domingo, 30 de junio de 2013

Los perros suicidas de Lima


Se perdieron tres perros en el mar esa mañana. Dos de ellos era grises, y el tercero, sin serlo, también se volvió gris, cuando desapareció en ese extremo en el que se mezclan el cielo y el mar de Lima. Ese día fue domingo treinta de junio del dos mil trece. Nadie hizo nada ante la angustiosa mirada de los perros, incluso los pocos surfers que había cerca, observaron nada más, cómo la dirección helicoidal del agua los absorbía.

Ya de por sí, es demasiado extraño que un perro se adentre en el mar, máxime cuando está tan bravo. Los perros suelen tener un instinto bastante agudo para oler el peligro, sin embargo, yo sorprendida, otros indiferentes, vimos morir tres perros en cuestión de minutos. Había ido a contemplar el mar esa mañana movida por un sentimiento denso de melancolía. Quería ver el metal del cielo de Lima contagiándose con el agua, tiñendo las plantas, las rocas, la gente y su ropa deportiva de domingo, por eso no me importó demasiado la desaparición de los perros, de cualquier forma, había ido allí para hacer un recuento de todo lo perdido.

En Lima hay muchos tipos de perros en las calles. La inmensa mayoría de ellos, tienen la cara ladeada hacia la derecha, y el hocico, también ladeado,  dejando escapar, de esta forma, a un costado de los colmillos sarnosos, una lengua larga y erosionada. Esos son los perros que duermen sobre el asfalto de Lima, adoquinando la Plaza Mayor, a lo largo del Palacio de Gobierno y de la Catedral, conformando cientos de kilómetros de perro. No sé quién dijo una vez, que si ponías los discos vendidos por los Beattles en fila, podías recorrer el mundo dos veces; igual puedes rodear esta ciudad saltando de perro en perro callejero, sí es que estos estuvieran alineados, y no apilados en desorden, como están.

No hice nada cuando vi como los engullía la marea, pero un hombre que había estado a mi costado, poco después de sentarme frente al mar, me dijo señalando a lo lejos, con sus uñas negras y sus dedos rechonchos: -Ha empezado. Mucho antes de que hablara, ya odiaba a ese hombre, que había venido a entrometerse en mi soledad cuando recién había empezado a disfrutarla, así que, en el momento en que hizo esa observación, actué como hubiera actuado, cualquier persona que lo único que busca es estar sola, seguí mirando hacia el frente sumida en mi mutismo. Él, como para cerciorarse de mi rechazo, continuó volcando obstinadamente los ojos en mi dirección, por lo menos, durante cinco minutos más. Trató de acercarse después, para darme la mano, y yo pensé en sus uñas sucias, y en que, seguramente, usaba esa mano como papel higiénico, pero razoné “acabemos con esto cuanto antes” y le devolví mi mano sonriendo.- Entiendes, entiendes, me dijo, y se fue con pasitos cortos y torpes, mientras la garúa descendía lenta y suavemente, contrariando la necesidad de usar paraguas en Lima, donde apenas llueve con la violencia de un cachorro.

Seguí mirando el mar, y después  mis uñas con miedo de que se me hubiera contagiado la suciedad desde la mano del extraño. Demasiada turbiedad tenía ya en mi pensamiento, tanta que perfectamente podría haberse extendido a las uñas de las manos y de los pies. Estaba viviendo ese celo natural del hombre, por tener los problemas cercados en habitaciones incomunicadas, a modo de evitar la metástasis, a modo de conseguir una relativa seguridad. Por eso prefería contener la suciedad en mi cabeza, con la esperanza de que la amenaza que nació ahí, muriera ahí. En mis uñas todo estaba bien. Seguí mirando el mar.

Las olas han devuelto el cadáver del perro magullado ahora, cecina salada su carne ahora. Con ese cuello rotativo, más voluble que el destino, y esa lengua enorme extendida sobre la arena de la playa. Pronto vendrán los pajarracos a picar la lengua, al mismo tiempo que se detienen en los ojos del animal, por ser estos los órganos más blandos, donde es posible saciar el hambre con urgencia. Eso, si antes no es devorado por sus primos, tíos, hijos y yernos, de existir, que no existe, un árbol genealógico tan complejo para los canes. Lo que sí es cierto, es que, probablemente lo engulla una mandíbula canina y abandonada, una de las miles que deambulan por aquí, y por toda la ciudad.

Miro el mar y el cielo gris. ¡Es tan increíble que los conquistadores se atrevieran a realizar tamaña aventura! Surcar el mar puede ser materia de muchos atrevidos, intentar descubrir territorios, guiados únicamente por la esperanza y por planos errados, es la causa de todos los aventureros, pero adentrarse en el mar, y viajar a la deriva sobre un cielo tan gris, es elección únicamente de los perros suicidas, y de los primeros conquistadores.

El mar es como un telar, va perdiendo sus hilos de un extremo, va sumando hilos en el otro, es como la vida, si sabes mirarla de frente, si puedes aceptar que donde se pierde se suma, y donde se suma, tarde o temprano se restará. Las olas van y vienen a uno y otro lado de mis orejas, primero a la izquierda, luego a la derecha.

Otra sombra se aparece, esta trae todo el gris en su cara. Se coloca a mi lado, inclinando la cabeza, y extiende un pequeño cajoncito frente a mí, quiere venderme caramelos, mentolados, chicles, habas fritas, plátano frito, patatas fritas y cigarrillos. Mi negativa silenciosa, fue mover la cabeza, la respuesta del vendedor: -hazlo por los perros. No podía creerlo, ¿Él también lo había visto? ¿Dónde? Primera vez que me percato de que está aquí, ¿podía haber visto todo esto desde otro extremo del malecón? Puede ser, no todo lo que existe se reduce al campo de mi visión, pienso, mientras me avergüenzo de mi egocentrismo.

Pero ¿en que podía ayudar la compra de chicles, al descenso de perros ahogados en el mar? Estoy pensando en todas estas cosas, cuando el vendedor me saca de mi aislamiento: - ahí va otro, me dice señalando al mar. Y efectivamente así era, un perro de pelo largo, rubio, casi dorado, revuelve la arena de la playa con cada zancada que lo aproxima más y más al agua, borrándose su rastro para siempre pocos segundos después.

El terror acaricia todo mi cuerpo, miro al extraño sin levantar mucho la frente, inclinando poco a poco la cabeza en diagonal ascendente, poco a poco, porque tengo miedo de avanzar rápido y descubrir, de una y completa, la cara deforme de un monstruo, sobre la cara que antes era humana. Teniendo en cuenta las cosas extrañas que me están sucediendo últimamente, bien podrían acontecer mis augurios de transformación. Dios no lo quiera, Dios no lo quiera, por favor que sea normal, pienso, mientras descubro poco a poco sus rasgos. Barbilla humana, boca humana, pómulos humanos, nariz humana, ojos humanos pero ciegos. No hay duda, ese hombre padece ceguera, tiene esa mirada omnipresente que lucen todos los ciegos, esa mirada que se extiende desde California hasta Masachussets ¿Cómo ha podido saber que el perro se adentraba en el mar?

Ahora sí tengo miedo, quiero irme a mi casa donde no me espera nadie, pero donde, al menos, puedo esconderme debajo de las sabanas, y embalsamar mi cuerpo con ellas, a lo largo de mi silueta, tensándolas con fuerza para evitar que se meta, por alguno de sus lados, un perro suicida. Tomo entonces la decisión de levantarme, pero no puedo, mis piernas están inertes sobre la arena, solidificadas ahí por la huella de los años, fosilizadas.

Sigo mirando al mar, el vendedor ya se ha ido. Lo único que pienso, es que ojalá no se haya dado cuenta de que era incapaz de levantarme, ¡qué vergüenza!, una mujer joven como yo, que no puede ponerse en pie. Sigo mirando el mar, su diarrea cansada, y su flujo silencioso y constante sobre las olas. Ya había dos cadáveres de perro en la orilla, ya ondeaban los pajarracos en el cielo sobre ellos.

Dentro de poco oscurecerá, y será éste un lugar peligroso. Los últimos corredores se han ido también, pues empieza a hacer frio, y las personas que salen a correr normalmente por el malecón, prefieren hacerlo con mayas cortas y camisetas de manga corta también. Yo era igual que ellos cuando salía a correr por aquí, recuerdo un día en que salí a correr a las siete de la mañana, desde el principio Barranco hasta el final de Miraflores, ese día regrese con los músculos ateridos por el frio.

¿Qué sucede con los perros? No lo sé, pero acaba de morir otro que ha pasado obviando mi cuerpo, tropezando con mis piernas hacia su muerte marina. Pronto serán tres cadáveres de perro sobre la arena, quizá cuatro, porque el quinto, que es este último que acaba de pasar a mi lado, tardará más es ser batido por las olas, y en ser devuelto a la tierra. Ya ni siquiera tengo ganas de irme, ya ni me importa la noche que ha empezado a ceñirse a mi piel, ya ni me importa el frio, sólo quiero contemplar el final del espectáculo por terrorífico que, como todo indica, termine resultando.

Empiezo a pensar que hay cierta relación entre los perros y yo. No puedo creer que sean casualidad, la muerte de los perros, y mis ojos observantes. Otra vez me avergüenzo de mi egocentrismo, mientras miro mis rodillas. Bien pensado, puede ser, que la amenaza que tenía cercada en mi cabeza se haya hecho extensible, no a las uñas, sino al mundo. Otra vez me avergüenzo de mi egocentrismo, mientras observo otro perro zambulléndose en la muerte.

Dos días después me llega el olor de los cadáveres mezclándose con los jugos del mar, con los mariscos, la sal y el petróleo. Esa noche no la pasé en mi casa, tampoco la anterior, desprovista totalmente de voluntad, me quedé ahí sentada, con mi cabello salado y mi piel escamosa y agrietada. En este tiempo habían muerto más de veinte perros, y la cosa no tenía visos de parar en las próximas horas. Ojalá estuviera aquí el vendedor de chicles que se me acercó dos días atrás, ojalá pudiera comprarle esos mentolados, y acabar con esto para siempre. Pero creo que no me dijo eso, creo que sólo me dijo “hazlo por los perros”, pudiendo ser ésta, sólo una forma de paliar su dolor, haciéndoles más llevadero el naufragio, pero sin llegar a evitarlo. Quizá, probablemente, seguirían muriendo perros frente a mí, no creo yo que unos simples caramelos…

Los perros hambrientos de Lima ya han empezado a devorar sus cadáveres, son los únicos en verdad, con los pajarracos, que han tomado una mínima medida a favor de la salubridad pública, deshaciéndose de la materia en putrefacción, que se localizaba alrededor de los huesos. Los transeúntes y los barrenderos, han pasado durante tres días sobre los cadáveres caninos, simulando a la perfección no verlos. A veces hacían grandes zigs zags en, lo que yo creía, eran intentos por esquivarlos, pero otras veces, pasaban caminando por encima de la pirámide de perros devueltos por las olas, hundiendo sus piernas hasta el fondo de las costillas de los animales, quedando encallados un rato, con la mirada fija al frente, y nunca hacia la fuente del problema que se encontraba bajo sus pies.

Tres perros más y los contaremos por centenares, me decía, viendo el mural de variopintos colores que conformaban sus cuerpos, dispuestos sobre la arena bajo el cielo plomizo de Lima. Ya no puedo tolerar la muerte de ninguno más, el hedor es insoportable y las moscas han comenzado ya a posárseme sobre los sitios donde resultan más asquerosas, en los ojos y en los labios. Tengo que hacer algo más allá de contemplar este espectáculo deprimente. Tengo que hacer algo, pero en lugar de ello, dirijo miradas de reprobación a la gente. Ustedes están caminando sobre sus huesos, mientras yo soy una simple espectadora, pienso, y dejo otra vez que la noche caiga sobre mí.


 
 
 
 
 

2 comentarios:

  1. Me ha encantado. Muy críptico, difícil de entender, pero la forma en que está redactado, y el modo en que acaba. Genial, me parece un gran relato.

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  2. muchas gracias Javier! me alegra que te haya gustado

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