lunes, 11 de junio de 2012


Estamos hablando del mismo, si, que era una persona bastante integra. Se comentaba en los círculos mercantiles  de la ciudad que además gozaba de una sinceridad sin miramientos, dicho sea de paso ,a nadie la quepa duda de que el sujeto apostaba siempre por la verdad más descarnada, aunque esta pudiera, y de hecho así era en muchas ocasiones, desfavorecerle por completo.

Tenían dos hijas, una de ellas muy hermosa, admirada prácticamente desde la cuna por todo el vecindario, y la otra, que aunque no igualaba en belleza a la primera tenía una sensibilidad social de la que la bella carecía. ¿A qué me refiero con sensibilidad social? Bueno es un término muy difícil de definir, huelga decir que me lo acabo de inventar, pero, si por ejemplo alguien por completo desconocido para ella, se le acercaba a preguntarle cualquier cosa, ya sea la hora, ya sea la dirección de alguna calle, y ésta persona albergaba algún tipo de preocupación, ella era capaz de percibirla en una centésima de segundo, y acto seguido de buscar la forma de aplacar el dolor ajeno, en esto era toda una especialista. Sus respuestas hacía el alma atormentada siempre eran certeras, pues esta chica concedía auxilio con la más natural de las respuestas, tratando simplemente de igual a igual al que se encontraba sufriendo. Hemos dicho que no era tan bella, objetivamente esto es cierto, sin embargo, sin serlo tanto, también era bella a su manera, y en su cara se leía con todo lujo de detalles que era una persona inteligente y así mismo joven.

Por otro lado, estaba claro que la gente al verla pensaba en su juventud y en su físico no deleznable, y la creía como por influjo de todo lo anterior, una persona feliz. Sin embargo poco tiene que ver lo juventud o la belleza a la hora de sufrir. En otra época, sí que es cierto, que ver una persona joven hacía a la gente soñar con el futuro de la púber o del púber, pero para qué decir que todo esto había cambiado drásticamente por culpa de la crisis, y al hablar de crisis podemos empezar a situar esta historia en la coordenada espacio-tiempo. Efectivamente estamos en España, pero bien podríamos haber estado en cualquier otra área de la Europa mediterránea, como por ejemplo Grecia o Portugal.  

El economista, catedrático y ante todo  vidente, que fue capaz de prevenir la crisis que atenazaba Europa allá por el año 2007, propone que se legalice la marihuana, para que gente como yo, ese excedente de población cuya mano o cabeza de obra no es en absoluto requerida, pueda vivir sin mayores preocupaciones su vida ociosa a la fuerza. Yo pienso en “Un Mundo Feliz”, no es que tenga ningún tipo de prejuicio contra la marihuana, pero evadirme de la realidad con sustancias alucinógenas para escapar de una situación adversa, nunca requirió del uso de tantos medios.
  
Estoy en Venezuela, tengo mis pies metidos en el mar de una playa caribeña, en el mar de un pueblito de pescadores llamado “Choroní”. Para llegar allí he recorrido un sendero imposible que comenzó con una montaña empinada. La buseta pasa por una carretera de tierra, una carretera que apenas supera el ancho del vehículo, para tomar la curva el chofer pita tirando de una cuerda situada sobre el volante. Toma estas precauciones por si viniera alguien de frente, pero si viniera alguien de frente ¿Cómo habría de pasar?. A mi lado un hombre bebe cerveza muy rápido, llevo media hora de trayecto, el lleva cuatro latas de “Solera Verde”. A través de la buseta veo esa vegetación sin igual, de montañas verdísimas, de hojas enormes.   Está sonando una salsa preciosa de Rubén Blades que dice: prohibieron todas las ciencias, excepto la militar (…) prohibidos los comentarios sin visto bueno oficial (…) y prohibieron la conciencia al prohibirnos el pensar.

Afuera son las fiestas del barrio, pero aquí dentro acaba de terminar otra fiesta,  librando un ritual extiendes tu semen por mi espalda, prácticamente desde las nalgas hasta los omoplatos. Entiendo la libación sagrada, siempre he sido muy perceptiva para estas cosas así que respondo con la gravedad que requiere el acto de expiación; arqueo la espalda al compás de tus dedos que dibujan un camino preciso en mi espalda, que se deslizan con suavidad y lentitud, que ahora llegan a la nuca  para terminar jugando con mí pelo. Estamos exhaustos, y todavía en ese estado alcanzo a comprender que todo ese rollo del ritual sólo existe en mi cabeza; tú únicamente estabas representando una escena de la última película porno que viste, o un capricho de una de tus amantes. Para mí, sin embargo, ha sido un acto precioso, posesivo,  tierno. Por un momento, acabaste con todo lo que muchas veces creemos que somos, toda esa material cerebral racionalizadora de costumbres y de tradiciones. Dormiremos unas cuantas horas, y mañana me harás una tortilla con queso. Parece que me quieres abrazar y de hecho me abrazas. Estoy muy feliz.


En las playas de Mancora, en Perú, hay unos cangrejos muy pequeños, del tamaño de una uña, que cada poco tiempo se asoman abriéndose paso en la tierra por unos agujeros diminutos que escavan en la arena. Hay miles, los miro atónita debido a su rapidez y a su pequeño tamaño, y aunque son ellos los que aparecen y al segundo se vuelven a esconder, siento que soy yo la que los espía a ellos, debe ser porque ésta es su playa, y yo sólo soy una intrusa gozando de su espectáculo de prestidigitación.

Pero no sólo en el pasado se refugia nuestra joven protagonista, también se imagina en Buenos Aires con su amiga. En todas sus cavilaciones sobre ese proyecto en particular, aparece siempre una sombra de duda  pues, aunque ha conseguido reunir el dinero para el pasaje, le falta todavía la suma necesaria como para mantenerse allí durante unos meses, hasta  que encuentre trabajo, quizá no sea necesaria tanta precaución pero si hay algo que atormenta a la joven es el sentirse una carga para nadie. De modo que ha decidido a cabalidad emprender la aventura con su estancia asegurada. ¿Cómo reunir el dinero en un país  en el que trabajar de cualquier cosa empieza a ser un absoluto milagro? ¿Dónde para responder a un contrato de 13 horas a la semana y por sólo un mes, se amontonan a la puerta del establecimiento ofertante más de quinientas personas?  Por supuesto, estas mismas personas estarán dispuestas a hacer cualquier cosa, y a tolerar cualquier abuso, solamente por el sueño de mantenerse en la empresa terminado ese mes. Así y no de otra forma, el corazón de nuestra protagonista se encoje porque nunca antes se había sentido tan atrapada, tan atada a una situación agónica y desesperante.  

María Antonieta tiraba dulces al pueblo, a nosotros nos tiran la Eurocopa. Estamos desesperados señores gobernantes pero no somos idiotas, y la verdad es que sus cortinas de humo no tapan lo más mínimo.

También se imagina enamorada de nuevo, sin embargo, parece que todos a su alrededor opinan de manera contraria, pues están inmersos en juegos agotadores, que implican únicamente relaciones superfluas, y una contínua actitud de ofrecimiento y retroceso . ¿Para qué?-se pregunta ella, ¿Hay acaso algo bueno en todo ello? ¿Se puede disfrutar así, midiendo siempre tus palabras, vigilando cada uno de tus gestos? Parece que lo más importante sea mantener relaciones sexuales con el mayor número de personas posibles; entendería que esto tuviera significado sí el objetivo fuera conocer a mucha gente, con el propósito de encontrar a la persona que necesitas o que te complementa. Pero cómo en ese juego absurdo, de perros corriendo detrás de su cola, no se puede establecer ninguna relación que de pie a conocer a nadie; la verdad es que si ha aparecido, por decirlo de forma popular: “tu media naranja”, con toda probabilidad no te habrás dado cuenta, e irás como movido por un impulso alienante a pasar a la siguiente, y así una y otra vez. Tampoco es que piense que exite la media naranja, no creo para nada en esas cosas.

¿Por qué sucede esto? Diríase que es por miedo, porque todos estamos atemorizados, porque un nivel de compromiso así te hace poseedor de muchas cosas, pero también te convierte en el más grande de los perdedores cuando esto acaba. Empero, me resulta completamente imposible mantener esa opinión, pues no has perdido tanto; has perdido a la persona, bueno seguramente sí, de esa manera o quizá también de cualquiera manera, pero también ganaste mucho en el trayecto, descubriste lo bueno que puedes ser, lo desprendido que puedes ser,  y los sentimientos tan elevados que puedes refugiar, y eso te ha hecho crecer. Por ello, aunque todo haya acabado, conservarás esa imagen de ti tan apartada del cinismo, tan tierna y tan visceral. Y,  probablemente, sea esa misma imagen la que te ayude a quererte y a valorarte cuando todo lo demás te falle; porque al final no importa que esa persona se haya cansado de ti, que le haya podido el miedo, la holgazanería o que, simplemente, ya no te quiera, lo más importante es que tú te recuerdes queriendo, y si eso pasa es porque te atreviste y merece la pena hacerlo mil veces más.

Decía Nietzsche que el autentico superhombre era aquel a quién, al final de su vida, preguntaban si volvería a vivir otra vez las mismas cosas, con sus tragedias y sus gozos, a lo que  el auténtico superhombre respondería sin dudarlo ni un instante: “Muy bien, que así sea”.

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