martes, 29 de octubre de 2013


El me enseñó a comer arena y nunca pude olvidarlo. Recuerdo que llevaba como tres meses yendo al gimnasio de Arti, y él siempre estaba ahí con su mirada cínica, irrespetuosa, como retando a todo el que le mire a sumergirse en sus ojos. Recuerdo que lo pensé desde el principio, pensé “este se gana un título y de los grandes”, y lo pensé porque sabía que  su mirada suspicaz y traviesa, así como sus palabras concisas (siempre pronunciadas con cierto dejo de picardía), quedarían perfectas en la tele, y por eso, sólo por eso,  tenía que ganar un título importante: el título mundial del peso medio, el Welter, el sudamericano, que en realidad tampoco valía gran cosa. Y el también lo sabía, ¡vaya si lo sabia!, por eso es que siempre que  hablaba parecía que estaba haciendo una declaración televisiva, ¡el muy huevón! ¡Siempre tan pendejo! Siempre rodeado de sus fans, a las que manejaba deslizándolas imperceptiblemente entre el rechazo y la aceptación. Nunca eran del todo rechazadas, y nunca del todo aceptadas, siempre había en su rechazo una esperanza que hacía que todas esas féminas quinceañeras gravitaran alrededor del rin como satélites pendiendo de un solo cuerpo celeste.

La primera vez que lo vi estaba hablando con Arti sobre su juego de piernas, en esa ocasión, parados junto al ring, Arti con el brazo extendido sujetando las cuerdas, Juan golpeando sus puños enguantados de manera intermitente, y el rumor de la conversación que alcanzo a escuchar cuando me acerco para saludar a Artemio: -Mira tú juego de piernas es muy chévere de verdad, debes ser seguidor de Alí porque tu baile es parecido, es muy parecido de hecho, con la diferencia de que él era un pesado y tu un medio, pero bueno está bien, me gusta tu estilo de verdad, ahora, tienes el problema de la chibolada y eso es algo que tienes que superar.

-¿El problema de la chibolada? Le pregunta Juan.

- Si, no os quiero ni imaginar cachando, seguro que aplicáis en el cache todo lo que veis en la porno sin tener en cuenta si procede o no hacerlo, siempre pensando más en la película que en la vida real, en el aquí y en el ahora.  El baile no es contigo solo, para eso, si quieres, utiliza a la manuela, ¿o no? ¿O si tú estás con una flaca empiezas a mover la pelvis a tres metros de distancia de la chucha de ella? No seas tan semental pe.. deja de cacharte el aire.  Tienes que buscar al rival, cerrarlo en las cuerdas, marcar tus pesos para contrarrestar los suyos, a cada paso de uno se impone otro del rival. Aprovecha tus pasos, los fallos en desplazamiento son propios, como te digo, de la chibolada dar pasos de más, te resta pasos en la final, sólo es trabajo por las huevas que a la larga te hará perder el combate. Si un pesado hace dos pasos hasta llegar a las cuerdas, y un pluma seis, tú que te alucinas Ali puedes hacer cuatro bien bonitos, con todo su estilo, pero sin olvidar que en el camino entre tus pasos y las cuerdas, está el rival, que tendrá sus propios pasos, que querrá invitarte a bailar. Te voy a dar un consejo chibolo, decía mientras metía la mano en el bolsillo de su pantalón, aquí tienes diez soles, sé que no es mucho pero te alcanza para comprar un vino, ándate a la bodega, compra un vino con los diez soles, y llévate a la flaca a un sitio tranquilo, pero acuérdate antes de empujársela de la estrategia, la cosa no consiste en deslumbrarla con postureo y floreos, si no en que la chibola se venga, y para eso no te queda otra que moverte a su ritmo y por último, recuerda siempre que si vas demasiado deprisa lo más probable es que te estrelles en las cuerdas.

-Gracias Arti, me voy a empujar ese vino y ese polvo a tu salud, le contestó el floro guardando los diez soles en el bolsillo de su pantalón.

 
Yo me quedé asombrado de cómo había capeado el temporal el florito, porque la impresión que daba a simple vista, era la de un chico pretencioso y por supuesto orgulloso, pero nada que ver. Cogió los diez soles, los metió en el bolsillo, le dio las gracias a Arti, que lo había llamado chibolo inexperto y se quitó aceptando el mensaje, después de palmearme la espalda al pasar a mi lado.

Yo le dije dos huevadas a Arti mientras pensaba en lo que acababa de pasar, mientras pensaba: ¡Ojalá se gastase en mí ese vino! Se me había olvidado lo que quería decirle por completo, solo pensaba en ese vino, en Juan empujándose a una chibola aunque ahora alucinaba  que lo hacía de manera inexperta, entonces yo tenía veinte años y él debía tener veintidós. Llegué a mi taquilla, y mientras realizaba el esfuerzo de quitarme un guante con los dientes noté su presencia detrás, en mi pensamiento me acompañaba todavía su mirada irónica resignada cogiendo los diez soles, y guardándolos en el bolsillo. Me di la vuelta y ahí estaba, oye compadre -me dijo-, ya que lo has oído todo, y has sufrido toda la huevada, me siento en deuda contigo, ¿qué tal si nos bebemos ese vino a la salud del Arti?

 Pucha… no me lo podía creer, me estaba invitando a mí. Lo que deseaba, lo que tanto pensé que deseaba estaba ahí materializándose junto a mí, saliendo de mi cerebro para hacerse corpóreo. Entonces noté cómo mi corazón se agitaba, y respondí un "si claro, a la salud de Arti”, de lo más escueto, porque los nervios no me dejaban decir nada más. Perfecto me dijo, te busco en un rato, y desapareció.

 

 

 

 

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