A la hora
más o menos me salió al paso justo cuando yo abandonaba los vestuarios, él ya
estaba limpiecito, mirándome con su
media sonrisa ladeada, regalándome su mirada arrogante. ¿Listo?
Me dice, -Tengo el carro cuadrado ahí fuera.
Vamos
andando en silencio hasta su kombi, una Volkswagen de color rojo intenso. El
modelo que en la casa Volkswagen llamaron Transporter2, refiriéndose a la segunda
generación de kombis, la del sesenta y siete que, en contraposición a la
primera, la de los cincuenta, pierde la división del parabrisas panorámico, y gana
diez centímetros más de longitud (siempre me han encantado los coches), todo
ese rollo empecé a largarle al florito en esa primera cita, y él me dijo algo
así como: “Si, es preciosa”, frotándole el morrito a su camioneta y se subió, mientras deslizaba el seguro para
abrirme la puerta, obviamente sin ninguna intención de hablar de los modelos de
Volkswagen, así que ahí nomás dejé el tema, aunque seguía alucinando con la
carrocería, y con los pequeños detalles de esa furgoneta ocho plazas
completamente funcional.
La
noche era parecida a otras noches en las que salía de entrenar mirándome los
pies distraídamente, aunque no sin dejar de estar al acecho de las mierdas de los
perros que adoquinan nuestra hermosa ciudad, la ciudad de los Reyes, que en algunos distritos como
Chorrillos o Surco muestra sus calles salpicas de mierda, y a ti no te queda
otra que hacer un esfuerzo sobrehumano por esquivarlas, si es que no quieres
terminar pateando una, o introduciendo tu pie hasta su esófago. Era una noche
como otras sólo que esta vez estaba con este chico tan churro en su furgoneta,
sin dar mucho crédito en realidad, a lo que estaba pasando. Cuando llegamos a Chorrillos, detuvo su kombi frente a un grifo, sin decir nada, ni dar ningún
tipo de explicación, y ahí nomás bajó, entró, pagó y salió con ese vino
recomendado por Arti, lo traía en la mano, sin bolsa ni nada, era un tinto de
etiqueta blanca. Yo me quedé pensando: Este infeliz está sobradazo, ¿qué será?
¿Será gay? Porque no tiene pinta de gay, por ningún lado se le chorrea, es más,
bien mirado podría representar su persona el prototipo del macho: distante y
directo.
Me
gustaría saber qué chucha quiere de mí, aunque por otro lado me encanta esta
incertidumbre, siempre he sido más bien perfil bajo, por eso cada vez que he
tenido encuentros de índole sexual, he pensado que había que disfrutarlos
mientras duraran, que no sería mucho. Así que ahora, sentado en su furgoneta
pienso de la misma manera; bueno hay que
disfrutar la incertidumbre, el pensar que puede ser, que quizá esté interesado
en mí me produce una satisfacción enorme, tanto que hará que merezca la pena el
rechazo posterior.
Antes
de salir un limpia-coches, uno de los miles que gravitan sobre el pavimento de
nuestras pistas, se detiene frente al parabrisas de la combi y empieza a
limpiarlo con un trapeador ni siquiera húmedo, por lo que en realidad, no estaba
haciendo nada de nada. Él sabe que no está limpiando, Juan sabe que no está
limpiando, yo sé que no está limpiando, pero nos callamos y aceptamos nada más
ese contrato inconsciente que estipula que aquellos actos fingidos podrán
equipararse a los hechos reales. El trabajo del limpia-coches chatito de tez oscura y
una enorme cicatriz atravesándole el rosto era una farsa, pero el pago por sus
servicios que había de darle el floro también era una farsa, mientras cogía una
botella de plástico vacía que había encontrado en cualquiera de los muchos
recovecos de su carro, me decía: “voy a darle algo de vino”. Y así, mientras llenaba el culo de la botella
de plástico y anticipándose a la
respuesta, le preguntaba al chatito: “Amigo ¿bebes alcohol?, porque si no bebes
no te sirvo ¿ah? No vaya a ser yo el que te malogre". "Ya he bebido ya, vengo del
infierno", le contestó el chato entre risas, mientas esperaba a que terminara de
verter el contenido en la botella que ahora le extendía. Poco después
abandonábamos el grifo, y daba media
vuelta acercándose a la playa. Ahí estaba el Morro Solar mirándonos con
indiferencia, ahí estaba el Cristo rosado iluminado sobre la costa de
Chorrillos, y la noche reflejándose en el mar como la luna sobre una sepultura
de mármol. Antes de entrar con el carro en la playa el guarda de seguridad nos
dijo que había que pagar por el acceso a esta. El floro se molestó con
eso y dijo "¿Cómo así pagar? Esto es una playa pública". "Es lo que me dicen
señor", le contestó el de seguridad. "Sólo cumplo con mi trabajo señor". "Pero
vamos a mirar nada más", continuó el floro. S"on cinco soles señor sólo cumplo con mi
trabajo". "Ya, paga no más" le dije al floro, dándomelas de conchudo además porque
de haber llevado dinero hubiera pagado yo, pero no me esperaba esa salida, y
por lo tanto no había sacado nada de plata de mi casa, pensaba ir a entrenar y
volver con las mismas. Y ahí es que aceptó mi exigencia, sacó cinco soles y pagó.
Entramos a la playa y poco antes de apagar el motor me dijo:- “¿Tu sabes a qué
viene la gente acá?”. Me reí porque la respuesta era obvia, y porque me hacía gracia
su actitud de macho alfa, y le dije: -“Me lo puedo imaginar”. Pero el siguió en
su terquedad, mientras decía con voz fingidamente sensual: - “A hacer el
amooooorrrrr” (extendiendo mucho tanto la o como la r). Me reí de su conchudez mientras bajaba del auto
feliz, porque ahora sí que no había ninguna duda de que era gay, y de que
quería hacer el amor, al menos en ese momento, conmigo.
Me
senté en la arena de la playa mientras él se descalzaba y decía algo así como
que quería sentir la arena y el agua en sus pies, algo de la energía de la
naturaleza, y no sé que más historias budistas, sin embargo aunque todo esto
era, obviamente, un floreo, todo lo que
decía lo decía con tintes de ironía,
como mofándose de sí mismo, y por lo tanto no podía sentir rechazo ante sus palabras
como hubiera hecho normalmente. Entonces salió corriendo e hizo todo eso que
anunciaba que quería hacer, mientras yo continuaba sentado en la arena a varios
metros de él, chupando vino. Miraba al mar a lo lejos, y yo lo miraba a él,
y pensaba que quizá debería acompañarlo en ese encuentro suyo con la
naturaleza, pero después me retacté: “Ah qué chucha lo voy a acompañar si estoy aquí
sentado tan cómodamente con mi vino”. En
un momento me levanté no sé con qué propósito, y ahí es que lo vi a él que regresaba,
y fue en ese instante en el que hizo una cosa de lo más absurda, y también de lo
más cómica; en lugar de abordarme como hubiera hecho una persona normal que
quiere chapar con otra, no sé.. lentamente, empezando por abrazarme, o por
mirarme a los ojos, o ¿qué se yo? ¡Tantas formas hay! En lugar de eso, cogió
carrerilla y se lanzó sobre mí en un movimiento que me recordó mucho a los
usados en el rugby para derribar al rival. Y justo así, como sucede en este
deporte, arrolló conmigo y quedamos los dos tirados sobre la arena de la
playa. Comenzaron los besos y los tocamientos. ¡Qué tal chape nos
pegamos! Así es como se besa, no como un previo sino como si ya fuera parte del
cache, cómo si tu lengua fuera el miembro erecto, como si los labios se encontraran pelvis
contra pelvis, y entonces el deslizamiento circular, y entonces la separación
repentina, y el contacto y la espera, los mordiscos, la
humedad, y se baja un poco por la barbilla y se baja un poco por el cuello. Artí se había equivocado;
de todas maneras yo no era quien para
juzgar el juego de piernas del floro, pero sí que sabía que Arti se tenía que haber
equivocado al insinuar que el Floro cachaba mal.
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