado, la tibia luz que proyectaba la puerta entornada del bar
bañando su cuello, su pestañeo constante pero sutil. La pausada cadencia de sus
palabras, su sonrisa perenne.
Carmen rondaba los
cuarenta, de hecho en un momento dijo algo así como que se acercaba la fecha de
su cuarenta cumpleaños. También decía estar casada desde hace diecisiete años y tener dos hijas que
todavía no llegaban a la pubertad. Describía su matrimonio como “prácticamente
bueno”. Pero claro, todo ello
intercalado de posiciones personales al respecto del amor, la confianza, el
placer y la vida en general pero centrado su discurso,
como ha quedado claro, solamente en el lado amable de la misma.
Para las dos de la
mañana ya únicamente quedaban una decena de personas en el bar. El
administrador había apagado las luces y
cerrado la puerta, eso era una señal obvia de que teníamos que irnos,
incluso habíamos hecho el amago en
cierto momento, dejando únicamente al escritor de Austin, Texas, solo por unos
instantes en la mesa plagada de vasos vacíos, para al cabo de un par de
minutos, volver al mismo lugar, a las
mismas reflexiones pausadas de Carmen. Fue en ese momento cuando
empezaron a suceder de forma progresiva y envolvente una serie de pequeños
acontecimientos que terminaron en un mete y saca salvaje entre Carmen y el
mesero en medio de la mirada nocturna de los diez presentes que nos hallábamos
todavía en el bar. Fue como el culmen máximo de la seducción de Carmen esa
clase práctica de sexo en vivo. Creo que poco antes de eso ya se habían puesto
todas las cartas sobre la mesa más o
menos en estos términos:
-
El otro
día, cuando te conocí-decía mi amigo- ¿no te tiré los perros verdad? (buena la táctica de mi amigo, una
forma vedada de decir que, con independencia de lo que pasara, no hubiera sido
extraño que pasara)
-
No,
para nada,- contesta Carmen, haciéndose dueña de la situación. Simplemente eres
coqueto, eres bastante coqueto. Mientras
toca el brazo de mi amigo.
-
Ah,
ya, ¿ves?, ¡lo sabía! Mi fama no se corresponde con la realidad.
-
Yo también soy bastante coqueta, me gusta
seducir. Contesta Carmen como si fuera necesario explicar que los seres humanos
respiramos a través de bronquios o que la tierra gira en órbita alrededor del
sol.
-
¡Oye
pidamos la última! dije yo, parece que esto se pone interesante
El mesero, que llegaba con la
última jarra de chela, poco antes de establecer contacto entre la mesa de
madera y el recipiente de vidrio, derramó un poco de cerveza en la
entrepierna de Carmen que de
manera automática se llevó la mano
a la falda empapada. El mismo acto reflejo hizo el mesero cuando
reaccionó buscando una disculpa, de modo que las manos de ambos se encontraron
en la entrepierna de Carmen, y ésta contrariando por completo lo establecido,
ante la mirada del escritor texano,
mi amigo y la mía propia, lo disculpó mientras introducía la mano del mesero por
debajo de su falda. Y en ese momento, el mesero, Miguelón, un hombre
amable al que se le imagina una sana
familia de ñiños rollizos y una mujer que siendo bien joven habría pasado a
sustituir a su madre, entreabrió los labios y desvió la mirada. Por supuesto, aun dentro de mi
sorpresa, atiné a mirar el bulto del pantalón de Miguelón para contrastar si
nuestra Carmen era la maestra sexual que decía ser, y sí, ese afable padre de
familia tenía un bulto que en cuestión de segundos se había inflamado tanto que
pugnaba por reventar el cierre de pantalón. Carmen dirigió su mano hacía el
bulto, y sin apenas rozarlo ya aparecía ante nosotros el aparato reproductor
masculino al completo totalmente erecto, duro e inflamado. Era un poco extraño
ver aquella cosa en carne y hueso en un contexto público, es como cuando tienes la visión del
pezón de la mujer que amamanta a su hijo
justo en frente tuyo en el tren. Uno prefiere mirar para otro lado, o cerrar
los ojos porque se siente intruso en la intimidad del otro, aun habiendo sido invitado.
De cómo la boca de Carmen llegó a engullir el pene de Miguelón no tengo idea
porque justo en ese momento estaba
luchando contra el arrobamiento que me producía la situación. Lo que sí que sé es que de ahí Carmen succionó y succionó, intercalando
esta práctica con larguísimas estancias alrededor de la punta del pene, que efectivamente, para mí
pasó a transformarse en la mitad de
la mitad de un limón, tal como ella
había explicado antes. Y Así estuvieron un buen rato. Y yo pensaba, “solo espero que la lefa no me
salpique”, pero a la misma vez era totalmente incapaz de moverme del lugar, me
había quedado petrificada ante el espectáculo y tenía un asiento de lujo, de
sobra mejor que el de mi amigo que, a juzgar por donde se encontraba,
y por su cara de asco, solo acertaba a
ver de manera intermitente más cerca y más lejos de su cara, el culo de Miguelón.
Pero yo, no, yo al lado de mi amigo
tenía un panorama en diagonal, podía ver la polla entrar y salir, y la cara de Carmen deformada y sudorosa
succionando y gimiendo como si ella misma fuera quien estuviera recibiendo
placer oral- antes había dicho que en la cama era muy gritona- ahora no cabía
duda. Después Carmen y Miguelón se fueron contra el suelo y ahí es donde empezó
el mete y saca salvaje aunque breve porque Carmen no hizo que Miguelón se
corriera en su boca, esperó a que la
rellenara por abajo. El escritor de Austin,
Texas, pareció empezar a aburrirse del espectáculo y en respuesta liaba
un cigarrillo tras otro. Uno de esos justo, fue el que fumó Carmen después
de acabar.
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