Sergio es un niño normal, estoy
harta de oírte decir siempre la misma cosa. No se golpea la cabeza contra la
pared, el que hace eso eres tú. No deberías decir esas cosas sobre él y menos
cuando está delante.
¿Qué no debería?- ¿Tu sabes lo
que debería hacer? Debería coger y matarme. Debería irme a la mierda ya, así os
dejo tranquilos, estaréis mejor sin mí, ¿no?, dice mientras alarga su brazo
hacía el cajón donde se encuentran los cuchillos de cocina, ella se cruza en su
camino, y bloquea el cajón con su cadera.
Él tiene la cara roja e hinchada
y llora tanto como escupe. Te he dicho
que te apartes imbécil, apártate hostia, apártate por favor, dice y dobla su
cuerpo para cogerse las rodillas con las manos, al tiempo que su voz muta de la
agresión a la súplica. Soy el malo, ¿no?
Yo siempre soy el malo, balbucea entre sollozos. Su mujer se acerca a su lado y lo agarra del brazo en un gesto que deduce tanto rabia como
cariño. No entiendo por qué siempre
tienes que hacer esto, bebes demasiado. Esto te pasa cuando bebes y… entonces
empiezas a hacer gestos, tu mirada se carga de odio…
Él, que hacía tan solo unos
segundos parecía haber perdido el combate, de repente se incorpora y vuelve a
gritar: ¿Qué bebo demasiado? ¿Sabes
quién bebe demasiado? ¿Eh? La voz de él
ha empezado a desarrollar un soniquete burlón. Tu hermano bebe demasiado. El
listo de tu hermano, el sabelotodo de José. Acuérdate en aquella boda cuando se
meó encima, de lo boooorracho que iba, y
Miguel y yo lo llevamos a su casa a que se cambiará. ¡Sí, cuando me apestó el
coche de orines!
Por favor, por favor, no grites tanto, los niños están durmiendo, dice ella.
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