Estoy en Murcia
preparando la cena, ahora que mi hermana se ha ido no sé dónde, y me ha dejado
por fin ayudar en algo. Estamos cocinando tacos, en
este momento doy vueltas a la cebolla, y a la pechuga de pollo en la sartén,
removiendo siempre en forma circular. Entonces la oigo acercarse arrastrando
una pierna a lo largo del pasillo de nuestro antiguo piso. Ya sé lo que viene a
continuación, la adrenalina asciende a lo largo de mi cuerpo que se convierte,
en segundos, en pura ciudadela defensiva. Ahí viene, arrastrando la pierna y
emitiendo sonidos roncos de ultratumba, esa hermana que hace las veces de
muerto viviente, con la más veraz de las interpretaciones. Tanto, que a veces
he pensando en matarla en plena catarsis para que no se coma mis intestinos.
Yo sé que ella es feliz haciendo el zombie,
pero me pongo demasiado nerviosa cuando hace esto, siempre pienso “ y si un día
fuera de verdad” y “¿Cómo podría saber si es verdad o no , si siempre anda con
la misma broma?” Me acuerdo siempre del cuento del lobo y las ovejas, cuando mi
hermana me somete a estas situaciones de riesgo. Ya cruza la puerta con la cara
deforme en una mueca desorbitada, la boca abierta, torcida, inhumana, la pierna
derecha cuelga a lo largo del suelo de modo que, si este fuera de arena,
dejaría un hondo surco a su paso. Cinco segundos antes me había estado
preparando para su dramatización, había sacado la sartén del fuego previniendo
que, con toda probabilidad, no iba a estar ahí
para vigilar el pollo y la cebolla. También agarré, de camino al otro
lado de la mesa de la cocina, otra sartén, ésta vacía, para golpearle en la
cabeza si es que la cosa se pone fea de verdad. Si es que esta vez, es la vez.
Mi cuñado
ni se inmuta, sigue sentado de espaldas a la puerta por donde ha de entrar el
zombie, hablando de su proyecto de doctorado, o de Depeche Mode. Le hago unos
gestos nerviosos, para que se levante y se ponga a salvo, pero él como quién
oye llover, continúa con su chachara, levantando el tono en análoga relación a
la proximidad del zombie, cuyos alaridos empiezan a envolver la habitación en
que nos encontramos.
Desde este
lado de la mesa de la cocina tengo casi
todas conmigo para escapar, en primer lugar porque mi cuñado sería, por posición y actitud, el primero en morir.
Que conste que a mí no me gusta la idea de que mi cuñado muera, le he cogido
mucho cariño, es buena gente, pero obviamente, por pura inconsciencia e
imprudencia, merece morir.
Luego está
la mesa, me encuentro justo en el otro extremo de la mesa, de forma paralela a
donde se situará mi hermana, o lo que quede de ella. En esta posición será fácil jugar con ella al
juego de la silla o al corre que te pillo, si es que tengo la suerte de que mi
hermana se haya transformado en un zombie clásico, a lo Romero, si es el infectado
de “28 días después”, arrasará con la mesa, o la saltará en medio segundo
devorando después mis órganos con total impunidad. Sólo Dios sabe en qué
versión cinematográfica se pueda reencarnar mi hermana. Por el momento, es fan
de Romero en todas sus actuaciones, pero a la hora de la hora nadie sabe.
¡Ajá, ahí
está! Primero una mano agarra el marco de la puerta haciendo de palanca de
impulso para el resto del cuerpo, luego la otra ¡maldita sea! el siguiente
actor en aparecer es la cabeza mordedora. Y por fin, ¡He la ahí! Tiene
movimientos más bruscos de lo acostumbrado, además esa camisa blanca que lleva
puesta le da un aire ciertamente romántico y la asemeja a un personaje de
“Cemetery Man”.
El nuevo
disco de Depeche Mode es una maravilla, tienes que oírlo. ¿Te pongo una
canción? Venga te la voy a poner, ¡no sabes la suerte que tienes Miriam de que
yo te enseñe cosas tan buenas! Mientras pienso: ¡Inconsciente, inconsciente, inconsciente!
El riquísimo olor de la cebolla frita y la carne sazonada, la
nueva canción de Depeche, mi mirada de pánico y mi respiración acelerada. ¿Qué vas a hacer cuñado? ¿Cómo vas a poner
música en tu iphone cuando seas un
amasijo de carne entre las mandíbulas de mi hermana? ¿Qué voy a hacer yo sin
vosotros? ¿Quién se va a comer esos tacos?
En el
transcurso de este relato he ido a comprar una cerveza porque ¡echo tanto tanto
de menos a mi hermana! ¡Y ha sido tan evocadora esta narración de mis recuerdos
de ella!, que no he tenido más remedio que bajar a la calle y encaminarme hacía
el minimarket, con una bolsa que contiene dos botellas de chela vacías (aquí,
en Perú, si llevas la botella te descuentan un sol) Así que llevo dos soles de
vidrio, unos pantalones Nike y mucha nostalgia
porque, de hecho, hace demasiado tiempo que no veo a mi hermana.
Jonás por
fin se ha percatado, ya no habla de Depeche ni de nada, en frente de él, gimoteo sin parar. En un aullido sordo,
consumo mis lágrimas que se mezclan con el sudor helado que resbala de mi
frente. Estoy congelada, ¡qué inocente
fui al pensar que esta mesa podría servirme para algo! Tengo ganas de
abrazarla, y a la vez, en mi foro interno, me imagino salvando a Jonás, aunque
sé que eso significaría terminar de matarla, desaparecerla de una vez. Este es con diferencia es el peor día de mi
vida. Mi cuñado que la quiere como yo, debe estar planteándose todas estas opciones en su cerebro porque,
incapaz de realizar cualquier movimiento, únicamente mira de reojo a ese ser de
piel carcomida que se encuentra a solo unos centímetros de él. Entonces se me
ocurre chillar: “Chiva ¿qué haces?” llamando desesperadamente a ese ínfimo
espectro de humanidad que pueda quedar todavía en ella. Pero nadie me responde.
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