domingo, 31 de mayo de 2009

El cardenal Belluga nos mira
Nos escudriña desde su compacto pérfil
El cardenal guerrero
Con asombro se ha percatado
Que mi helado se deshace al arrojo de estos 35 grados
Y Mi nuca se llena de las lágrimas
De la virgen de las maravillas
que su excelencia descubrió,
Puede que sea eso lo que se derrama por tu cuello
Ahora que me abrazas y nos confundimos en sudor
Ahora que hablamos un poco de Murcia
A las puertas de la Guerra de Sucesión

La tarde comienza a ser amena
A nuestro costado desde el carrito
Un hombre un taburete y una radio
Venden chucherias a los niños
Que pasan veloces como sus disculpas
Que apenas oye la gente a la que atropellan

En nuestro banco de madera,
A refugio de los elementos externos,
La tarde va tan poco a poco recogiéndose,
Que por primera vez pienso en esconder las pantorrillas
Para no ofender al insigne obispo.
Entonces te hablo de ese último pensamiento
Y te ries varonil y barroco
y la conversación degenera en su alegre devenir
mientras las flores de la plaza se oscurecen
y los niños se van con sus pies pequeños y precisos
detrás de mocasines paternos

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