La clase de América era a las cinco de la tarde.
Llegábamos con todo el sopor de la comida dándonos patadas en el estómago, con
cara de zombis adiestrados, más preocupados por combatir la necesidad urgente
de siesta, que por cualquier otra cosa. Era el primer año de carrera,
estábamos setenta personas formando filas alrededor de la mesa del catedrático,
a finales de un día Septiembre en Murcia. Entonces llegó el profesor, no lo
habíamos visto nunca. Antes de tomar asiento ya había empezado a relatarnos una
historia disparatada, el personaje central de la misma era “el señor
Pito-sólo”, una eminencia dentro del universo musical latinoamericano. Íbamos
atravesando la selva con nuestras azadas tres indios, y otro todavía más gringo
que yo, antes habíamos estado en los Andes venezolanos, y antes de los
venezolanos, en los colombianos.
Todo era una sucesión de Andes, de plantas con
hojas del tamaño de un oso, de comidas errabundas, de un clima que conseguía
que te sudaran los ojos, y por fin, después de tantos años de perseguir a
Pito-sólo, después de que la Universidad de Murcia aunara esfuerzos con la
Universidad de Oxford, después de tanto peregrinaje, el señor Pito, de apellido
Sólo, aparece en la selva del Perú, y mi profesor emocionado, y su colega
de cátedra emocionado, con una emoción de las que ahogan frente al músico, sin
poder elevar la voz más allá de los bigotes sudados; uno de ellos, el más bravo
de los dos debió acercarse a su eminencia, y decirle, mientras se saca la gorra
adherida al cogote en actitud reverente:
-Señor Pito-sólo. Llevamos años buscándole, ¿podría
explicarnos un poco en qué consiste su música?”.
Al momento, el músico, con esa humildad que tienen
únicamente los grandes artistas, se saca un pito del bolsillo y emite un sonido
preciso y agudo similar a un: “piiiiiiiiiiiiiiiiii”.
Entonces mi profesor se dirige a él y le dice: - ¿Ya
está? ¿Eso es todo?
-Si (contesta Pito-Sólo) yo pongo el pito, ustedes
pongan el resto.
Fue entonces cuando supe que tenía que viajar a
Latinoamérica. Siembra cariño, siembra humildad y da frutos de esperanza a los
que vienen detrás. 12 horas de avión, Madrid, la T4 recién abierta, con ese
olor a pintura y al interior de un coche nuevo, uno de los olores que más odio
en el mundo. Lima, aeropuerto Jorge Chávez. Y en mi discman (entonces
tenía discman) el disco de Rubén Blades y su mensaje de amor hacía los
latinoamericanos, ¡hermano latino con fe y siempre adelante! .Tenía entonces
veintidós añitos, y muchas, muchísimas ganas de vivir algo que me diera la
vuelta al cerebro, algo que me reemplazara las vísceras, que me cambiara los
ojos. Y no me equivoqué eligiendo Perú, después de dos días en Lima, estaba en
un autobús camino a Cusco la capital del Tahuantinsuyo. Manco Cápac y Mama
Ocllo salieron de las espumas del la lago Titicaca.
Fueron veintiocho horas de viaje, en principio iban a ser
24, lo que hace un día, un día es pasable, dices bueno, un día, desde el
amanecer hasta el siguiente amanecer, bien, un día bien..¡Pero un día más
cuatro horas! ¡Eso sí que se hace duro! Esas cuatro horas agregadas a causa de
un derrumbe de monte fueron como mil horas más, sin embargo el paisaje que me
escupían los cristales del autobús conseguía que no notara la parálisis en las
piernas. Cuando la gente del autobús, por propio amor a la patria y cansada de
esperar a la patrulla de turno, se descolgó por ventanas y puertas para echar
las uñas a las rocas y a la tierra que bloqueaba la carretera, para destaponar
ese tramo que había quedado invadido por el derrumbe de monte.
Allí bajamos todos para rogarle a la Pachamama: - óigame
mamita, pórtese bien, no sea maleada, ahorita con su permiso continuamos
viaje mamasanga. Y la tierra debajo de las uñas, y el paisaje brotando ríos, y
las montañas verdes, y el cielo azul, y las quebradas, y la gente feliz y
tranquila levantando piedra, bromeando. Entonces, ya el cerebro se me había
cambiado de a poquito viendo como en lugar de provocar ese incidente, un acceso
popular de histerismo (cómo hubiera pasado en España con toda probabilidad), en
lugar de eso, la gente unida y sin joderse colaboraban por llegar a una de las
ciudades más bonitas de la tierra.
Por el camino se me reventó la nariz, y un grupo de
salteadores de carreteras entraron al autobús cargando rifles, a la vez que hablaban
sobre su valiosa labor en la protección de este tramo de carretera, mientras
pasaban un bote metálico que hacíamos sonar arrojándole soles. Abandonaron el
autobús, llegamos a Cusco. Frente a la plaza de armas hay un café que tiene un
balconcito en lo alto, en una tercera planta debe ser, desde allí la vista de
la ciudad era preciosa, toda esa estructura cuadriculada de calles que se tejen
unas a otras, que se inventan a través de la anterior, y la catedral en el
medio, majestuosa y colonial.
No sé si con el tiempo, esta herida se sanará, no hubo
motivo para terminar. La he tratado de olvidar, más sin embargo la recuerdo
más, no se asombren si ven a un hombre llorar. (Héctor Lavoe “Ausencia”)
En el Machu Picchu el viento, a 2500 metros sobre el
nivel del mar, juega con mis caderas, me obliga a cumbear, primero un fuerte
empujoncito en el lado derecho, después en el izquierdo, con mi cara de gringa,
con mi cara de blanquiñosa, con mi cara de cruda, y el viento me culebrea los
brazos, me jala las piernas, el top of chicha “Los Mirlos del Perú” y “Los
destellos”; dicen que la música Punk nació a precisamente en Perú de la mano de
los Saicos a mediados de los sesenta. Nada de Sex Pistols, señores, nada de
“qué viva la Reina”.
No creo que existan palabras apropiadas para definir el Machu Picchu; si
existen, yo lo siento mucho pero a mí no se me ocurren. Lo único que puedo
decir, y esto es totalmente cierto, es que ahí de pie, parada frente al Machu
Picchu y al Huayna Picchu, con las nubes a ras de la residencia de Pachacutec,
el rey de los incas, del templo sagrado; ahí de frente, yo no lo podía
creer. Bajaba y subía una mano por delante de mis ojos, porque estaba segura de
estar frente a la postal más hermosa jamás vista, de que ésta estaba en
mi mano; no era verdad, no podía ser ¡todo esto sin fotoshop!
En
esto que estoy totalmente eclipsada, y descubro tras mí, pero a bastante
distancia, unos ojos que me miran fijos, entonces los sigo también con la
mirada, y me rio finalmente cuando descubro todo el conjunto, es una llama que
me mira tranquila, mientras come pasto, sólo a mí, me siento especial, esto se
merece una foto; preparo la cámara, ella está quietecita, tan buena,
esperándome, la foto sale, y cuando bajo la cámara: - ¡ahhhhhhhhhhhhhhhh! Pego
un grito que hace que se rían todo los presentes, hasta el cóndor del cielo
debe estar riéndose. La llama se había como tele transportado en medio segundo,
la tenia bien enfocada en esa roca, y de repente su aliento rozaba mi mejilla
al bajar la cámara. ¡Qué susto Dios!
Decido irme sin hacer mucho ruido, no
entiendo a qué tanto alboroto, es verdad que ese aparato era bien raro.
¡Chucha! Y la gente ¿De qué se reía? Cierto que he visto muchos aparatos de
esos, pero este ladraba como perro cada vez que tiraba la luz, ladraba como la
Jessica, la perrita del de seguridad, ya la vieron: ¡gua, gua!, decía. Y la
gente venga a reír, y la cruda con esa cara de pasmo, tan blanca y de repente
se pone tan roja. Debe pensar que soy tonta por acercarme tanto a su aparato,
debe pensar que soy bruta, qué bruto el camélido debe pensar. ¡Pero no es
verdad!
Yo estaba en mi sierra, ahí no había visto muchos
aparatos de estos, después me trajeron para acá y vi unos pocos, y al
tiempo fueron viniendo muchos más. La verdad que aquí tampoco se está mal, me
cepillan mucho más el pelo, si se me pega bicho me lo quitan rapidito, ahí
mismo me lo quitan; y yo estoy feliz porque a veces vienen niños; crudos casi
todos, pero ¡tan lindos! Y las montañas son bien lindas también, y si me
manosean yo hago como que me mecho, y así de fácil me dejan tranquila,
durmiendo a la sombra de esta roca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario