A
orillas del lago veía como los nenúfares daban vueltas sobre su eje,
despacio, con una lentitud tan sostenida,
que dejaba de parecer algo casual o resultado del empuje del viento,
convirtiéndose sus rotaciones circulares en lo más parecido al engranaje de un
reloj. ¿Y si todo estaba dispuesto? ¿y si nada era casual? La danza de los
nenúfares podría ceñirse a un plan escénico tantas veces interpretado para
todos aquellos que van a buscar sosiego en la naturaleza. Quizá el joven Musil
no estaba jugando a nada, más allá de la evidencia de que giraba en torno a
ella con ese movimiento circular que hacen los nenúfares sobre la superficie
del lago. Quizá es esa la danza que les
ha tocado bailar mientras aguante el andamiaje del reloj el paso invariable de
los años.
Hace
un tiempo Musil se encontró con lo que dicen es un profeta del camino; un
profeta del camino guarda en su pequeño zurrón una botella de aceite oloroso,
un poco de opio, un cuenco y unas
cuantas flores de nenúfar. Lo más natural, si te encuentras con uno de estos
profetas y tienes el valor de increparlo para pedirle una predicción, es que
haga oídos sordos de todos tus ruegos al menos, durante veinte kilómetros de
caminata a través de los delgados y encrespados caminos del Japón. El joven
Musil ese día tuvo que andar cuarenta kilómetros bajo la luz amarilla del
amanecer hasta la luz anaranjada del anochecer. Y por fin, cuando sobresalía sobre el horizonte
una montaña de dos colinas gemelas, como dos grandes senos de mujer, el profeta
detuvo su paso y sin dignarse si quiera
a mirar a Musil, sacó de su pequeña bolsa de tela de saco, todo aquello
que hemos dicho que contenía el zurrón de un profeta del camino y, adaptando la
posición de la flor de loto, colocó sobre una de sus rodillas el cuenco, y sobre la otra las tres flores de
nenúfar intactas, como recién recogidas de la superficie del lago. Lo invitó entonces
a sentarse frente a él, al tiempo que sobre el cuenco vertía el agua que
contenía su pequeña botella de cristal. La pipa que sostenía entre los labios
era sin lugar a dudas la más larga que
había visto nunca el joven, quien oyó hablar con antelación acerca del procedimiento
de fumar opio pero nunca lo había visto en persona. El profeta dio grandes
bocanadas frente a él, arrojando de manera intermitente el humo al cuenco, y a
la cara de Musil. Estuvo haciendo esto como media hora, cuando le dirigió la
pipa que sostenía firmemente en su mano huesuda. Le dijo: “haz lo mismo que
hice yo”, y ahí empezó otra vez el ciclo de bocanadas y humo en el cuenco y la
cara del profeta, al tiempo que éste vertía el aceite oloroso sobre el cuenco y,
elevando la mano que contenía las tres flores de nenúfar sobre el mismo, de
improviso las dejó caer; una quedó enfilada con medio cuerpo fuera del
recipiente y medio dentro, las otras dos
cayeron de lleno sobre el agua y el aceite.
Yo
también vi a un profeta del camino allá
por los años veinte, recuerdo que bajaba del arrozal, con el pantalón mojado
hasta la cintura. La señora Suan me había advertido que esa era la última vez
que llegaba a su casa con el pantalón mojado hasta la cintura. No había forma
de convencer a la señora Suan cuando se le metía algo en la cabeza, así que en
uno de los caminos despoblados que se desviaba no sé a dónde, cambié mi
pantalón por otro que llevaba cargado a la espalda, fue en ese momento en el
que vi al profeta del camino, mucho más anciano que este otro que he dejado
haciendo el ritual con Musil, y quizá por ello, debido a su prolongada edad,
mucho menos exigente; sólo tuve que recorrer con el veinte kilómetros, y ahí en
medio de un camino me ofreció la pipa de opio. Cuando fumas opio sientes la
mano y los labios de la amante que más te ha querido acariciando y besando cada célula de tu cuerpo, cada recodo y todo
se vuelve una paz absoluta, tu mente desconecta de las banalidades de la vida
diaria, de la señora Suan y su dura política para con los inquilinos, así como
del sacrificado trabajo en el arrozal. Mientras las caricias se vuelven cada
vez más amorosas, y dejas todas las suspicacias atrás. No puedes dudar de esa
amante, ella está cien por cien entregada, y obviamente es feliz haciéndote
feliz.
Musil
escucha la interpretación del profeta, mirándolo desde la pequeña ranura que
dejan al descubierto sus parpados, el leve viento del anochecer le hace
rememorar capítulos de su infancia en provincias, pero sólo por unos segundos
porque al momento vuelve a prestar todos sus sentidos a las explicaciones del
profeta: “todo está escrito le dice, siempre serás la hoja que pende en el
filo. Ni dentro ni fuera-continúa- verás cómo el amor y la vida se te ofrecen,
y se te ofrecerán pacientemente flotando en el agua. Ves- y señala una de las
hojas de nenúfar del interior del cuenco- no tiene ninguna prisa, te va a
esperar siempre. Sin embargo la vida no espera”. El joven Musil desolado ante
la predicción no dijo nada, conocedor por otra parte de que de nada sirve
preguntarle a un profeta del camino más allá de su predicción.
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