domingo, 20 de octubre de 2013


Tengo cincuenta años y veinte años de casado. Cuando abrazo  a mi mujer siento su corazón palpitando en su pecho, la abrazo, y después me detengo en sus ojos, en su mirada profunda y sincera, y la quiero como mierda pero no así, no así. Esa noche bebimos, hablamos, y vi mi cuerpo de cincuenta años cansado de la piel que casi todo el tiempo se niega a sí misma, cansado de mis manos que casi todo el tiempo se niegan a sí mismas, cansado de mis años, de mis canas, de mis uñas redonditas que la mayor de las veces corto con los dientes, por eso es que están medio chuecas, cansado de mis piernas que se dirigen a todas partes por monotonía,  de mis labios y de mis dientes amarillentos, completamente cansado de ser esposo y de ser padre,  de la oficina, y de las reuniones con amigos. Por eso cuando me miró en el bar, y le dijo a ese huevón con el que hablaba que no podía concentrarse porque estaba delante de algo precioso, por eso es que quise vivir una vez más, y me fui con él a su casa, después de acariciarle el pecho en el taxi, después de buscar entre el cuello de su sueter ese pezón tantas veces lamido, tantas veces babeado años atrás. Peinando con mis dedos los pelitos de su pecho, fue que encontré el pezón, y qué bonito reencuentro, lo pellizqué, y el dijo “ay” y se rió, y de ahí fuimos a su cuarto y nos besamos, llevaba veinticinco años sin besar así. Notaba su lengua caliente en mi boca,  es como si esa lengua siempre hubiera estado ahí  bañada en saliva templada, esperándome. Y entonces chequeé con mi lengua sus dientes parejitos, cuadraditos, y me aluciné cada uno de ellos rodeando las paredes de mi casa, con su saliva y su sabor, pendiendo de mis paredes, luciéndose sin mayores pretensiones. Nos abrazamos fuerte, muy fuerte, como abrazaba a mis mascotas cuando era niño, cuando no podía controlar ni mi fuerza, ni mi amor, y dejaba los hamnsters al borde de la asfixia, y seguí abrazándolo toda la noche, intentando que mi piel, rejuvenecida de pronto, cubriera toda su piel sin desperdiciar ni un huequito.

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