lunes, 15 de septiembre de 2014

El amor y la muerte III



El pequeño había muerto esa fría mañana entre la novena avenida y la treinta y ocho. No pudimos decirle nada a la madre que deshinchara sus ojos durante los primeros seis meses. Después, sólo quedó el surco de la lluvia sobre sus quebradas mejillas, y esa mirada que, opacada de repente, le cubrió los ojos haciendo de la nitidez de su retina una nostalgia del pasado. En el momento en que la vida del niño expiró, un vagabundo dibujaba con grandes rasgos la silueta de su perro. Después, este vagabundo que había descubierto su pasión por el dibujo y por la vida tras adoptar al sabueso, esquivó con una enorme zancada el charco de sangre sobre el que, poco antes, hubiera un niño. La vida es así de extraña. Se agota a veces para aquellos que la tenían ganada por el derecho de la edad y la inocencia, y renace para aquellos que la tenían perdida, como en el caso de nuestro vagabundo drogadicto, quien  no pudo dejar de sentir a los tres pasos transcurridos, y sin tener en realidad ninguna certeza de lo que había pasado, que esa sangre era un sacrificio a cambio de la suya.

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