viernes, 19 de octubre de 2012

Metes mano suavecito, antes habías hecho una ecografía por encima de la ropa, palpando, allanando el camino, y después poco a poco, con los deditos tocas piel, tocas hueso, toda mi clavícula señalando arriba. ¡Cómo te extraño! Me giro en la cama y todavía estas ahí abrazando mi polo Nike, cogiéndome la mano, diciéndome: “trépate si quieres”, y yo que me hago un hueco en tu alita, y tu brazo que soporta mi cabeza, con mi cerebro, mi nariz, mi peluca y mis gafas; todas ello cosas que pesan mucho, y yo debajo de tu alita feliz de que te duches a diario, aunque cualquiera lo diría. Y yo que imito esa voz tan ridícula que te salió de la mezcla de tus babas y tus ruinas, y nos reímos, y al rato te vuelvo a imitar, y nos partimos de la risa, y podría estar así toda la noche, imitándote con la  brisa del porro acariciándome suave como tú. Bien podría quedarme así con tu alita como techo.

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