He pasado un mes
viviendo en una habitación alquilada. La habitación era amplia, medio luminosa,
con un colchón tirado en el suelo y un closet, como llaman por aquí al armario
estos hijos de la colonización española y la neocolonización nortamericana. En
el armario guardaba vasos de plástico que limpiaba en el cuarto de baño
compartido por mí, y cerca de siete personas más, a lo que convendría sumar dos
perros llamados Oso y Peluche, que con cierta frecuencia dejaban sus
excrementos en medio del cuarto de baño, y con todavía más frecuencia orinaban
justo al franquear la puerta del servicio, por lo que sin poder preverlo, te
encontrabas con tu zapatilla metida en orines caninos. Durante todo ese mes, salí muchas veces a la
calle sin nada que hacer más que dar vueltas y pensar, y pensar en muchas
cosas, la principal y más importante venía a ser "¿pero qué chuchas hago aquí?" Y así, de esa manera tan absurda, veía como el
sol se aparecía por mi ventana a las seis de la mañana y se escondía como a las
siete, y pensaba: “vaya en todo este tiempo no he hablado con nadie” Entonces
mi cabeza se volvía más y más pesada, y se mantenía así medio agachada por el peso del plomo. Con el tiempo me di cuenta que tenía que dejar de esperar cosas, que solamente
tenía que estar, que a fuerza de estar todo se iría arreglando, al fin y al
cabo el ser humano es un ser social, como la mayoría de los mamíferos, depende
de esa anquilosada manía de vivir en sociedad. Puedo ser extraña, sin duda lo
soy, pero no dejo por ello de ser humana, la misma genética me ayudaría, solo
tenía que esperar. Me han pasado las
cosas que temía que pasaran, pero que de todas maneras tenían que pasar, y
también me he reencontrado con los grandes a los que he podido hablar sobre los
excrementos de Oso y Peluche, y además con todo lujo de detalles. Así es la
vida en Lima, ahora que tengo una casa de verdad, con una compañera de verdad,
y veo las palmeras a lo lejos desde mi ventana, y esas grúas que tiñen el
paisaje limeño inspiradas en el desarrollismo que atraviesa el país.
¡Ánimo, Mirian, tú sabes, quieres y puedes! Un abrazo.
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