lunes, 11 de noviembre de 2013

Mick Alabastro


Mick Alabastro  había salido del reformatorio un oscuro día del setenta y  tres.  Poco después de que  se firmara la paz de París poniendo fin a la intervención directa estadounidense en Vietnam del sur. Millones de madres se tiraron al suelo con las fotos de sus hijos dobladas sobre los estómagos, quebradas como  junco del rio, después de haber  perdido el sueño, y el hambre pero nunca la esperanza durante esos años, tendidas sobre el suelo de sus cocinas de clase media estadounidenses lloraban entonces como única forma de exteriorizar el fin de la pesadilla que no se concretaría hasta dos años después. Pero ¿qué sabía Mick Alabastro de esto?  Sólo tenía cinco dólares en el bolsillo y dieciocho años, sus padres habían vuelto  a Cuba cansados de ese hijo, que desde el mismo día en que pusieron sus pies en el país de las oportunidades, se dedicó al pandillaje y a la venta de drogas. Habían vuelto a Cuba porque Kennedy aprobó  una solución a medias en el sesenta y uno, y por eso fracasó el ataque de Bahía Cochinos, y por eso Fidel Castro continuó con su socialismo de un solo país, así como hizo Stalin antes de él, y por eso Cuba era, en la visión idealista de muchos, el jardín del Edén, la utopía de Tomás Moro, la tierra de la que fluía leche y maná. En realidad los padres de Mick no pudieron soportar el estar tan lejos de su isla; ser cubano no es fácil porque esa nacionalidad se te queda pegada en las fosas nasales y en el paladar, y por tanto a donde quiera que vayas seguirás oliendo a Cuba, seguirás saboreando Cuba con cada bocanada de aire que aspires, con cada poso de saliva que tragues, haciéndote imposible separarte de algo tan visceralmente asimilado por el organismo. Por todo ello, Mick no se llamaba Mick sino Miguel, así como tampoco se llamaba Alabastro sino Castro, pero ¿quién era el para contradecir una y otra vez a esos gringos que tanto confundían su nombre?

Lo primero que hizo Mick al salir del reformatorio fue marcar el número de la Tilsa, una peruana chatita que había llegado a Estados Unidos en el momento en que el gobierno militar de Velasco Alvarado decidía imponer un tipo de socialismo totalmente desconocido para el resto del continente, un socialismo militar o un militar-socialismo, que prometía la reforma agraria y la superación de las brechas sociales en el país de los Incas, de los lambayeques, de los nazcas..La suerte de Alvarado y de Bermúdez, el segundo militar que sustituiría al primero quedó concluida en ocho años, mucho menos de lo que duró la historia de Mick y Tilsa, que comprendió apenas ocho meses. Pero nada sabía Mick tampoco de esto, ni cuando entró al reformatorio, ni cuando salió de él, transcurridos dos años.  Todo ese tiempo estuvo pensando en Tilsa, en su piel canela y tersa, en sus ojos negros y almendrados, en su pecho pequeño, en sus caderas grandes, en su cabello oscuro que descendía hasta la mitad de la espalda, en sus labios suaves y redondeados, en su acento ecuánime, en su risa exagerada, en sus veinte años, en  la gota de sudor que se deslizaba entre los pechos de ella cuando hacían el amor, o cuando tiraban, porque Tilsa nunca decía: “hacer el amor” sino “tirar”, y acostumbraba a reírse de miguel cuando le hablaba en esos términos. Recordó y recordó el sabor de su sudor y olor de su pelo, y se formó en su cabeza todo un plan de vida con Tilsa desde que pusiera el primer pie dentro del reformatorio, se imaginó así mismo como uno  más de los millones de brazos que sostienen de forma solapa la economía estadounidense, empleándose en un trabajo o en varios,  imaginó que de esta forma llevaría la comida    al plato de sus hijos, y las noches las pasaría abrazo  a las grandes caderas de Tilsa, todavía más grandes tras dos partos. Podía hacer todo eso porque estaba enamorado y porque compartía su litera con la soledad de esa habitación en la que sin embargo se agrupaban siete jóvenes en distintos catres. Así que el  joven Mick al salir del reformatorio, cogió uno de esos cinco dólares que guardaba en el bolsillo, todavía devaluados por la crisis del petróleo y llamó a Tilsa, pero no la encontró en su casa, tampoco en la casa de sus padres. Así que se dedicó a vagar por las calles de California como si no pudiera hacer más que dejarse llevar por la marea de caras, edificios grises y árboles otoñales desojándose. Tuvo que pasar delante de tres cabinas telefónicas para atreverse a llamar  su amigo, un chicano de 28 años que lo había introducido en el pandillaje y en la venta de narcóticos. No se atrevía a hacer esa llamada pues tenía el presentimiento de que toda la vida imaginaria que había creado en su internamiento podía derrumbarse con esa llamada, y pensó quizá lo mejor era volver al cajón de su mesita, hacerse un sitio entre los calcetines almidonados y seguir imaginando las caderas su chica mientras  la noche caía eternamente sobre su imaginación, y así fue como pensó seriamente en cometer cualquier delito para volver ahí dentro y no tener que hacer esa llamada que lo iba destrozar.

 Pero no lo hizo, y con ese mismo dólar que le había escupido la cabina telefónica en su desesperado intento por hablar con Tilsa, llamó a su amigo, que le dijo algo así como: “Olvídate de esa pelleja, que está en bombo, más gorda que la vieja de mi vieja y vente con nosotros a celebrar que te han soltado”. Así qué ahí estaba Mick, tragando saliva, tragándose a Cuba, a sus padres, y a Tilsa embarazada de otro, frente al puerto San Francisco donde había llegado casi sin darse cuenta. Los buques zarpaban, el día era soleado, las gaviotas surcaban el cielo azul subrayando con su vuelo algunas nubes y Mick tenía en sus manos la decisión que había de marcar su vida; decirle que si a su amigo, decir “si hermano ahora caigo por ahí” hubiera significado romper absolutamente el sueño matrimonial que había alimentado por años, sería volver a lo mismo dejando de lado todas sus ansias de reforma. Por otro lado una borrachera le parecía la forma más próxima de venganza contra sí mismo, contra tanta esperanza frustrada en su mente ensoñadora, y qué mejor forma de beber que con los amigos. Sin embargo también sabía que si iba para allá recibiría más detalles sobre el embarazo de Tilsa, ¿quién sabe si no había sido uno de esos huevones, o el mismo chicano el que la preñó? De hecho el chicano le tenía ganas, se lo había comentado muchas veces, si es que ha sido ese huevón no tendría más remedio que partirle la cara contra el piso. Si es que hacía esto nadie se iba a meter, ninguno de ellos iba a defender al mexicano porque en la pandilla uno tiene derecho a agarrarse a balazos contra cualquiera que le levante la chica, más si se trata de uno de los tuyos.  Ese es un pacto firmado a sangre y que todos conocen, así que a lo mejor lo que en realidad pasaba es que el chicano le estaba tendiendo una trampa, quería emborracharlo para de ahí meterle un balazo y quitarse de este modo de en medio y para siempre, su futura venganza. No pues, tenía que pensar muchísimo más las cosas. Desde luego no podía ir esa noche. Le dijo “lo siento compadre, no voy a ir porque tengo que arreglar unos asuntos”, y por supuesto no mostró ningún tipo de emoción ante la noticia del embarazo de su chica, un macho latinoamericano no hace eso delante de los amigos, no hace nada de nada, solo disimula, traga saliva, disimula, ve los buques zarpar, disimula, mientras se esfuerza porque su voz, debilitada como nunca por culpa de ese ahogo que iba cercando su esófago y sus pulmones, salga de la garganta y pronuncie un adiós desinteresado.

De todas maneras estaba claro que esa noche se iba a emborrachar, y tampoco tenía por qué esperar a la noche para comprarse un vino o dos en la bodega  que hay cerca del puerto. Esa noche Mick Alabastro, el que luego sería conocido como uno de los mejores pesos medios de toda la historia del box, durmió en un portal agarrado a una botella de vino con la casaca como almohada, oyendo el gemir ronco de los barcos, y las conversaciones de los marinos. Lloró un poco cuando hubo consumido media botella de vino, aunque nadie hubiera podido asegurar esto porque la humedad del mar tendía a conferir ese aspecto cristalino típico en la piel.

A la mañana siguiente se dedicó a pasear por las calles sin rumbo, y sin la más remota idea de dónde pasaría la noche o qué se llevaría a la boca. Fue en una de esas  vueltas azarosas del destino que Mick se topó con un local de fachada sucia en cuyo cartel rezaba “Escuela de Boxeo”.  

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