domingo, 27 de noviembre de 2016



Sergio es un niño normal, estoy harta de oírte decir siempre la misma cosa. No se golpea la cabeza contra la pared, el que hace eso eres tú. No deberías decir esas cosas sobre él y menos cuando está delante. 

¿Qué no debería?- ¿Tu sabes lo que debería hacer?  Debería coger y  matarme. Debería irme a la mierda ya, así os dejo tranquilos, estaréis mejor sin mí, ¿no?, dice mientras alarga su brazo hacía el cajón donde se encuentran los cuchillos de cocina, ella se cruza en su camino, y bloquea el cajón con su cadera.

Él tiene la cara roja e hinchada y llora tanto como escupe. Te he  dicho que te apartes imbécil, apártate hostia, apártate por favor, dice y dobla su cuerpo para cogerse las rodillas con las manos, al tiempo que su voz muta de la agresión a la súplica.  Soy el malo, ¿no? Yo siempre soy el malo, balbucea entre sollozos. Su mujer se  acerca a su lado y lo agarra del  brazo en un gesto que deduce tanto rabia como cariño.  No entiendo por qué siempre tienes que hacer esto, bebes demasiado. Esto te pasa cuando bebes y… entonces empiezas a hacer gestos, tu mirada se carga de odio…

Él, que hacía tan solo unos segundos parecía haber perdido el combate, de repente se incorpora y vuelve a gritar:  ¿Qué bebo demasiado? ¿Sabes quién bebe demasiado? ¿Eh? La  voz de él ha empezado a desarrollar un soniquete burlón. Tu hermano bebe demasiado. El listo de tu hermano, el sabelotodo de José. Acuérdate en aquella boda cuando se meó encima, de lo boooorracho que iba,  y Miguel y yo lo llevamos a su casa a que se cambiará. ¡Sí, cuando me apestó el coche de orines!

Por favor, por favor, no grites tanto, los niños están durmiendo, dice ella.

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