martes, 17 de julio de 2012


La clase de América era a las cinco de la tarde. Llegábamos con todo el sopor de la comida dándonos patadas en el estómago, con cara de zombis adiestrados, más preocupados por combatir la necesidad urgente de siesta, que por cualquier otra cosa. Era el primer año  de carrera, estábamos setenta personas formando filas alrededor de la mesa del catedrático, a finales de un día Septiembre en Murcia. Entonces llegó el profesor, no lo habíamos visto nunca. Antes de tomar asiento ya había empezado a relatarnos una historia disparatada, el personaje central de la misma era “el señor Pito-sólo”, una eminencia dentro del universo musical latinoamericano. Íbamos atravesando la selva con nuestras azadas tres indios, y otro todavía más gringo que yo, antes habíamos estado en los Andes venezolanos, y antes de los venezolanos, en los colombianos.
 Todo era una sucesión de Andes, de plantas con hojas del tamaño de un oso, de comidas errabundas, de un clima que conseguía que te sudaran  los ojos, y por fin, después de tantos años de perseguir a Pito-sólo, después de que la Universidad de Murcia aunara esfuerzos con la Universidad de Oxford, después de tanto peregrinaje, el señor Pito, de apellido Sólo, aparece en la selva  del Perú, y mi profesor emocionado, y su colega de cátedra emocionado, con una emoción de las que ahogan frente al músico, sin poder elevar la voz más allá de los bigotes sudados; uno de ellos, el más bravo de los dos debió acercarse a su eminencia, y decirle, mientras se saca la gorra adherida al cogote en actitud reverente:
-Señor Pito-sólo. Llevamos años buscándole, ¿podría explicarnos un poco en qué consiste su música?”.
Al momento, el músico, con esa humildad que tienen únicamente los grandes artistas, se saca un pito del bolsillo y emite un sonido preciso y agudo similar a un: “piiiiiiiiiiiiiiiiii”.
Entonces mi profesor se dirige a él y le dice: - ¿Ya está? ¿Eso es todo?
-Si (contesta Pito-Sólo) yo  pongo el pito, ustedes pongan el resto.
 Fue entonces cuando supe que tenía que viajar a Latinoamérica. Siembra cariño, siembra humildad y da frutos de esperanza a los que vienen detrás. 12 horas de avión, Madrid, la T4 recién abierta, con ese olor a pintura y al interior de un coche nuevo, uno de los olores que más odio en el mundo. Lima, aeropuerto Jorge Chávez.  Y en mi discman (entonces tenía discman) el disco de Rubén Blades y su mensaje de amor hacía los latinoamericanos, ¡hermano latino con fe y siempre adelante! .Tenía entonces veintidós añitos, y muchas, muchísimas ganas de vivir algo que me diera la vuelta al cerebro, algo que me reemplazara las vísceras, que me cambiara los ojos. Y no me equivoqué eligiendo Perú, después de dos días en Lima, estaba en un autobús camino a Cusco la capital del Tahuantinsuyo. Manco Cápac y Mama Ocllo salieron de las espumas del la lago Titicaca.
Fueron veintiocho horas de viaje, en principio iban a ser 24, lo que hace un día, un día es pasable, dices bueno, un día, desde el amanecer hasta el siguiente amanecer, bien, un día bien..¡Pero un día más cuatro horas! ¡Eso sí que se hace duro! Esas cuatro horas agregadas a causa de un derrumbe de monte fueron como mil horas más, sin embargo el paisaje que me escupían los cristales del autobús conseguía que no notara la parálisis en las piernas. Cuando la gente del autobús, por propio amor a la patria y cansada de esperar a la patrulla de turno, se descolgó por ventanas y puertas para echar las uñas a las rocas y a la tierra que bloqueaba la carretera, para destaponar ese tramo que había quedado invadido por el derrumbe de monte.
Allí bajamos todos para rogarle a la Pachamama: - óigame mamita, pórtese bien, no sea maleada,  ahorita con su permiso continuamos viaje mamasanga. Y la tierra debajo de las uñas, y el paisaje brotando ríos, y las montañas verdes, y el cielo azul, y las quebradas, y la gente feliz y tranquila levantando piedra, bromeando. Entonces, ya el cerebro se me había cambiado de a poquito viendo como en lugar de provocar ese incidente, un acceso popular de histerismo (cómo hubiera pasado en España con toda probabilidad), en lugar de eso, la gente unida y sin joderse colaboraban por llegar a una de las ciudades más bonitas de la tierra.
Por el camino se me reventó la nariz, y un grupo de salteadores de carreteras entraron al autobús cargando rifles, a la vez que hablaban sobre su valiosa labor en la protección de este tramo de carretera, mientras pasaban un bote metálico que hacíamos sonar arrojándole soles. Abandonaron el autobús, llegamos a Cusco. Frente a la plaza de armas hay un café que tiene un balconcito en lo alto, en una tercera planta debe ser, desde allí la vista de la ciudad era preciosa, toda esa estructura cuadriculada de calles que se tejen unas a otras, que se inventan a través de la anterior, y la catedral en el medio, majestuosa y colonial.
No sé si con el tiempo, esta herida se sanará, no hubo motivo para terminar. La he tratado de olvidar, más sin embargo la recuerdo más, no se asombren si ven a un hombre llorar. (Héctor Lavoe “Ausencia”)
En el Machu Picchu el viento, a 2500 metros sobre el nivel del mar, juega con mis caderas, me obliga a cumbear, primero un fuerte empujoncito en el lado derecho, después en el izquierdo, con mi cara de gringa, con mi cara de blanquiñosa, con mi cara de cruda, y el viento me culebrea los brazos, me jala las piernas, el top of chicha “Los Mirlos del Perú” y “Los destellos”; dicen que la música Punk nació a precisamente en Perú de la mano de los Saicos a mediados de los sesenta. Nada de Sex Pistols, señores, nada de “qué viva la Reina”.
                No creo que existan palabras apropiadas para definir el Machu Picchu; si existen, yo lo siento mucho pero a mí no se me ocurren. Lo único que puedo decir, y esto es totalmente cierto, es que ahí de pie, parada frente al Machu Picchu y al Huayna Picchu, con las nubes a ras de la residencia de Pachacutec, el rey de los incas,  del templo sagrado; ahí de frente, yo no lo podía creer. Bajaba y subía una mano por delante de mis ojos, porque estaba segura de estar frente  a la postal más hermosa jamás vista, de que ésta estaba en mi mano;  no era verdad, no podía ser  ¡todo esto sin fotoshop!
                En esto que estoy totalmente eclipsada, y descubro tras mí, pero a bastante distancia, unos ojos que me miran fijos,  entonces los sigo también con la mirada, y me rio finalmente cuando descubro todo el conjunto, es una llama que me mira tranquila, mientras come pasto, sólo a mí, me siento especial, esto se merece una foto; preparo la cámara, ella está quietecita, tan buena, esperándome, la foto sale, y cuando bajo la cámara: - ¡ahhhhhhhhhhhhhhhh! Pego un grito que hace que se rían todo los presentes, hasta el cóndor del cielo debe estar riéndose. La llama se había como tele transportado en medio segundo, la tenia bien enfocada en esa roca, y de repente su aliento rozaba mi mejilla al bajar la cámara. ¡Qué susto Dios!
            Decido irme sin hacer mucho ruido, no entiendo a qué tanto alboroto, es verdad que ese aparato era bien raro. ¡Chucha! Y la gente ¿De qué se reía? Cierto que he visto muchos aparatos de esos, pero este ladraba como perro cada vez que tiraba la luz, ladraba como la Jessica, la perrita del de seguridad, ya la vieron: ¡gua, gua!, decía. Y la gente venga a reír, y la cruda con esa cara de pasmo, tan blanca y de repente se pone tan roja. Debe pensar que soy tonta por acercarme tanto a su aparato, debe pensar que soy bruta, qué bruto el camélido debe pensar. ¡Pero no es verdad!
Yo estaba en mi sierra, ahí no había visto muchos aparatos de estos, después me trajeron para acá  y vi unos pocos, y al tiempo fueron viniendo muchos más. La verdad que aquí tampoco se está mal, me cepillan mucho más el pelo, si se me pega bicho me lo quitan rapidito, ahí mismo me lo quitan; y yo estoy feliz porque a veces vienen niños; crudos casi todos, pero ¡tan lindos! Y las montañas son bien lindas también, y si me manosean yo hago como que me mecho, y así de fácil me dejan tranquila, durmiendo a la sombra de esta roca.

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