Una sustancia horrible
derretía los edificios más importantes, como el Congreso
o el Palacio de gobierno, pero también los más insignificantes como esa
tabernita comandada por una niña de origen serrano, de apenas ocho años, que en
su realidad infantil, con toda probabilidad, reparará las mesas rotas y las
sillas cojas de su establecimiento con goma de mascar.
Seguían estando allí las
cosas divertidas del centro como esas librerías infinitas con libros usados,
con libros de hojas amarillas, con libros piratas, formando trincheras a ambos
lados de la puerta de acceso y, aunque continuaban siendo libros fascinantes, como ese que recoge cuatro novelas escritas en la Rusia leninista, acerca de la
mejor fórmula de secar el pescado, sin embargo, conforme se perdía tu
rastro entre esas extensas calles de libros, no hacía falta ser demasiado
avispado para caer en la cuenta, de que no estabas en tu trinchera, si no en la trinchera enemiga. El
vaho y la humedad que exhalaban los libros, hubieran acrecentado mi
desorientación de haber llevado gafas, como acostumbro, por suerte, dado que
cada vez están más torcidas, decidí ponerme lentes de contacto en esta ocasión.
Pero el bramido de los cadáveres de libros seguía ahí, a ambos lados mis
tobillos, a ambos lados mis piernas, rozando el virus del ébola, rozando la
sarna de los perros devoradores de entrañas de páginas y lomos de cuero.
Continúo
con mi paso vacilante, cada vez más rendido ante la inminencia de la muerte,
cuando me topo con el cadáver del Libro Rojo de Mao, tremendo esqueleto a las
orillas de un lago, cuyas aguas infectadas por todo tipo de bacterias, intentó
beber la palabra asiática del comunismo ,obviamente, en una última y suplicante
lucha por la vida. Cuando todo es muerte, ya no hay mucho que hacer salvo
esperar a la muerte, pienso, pero entonces la voz de la dependienta me
brinda ese auxilio que uno no espera, y que tantas veces cae en forma de
reclamo: ¿Ya viste un libro?- Si no vas a comprar mejor vete, porque tenía
todo ordenadito.
De repente veo la luz, salir de aquí es posible, o eso me dice al
menos esta mujer resentida. De todas
maneras no he hecho otra cosa que molestar a los muertos y eso, en cualquier religión,
es un pecado imperdonable.
En la calle ya no están los vendedores de pizarras que había hace dos semanas, la última vez que vine al centro. Esos ambulantes que van por ahí con al menos cien pizarras colgadas al cuerpo, unas diminutas, microscópicas, donde no hay rotulador que pinte ahí, y otras enormes del tamaño del hotel Sheraton que tengo a mi espalda. Ya no están tampoco los vendedores de algodones dulces, ni de loterías, tampoco los vendedores de lupas con ese ojo enorme que les encanta mostrar a través del vidrio.
Ya no queda nada de la algarabía de hace dos semanas. Sólo el silencio, sólo esta empalagosa nostalgia del presente (de por sí es absurdo extrañar el presente, si está ahí, si todavía está siendo, lo único que habría que hacer es dejarlo ir, aunque sea a tientas, o a gatas) pero yo no, yo extraño el ahora bajo la patina gris del cielo panza de burro del Centro de Lima. En este domingo empalagoso y demencial que me lame de pies a cabeza con su lengua pestilente. Me hago finalmente un amuleto en forma de collar con dientes de ardilla, y me subo al metropolitano atestado, después de espantar la idea de quedarme a dormir en un portal.
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