La luz del verano irradiaba en la
única habitación verdaderamente iluminada del departamento. Ella estaba dando vueltas en la
cocina, moviendo algunos platos, colgando alguna ropa, o sentada en el sofá del salón chateando por el
celular. Aún no había abandonado a mi padre putativo(putativo porque no era mi padre de verdad, pero sí una buena
figura masculina que me acogía como a
una hija) después de anunciarle que se iba a casar, o aún mi padre no la había abandonado a ella tras
oír de sus labios que se iba a casar. Esto pasó seis o siete meses antes de que
mi padre cambiara el color de su oscuro departamento por un tono más suave,
para que ganara en amplitud y para que ese cambio acompañara al nuevo capítulo
que se abría en su vida tras la marcha de ella. El departamento lo pintó dos
semanas antes de morir, sin saber, por supuesto, que iba a morir. Pero ninguno
de estos hechos podíamos siquiera sospecharlos, hará más de un año atrás. Ese
día en que yo estaba triste como casi siempre pero mi padre putativo había logrado contenerme,
ese verbo que le encanta a los psicólogos, y que viene a significar que me
había ofrecido el soporte emocional necesario o aparentemente necesario. La excusa era publicar este librito. Un libro de poemas que al
final terminó llevando por nombre “El amor y la muerte”, y que ofrecía historias de desamor y de
funerales, aunque en realidad el libro hablaba de pérdidas en general. Fueron varias horas, un mínimo de tres y un
máximo de cinco, no consigo recordarlo bien, las que estuvimos maquetando el
libro, encolando su cubierta, apretando las hojas, buscando cartulina para la
caratula, imprimiendo recortando, y de
todo ello salió un hermoso librito como prueba de imprenta de no más de ocho centímetros de
largo y no más de cinco centímetros de
grosor. Ahora que pienso en esto, concibo y no concibo ese libro sin esta historia, pese a la obvia sintonía
que guarda con el conjunto del mismo.
lunes, 29 de agosto de 2016
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