jueves, 30 de enero de 2014

Un poema de Paul Celan interpretado por George Gadamer



Mantenerse de pie a la sombra

Del estigma en el aire

Mantenerse de pie

Para nadie ni para nada

Irreconocible

Para ti solo

Con todo cuanto tiene espacio ahí  dentro

Incluso sin lenguaje

 

Sacó el poema que había copiado de una rareza propia de coleccionista, la cual encontró de absoluta casualidad  en la sección de filosofía de la Liberia donde trabajaba.  El libro llevaba por nombre: “Quien soy yo quien eres tú?: Comentario al  poemario  Cristal de Aliento de Paul Celan. Estuvo leyendo cada uno de los pequeños poemas, todos perfectos, todos breves, todos concisos y a la vez etéreos. Pequeñas obras de artesano oriental minuciosamente trabajadas en un taller  de un pueblo olvidado de Japón, donde apenas pasa nadie, por cuyas calles no se ha visto nunca circular un coche y en cuyas casas no se prende nunca un televisor. Y ahí en ese pequeño taller, un anciano de larga barba blanca  enluce a diario  esas pequeñas joyas, que después guarda en cajitas de cristal herméticamente cerradas para que nada las contamine. El filosofo alemán Hans George Gadamer debió sentir la misma pasión por los poemas de Celan pues escrupulosamente los contempla, y poco a poco va tirando de sus hilos, componiendo un  un tapiz  metafísico de las enseñanzas del  escritor rumano..

Nuestro protagonista, después de rechazar la idea de comprar el libro, cuesta cincuenta y dos soles, y cuenta con cuarenta para vivir tres días, después de rechazar la idea también de robar el libro (todavía no está preparado para dar ese paso, lleva como quince años sin robar nada, y entonces ,a los quince años, robaba bollería en un centro comercial que quedaba al lado de su instituto, es decir,  robaba cosas menores, por ello cree que, de volver al arte de apropiarse de lo ajeno, habría de ser de forma gradual) después de rechazar ambas ideas, arranca una hoja de un cuaderno que tiene justo al lado de la computadora, donde a diario buscará entre cien y doscientos libros, y empieza a escribir: Mantenerse en pie

La escritura es rápida, comete varios errores, que se traducen en varios tachones,  pero finalmente sólo ha de verlo él, así que poco importa la limpieza del escrito. Las tres próximas horas serán, como siempre son, de rutinario trabajo, moverá libros de un sitio para otro, hará espacio en estanterías atestadas, seguramente un libro caerá de alguna parte como paracaidista en misión especial, con el acierto preciso para aterrizar en sus gafas,  lanzará al aire una expresión de queja, se quitará las gafas, las mirará, están torcidas, si o no, igual no puede hacer nada por ponerlas rectas, y después de ir a varias ópticas de Lima con ese propósito, está empezando a asimilar que nadie  puede hacer nada por ponerlas rectas.

Después llegará la hora del almuerzo, de dos a tres,  y ahí sacará el poema que durante esas horas sabía guardado a buen recaudo en su bolsillo. Mantenerse de pie a la sombra del estigma en el aire/ Mantenerse de pie/ para nadie ni para nada/irreconocible/para ti solo/ para todo cuanto tiene espacio ahí dentro incluso sin lenguaje.   

Con esa relectura se sentirá feliz, y se sentirá triste también. Feliz porque siempre es asombroso que haya personas, en muchas ocasiones, totalmente contrarias a uno, totalmente alejadas del campo de acción de uno, personas que nunca conocerás y que nunca te conocerán, al menos personalmente  y que, sin embargo, tienen  esa capacidad de abrir un huequito en nosotros, de mirar dentro y ver qué es lo que diantres tenemos ahí. Nuestro protagonista, como decía Celan, tiene su vacio, totalmente lleno, así como lo tienen muchas personas aún sin saberlo. Solo las personas conscientes de la plenitud de su vacio conseguirán ser felices , al menos como primer paso, el segundo paso, tan importante como el primero es dedicarte por entero a la plenitud del vacio. Nuestro protagonista, como decimos, tiene algo que lo llena, un vacio que cubre  cada ápice de su interior. Por eso, cuando entre cucharada y cucharada de sopa, lee el poema a una de sus compañeras de trabajo, y los versos van y vienen por esa pequeña cocina de paredes blancas y mesa blanca, y cuando, al termino del mismo la compañera se ríe y dice: “Asuuu tú sí que estás enamorado” Nuestro protagonista sonríe, y baja la cabeza ligeramente ruborizado, mientras dice: “No se trata de eso”, y no da más explicaciones porque qué sentido tendría darlas.

El poema le hace feliz pero como también dijimos lo pone, a la vez,  bastante triste. Se siente un traidor, un embustero, un pusilánime, alguien carente por completo del arrojo necesario para vaciarse de todo y dedicarse a lo único que tiene sentido. ¿De verdad comer es tan importante? ¿De qué sirve mantenerte con vida si la vida que tienes no es la que quieres? ¿De qué sirve poder pagar un alquiler sí tu casa sólo es un sitio donde llegar agotado del trabajo, y no pasar frio mientras duermes que, a la postre, es lo único que haces ahí? ¿ De qué sirve vivir si trabajas diez horas al día, si ves todos esos libros que son tu gran amor y no los puedes leer? Y no puede si quiera intentar escribirlos.  ¿De qué le sirve a nuestro protagonista vivir si no se puede dedicar así mismo, si no se puede vivir  la literatura?

Como diría  Bakunin, algo anda mal en un mundo en el que la gente no se puede dedicar a sí misma. Quizá haya que destruirlo todo para construir algo nuevo, algo que tenga sentido. Quizá esa apuesta tenga que ser individual, fracasados los grandes proyectos comunitarios con la caída del muro de Berlín. Quizá deba ser el esfuerzo de cada uno por sí mismo el que marque la diferencia. Quizá nuestro protagonista deje hoy el trabajo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

  La habitación de blanca ilusión y la abuela iluminada Entraba allí la luz filtrándose como si no hubiera en su vida grandes ausencias ...