martes, 5 de noviembre de 2013

La playa


A la hora más o menos me salió al paso justo cuando yo abandonaba los vestuarios, él ya estaba  limpiecito, mirándome con su media sonrisa ladeada, regalándome su mirada arrogante. ¿Listo? Me dice, -Tengo el carro cuadrado ahí fuera.

Vamos andando en silencio hasta su kombi, una Volkswagen de color rojo intenso. El modelo que en la casa Volkswagen llamaron Transporter2, refiriéndose a la segunda generación de kombis, la del sesenta y siete que, en contraposición a la primera, la de los cincuenta, pierde la división del parabrisas panorámico, y gana diez centímetros más de longitud (siempre me han encantado los coches), todo ese rollo empecé a largarle al florito en esa primera cita, y él me dijo algo así como: “Si, es preciosa”, frotándole el morrito a su camioneta  y se subió, mientras deslizaba el seguro para abrirme la puerta, obviamente sin ninguna intención de hablar de los modelos de Volkswagen, así que ahí nomás dejé el tema, aunque seguía alucinando con la carrocería, y con los pequeños detalles de esa furgoneta ocho plazas completamente funcional.

La noche era parecida a otras noches en las que salía de entrenar mirándome los pies distraídamente, aunque no sin dejar de estar al acecho de las mierdas de los perros que adoquinan nuestra hermosa ciudad, la ciudad de los  Reyes, que en algunos distritos como Chorrillos o Surco muestra sus calles salpicas de mierda, y a ti no te queda otra que hacer un esfuerzo sobrehumano por esquivarlas, si es que no quieres terminar pateando una, o introduciendo tu pie hasta su esófago. Era una noche como otras sólo que esta vez estaba con este chico tan churro en su furgoneta, sin dar mucho crédito en realidad, a lo que estaba pasando. Cuando llegamos a  Chorrillos, detuvo su kombi frente a un grifo, sin decir nada, ni dar ningún tipo de explicación, y ahí nomás bajó, entró, pagó y salió con ese vino recomendado por Arti, lo traía en la mano, sin bolsa ni nada, era un tinto de etiqueta blanca. Yo me quedé pensando: Este infeliz está sobradazo, ¿qué será? ¿Será gay? Porque no tiene pinta de gay, por ningún lado se le chorrea, es más, bien mirado podría representar su persona el prototipo del macho: distante y directo.

Me gustaría saber qué chucha quiere de mí, aunque por otro lado me encanta esta incertidumbre, siempre he sido más bien perfil bajo, por eso cada vez que he tenido encuentros de índole sexual, he pensado que había que disfrutarlos mientras duraran, que no sería mucho. Así que ahora, sentado en su furgoneta pienso  de la misma manera; bueno hay que disfrutar la incertidumbre, el pensar que puede ser, que quizá esté interesado en mí me produce una satisfacción enorme, tanto que hará que merezca la pena el rechazo posterior.

Antes de salir un limpia-coches, uno de los miles que gravitan sobre el pavimento de nuestras pistas, se detiene frente al parabrisas de la combi y empieza a limpiarlo con un trapeador ni siquiera húmedo, por lo que en realidad, no estaba haciendo nada de nada. Él sabe que no está limpiando, Juan sabe que no está limpiando, yo sé que no está limpiando, pero nos callamos y aceptamos nada más ese contrato inconsciente que estipula que aquellos actos fingidos podrán equipararse a los hechos reales. El trabajo del limpia-coches chatito de tez oscura y una enorme cicatriz atravesándole el rosto era una farsa, pero el pago por sus servicios que había de darle el floro también era una farsa, mientras cogía una botella de plástico vacía que había encontrado en cualquiera de los muchos recovecos de su carro, me decía: “voy a darle algo de vino”.  Y así, mientras llenaba el culo de la botella de plástico y anticipándose a  la respuesta, le preguntaba al chatito: “Amigo ¿bebes alcohol?, porque si no bebes no te sirvo ¿ah? No vaya a ser yo el que te malogre". "Ya he bebido ya, vengo del infierno", le contestó el chato entre risas, mientas esperaba a que terminara de verter el contenido en la botella que ahora le extendía. Poco después abandonábamos el grifo, y  daba media vuelta acercándose a la playa. Ahí estaba el Morro Solar mirándonos con indiferencia, ahí estaba el Cristo rosado iluminado sobre la costa de Chorrillos, y la noche reflejándose en el mar como la luna sobre una sepultura de mármol. Antes de entrar con el carro en la playa el guarda de seguridad nos dijo que había que pagar por el acceso a esta. El floro se molestó con eso y dijo "¿Cómo así pagar? Esto es una playa pública". "Es lo que me dicen señor", le contestó el de seguridad. "Sólo cumplo con mi trabajo señor". "Pero vamos a mirar nada más", continuó el floro. S"on cinco soles señor sólo cumplo con mi trabajo". "Ya, paga no más" le dije al floro, dándomelas de conchudo además porque de haber llevado dinero hubiera pagado yo, pero no me esperaba esa salida, y por lo tanto no había sacado nada de plata de mi casa, pensaba ir a entrenar y volver con las mismas. Y ahí es que aceptó mi exigencia, sacó cinco soles y pagó. Entramos a la playa y poco antes de apagar el motor me dijo:- “¿Tu sabes a qué viene la gente acá?”. Me reí porque la respuesta era obvia, y porque me hacía gracia su actitud de macho alfa, y le dije: -“Me lo puedo imaginar”. Pero el siguió en su terquedad, mientras decía con voz fingidamente sensual: - “A hacer el amooooorrrrr” (extendiendo mucho tanto la o como la r). Me reí  de su conchudez mientras bajaba del auto feliz, porque ahora sí que no había ninguna duda de que era gay, y de que quería hacer el amor, al menos en ese momento, conmigo.

Me senté en la arena de la playa mientras él se descalzaba y decía algo así como que quería sentir la arena y el agua en sus pies, algo de la energía de la naturaleza, y no sé que más historias budistas, sin embargo aunque todo esto era, obviamente,  un floreo, todo lo que decía  lo decía con tintes de ironía, como mofándose de sí mismo, y por lo tanto no podía sentir rechazo ante sus palabras como hubiera hecho normalmente. Entonces salió corriendo e hizo todo eso que anunciaba que quería hacer, mientras yo continuaba sentado en la arena a varios metros de él, chupando vino. Miraba al mar a lo lejos, y yo lo miraba a él, y  pensaba que quizá debería acompañarlo en ese encuentro suyo con la naturaleza, pero después me retacté: “Ah qué chucha lo voy a acompañar si estoy aquí sentado  tan cómodamente con mi vino”. En un momento me levanté no sé con qué propósito, y ahí es que lo vi a él que regresaba, y fue en ese instante en el que hizo una cosa de lo más absurda, y también de lo más cómica; en lugar de abordarme como hubiera hecho una persona normal que quiere chapar con otra, no sé.. lentamente, empezando por abrazarme, o por mirarme a los ojos, o ¿qué se yo? ¡Tantas formas hay! En lugar de eso, cogió carrerilla y se lanzó sobre mí en un movimiento que me recordó mucho a los usados en el rugby para derribar al rival. Y justo así, como sucede en este deporte, arrolló conmigo y quedamos los dos tirados sobre la arena de la playa. Comenzaron los besos y los tocamientos. ¡Qué tal chape nos pegamos! Así es como se besa, no como un previo sino como si ya fuera parte del cache, cómo si tu lengua fuera el miembro erecto,  como si los labios se encontraran pelvis contra pelvis, y entonces el deslizamiento circular, y entonces la separación repentina, y el contacto y la espera, los mordiscos, la humedad, y se baja un poco por la barbilla y se baja un poco por el cuello. Artí se había equivocado; de todas maneras yo  no era quien para juzgar el juego de piernas del floro, pero sí que sabía que Arti se tenía que haber equivocado al insinuar que el Floro cachaba mal.

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