martes, 8 de abril de 2014

y mi vista no alcanza nunca el final que alcanzarán mis días.


Si yo no fuera tan pequeño probablemente me perdería únicamente en cosas racionales. Aunque cabe esperar que al ser cosas racionales no me perdiera en lo más mínimo. Pongámoslo así: si yo no fuera consciente como soy, de que mi vida es una más dentro de los cientos de millones de vidas que existen en el planeta  y aún en otros planetas, imagino que entonces tomaría todo más enserio, me imagino que actuaría solo de la manera más práctica posible, pero el hecho de saber que no soy nadie relevante, y en definitiva, que no hay nadie relevante, y que por el mismo motivo todos nos vamos a morir, hace que me deje llevar por mis sentimientos únicamente. ¿Qué puede importar que yo haga esto o lo otro si nuestra existencia se mide en horas o en minutos? Por eso me tranquiliza mucho estar tumbado frente al mar, oyendo las olas, sabiéndolas infinitas y sobrevivientes a mi persona. Me tranquiliza porque esta demostración de superioridad por parte de la naturaleza nos pone a cada uno de nosotros en nuestro sitio; el tiempo pasa, yo no controlo el tiempo ni los cambios que produce en mi cuerpo y eso es maravilloso. Saberme extinto, aunque es raro, es uno de los mayores dones de la ciencia biológica. ¿ Qué puede importar que yo tome esta decisión errónea o la otra? ¿Acaso mi decisión va a cambiar el destino de la humanidad? No, lo más probable es que mi decisión sólo me afecte a mí, y alguna que otra persona de mi entorno y de pasada. Obviamente también digo todo esto porque nunca me ha gustado  ser un líder ni nada por el estilo. Ni siquiera me gusta conducir porque me doy cuenta que manejando esa máquina endiablada puedo ser partícipe del destino fatal (así lo imagino  en mi neurosis) de unos cuantos  humanos. Ni que decir tiene que de ninguna manera me interesaría ser Hitler o Carlos Marx, a veces en verdad, si fantaseo con ser Carlos Marx, pero entonces me doy cuenta de que una serie de idiotas… llámense Mao Zedong, Stalin o  Causescu van a coger mis teorías y van a hacer con ellas un pastiche para endiosarse, contradecir las leyes de la física, y  contradecir el hecho de que todos nos vamos a morir. No es que con este discurso esté apostando por el inmovilismo, al contrario, la muerte nos hace libres y por ello,  deberíamos vivir con intensidad cada día, deberíamos amar cada día, abrazar, besar, escribir novelas, pintar cuadros o tener hijos que te persigan con sus piernitas rutilantes a lo largo de la casa al grito de caca o pis. De ahí que me fascine tanto la naturaleza, sobre todo la naturaleza abierta capaz de darme muestras de su inmensidad, por eso me gusta tanto el mar cuyo final ni imagino, por eso me gusta tanto el bosque si lo miro desde arriba, sobre la cima de una montaña por ejemplo, porque todas estas cosas me arrojan a tus brazos. ¿Quién soy yo para negarme la felicidad? ¿Quién soy yo para ser prudente o rencoroso, si de todas maneras me voy a morir? si de todas maneras el mar es muy grande,  si de todas maneras el bosque es frondoso, y mi vista no alcanza nunca el final que alcanzarán mis días.

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