domingo, 14 de mayo de 2017

El cuervo blanco

El cuervo blanco

Los cuervos recogen a los hombres. El pequeño Eddy sabe mucho de esto; lleva años entrenando a los cuervos y se puede decir que los cuervos también lo han entrenado a él. Pero yo le dije que ese cuervo no le traería nada bueno. Un cuervo albino. Un cuervo blanco, ¿a quién se le ocurre? Obviamente era un mal presagio, pero el padre Cevallos dijo esa mañana, cuando salíamos de la iglesia, que eso de los presagios era una bobería y que si Eddy quería tener el cuervo, que lo tuviera, pues Dios no cree en supersticiones. Y Eddy, con sus ojos grandes y centelleantes, se agarró del argumento del cura para no desprenderse del pajarraco, y ya ves los problemas que nos ha traído, Margarita.

—Don Severino, usted tiene razón, pero no se le puede culpar de todo al pájaro. Igual ya está muerto, ¿no? Deberían haberse acabado los problemas, pero no, Don Severino. Y en cuanto a Eddy, no deja de llorar debajo de ese sauce.

Recuerdas el viento entre las hojas arrastrando tus años; no tenías más de siete. Tu madre te había exigido que dejases de vender rastrojos de hierbas a los clientes invisibles. Era ya la segunda vez que te gritaba que la comida estaba lista, pero el viento debajo del sauce te decía otra cosa: te decía «quédate aquí y relájate». El sol se filtraba entre las hojas que desplegaban escaleras hacia abajo. Si alguno de los duendes lograba salvar la distancia entre el suelo de tierra y las hojas, podría trepar por estas y llegar hasta la copa. Todo parecía posible. Todo estaba ahí fuera. La señora Ramona, que acaba de comprar cuatro panochas para sus cuatro hijos, te ha pedido una rebaja y tú le has contestado: «No se vive de rebajas, señora». Pero por estos mismos lugares, debajo de este sol, debajo del sauce llorón, se encuentran los huesos de tus primos. ¿Cuánto tiempo hace que no los ves? Desapareció uno y después el otro, y nadie dijo nada. Nadie se molestó siquiera en mencionar el asunto. Pero la señora Ramona sí te ha preguntado por Mateo, y tú le has dicho que está cerca, porque efectivamente está enterrado cerca, pero no has querido decirle la verdad.

—Margarita, no hay mucho más que podamos hacer. El pájaro está muerto, el cura está muerto y el niño, si sigue así, no tardará mucho en morir. Lo único que podemos hacer es rezar. Yo, cuando era niño, rezaba mucho y pensaba que había tantos dioses como personas distintas hay en el mundo, así que le rezaba a la cara de todos los que podía recordar que conocía. ¡Ya ve usted qué tontería! Aunque ahora que lo analizo, a lo mejor no estaba equivocado y es eso todo lo que tenemos: personas que se mueren como nosotros, a las que podemos rezar.

—No diga eso, Don Severino, por favor.

Marcelo se acercaba con el bastón en la mano. Sus piernas temblaban como todo su cuerpo octogenario. De los labios salía un balbuceo y de los pulmones un pitido sordo que marcaba cada nueva palabra.

—Don Seve… El chico… —extendía lentamente las palabras el anciano—. El chico sabe algo más que el resto.

—¿A qué se refiere con que sabe algo más que el resto?

Severino acababa de reparar en la oscuridad que empezaba a adueñarse de la plaza pública del pueblo. Se acercaba el invierno; cada vez oscurecía más temprano. Podían oírse varios grillos y faltaban minutos para que las farolas, con sus luces amarillas, iluminaran los miles de mosquitos de las noches de provincia.

—Mire, mire bien al chico, Don Seve…

El anciano tenía por práctica no terminar ningún nombre; usualmente empezaba a pronunciar uno para interrumpirse a la mitad, sin llegar nunca a decir las últimas sílabas. El niño seguía llorando debajo del sauce, con la mirada dirigida hacia la copa, tumbado boca arriba con los brazos pegados al cuerpo.

—¿Cuánto tiempo lleva así? ¿No son acaso días? Ciertamente no pa… parece, Don Seve… que le importe ni el agua ni la comida.

Siempre supiste que ibas a sufrir por otros, incluso en esas tardes en las que suplicabas a la tierra que expulsase sus duendes. Pero ni la tierra los escupía, ni los duendes les comunicaban tus mensajes al cadáver de los primos. «Mientras no desaparezcan mis hermanos, todo bien», te decías. Y agosto se iba con sus nubes blancas, chorreadas como se chorrea la diarrea de los ángeles. Y el párroco decía que estaba bien tener un cuervo blanco, como no tener ninguno también estaba bien. Porque Dios no cree en supersticiones. Porque Dios tiene que cuidar el mundo, y poco habría de afectarle que tengas un cuervo blanco y que lo llames Blanco. Mientras a los otros cuervos no les afecte… Pero empezaron a morir. Primero murió Ezequiel, y Lucas, dos semanas después, también murió con su mota amarilla en el pico y todo. Y el abuelo Marce vino y te dijo que podía ser o bien muy tarde para matar al cuervo o bien demasiado pronto, pero el tiempo no era propicio, eso estaba claro. Lo que quiere decir que fue una muerte totalmente innecesaria, y por eso lloras.

—Margarita, ¿te acuerdas qué dijo el chico? ¿Dijo que el cuervo le había hablado?

Don Severino se reclinó ligeramente sobre su cuerpo; tenía las manos en los bolsillos. Su robusto cuerpo de campesino había menguado mucho en los últimos meses, aunque el suyo no era un caso aislado: todos los pobladores que seguían con vida habían reducido considerablemente su tamaño. Severino esperaba pacientemente la respuesta de Margarita, que entornaba los ojos en el improductivo esfuerzo de remover el recuerdo.

—La verdad, no sé qué le dijo, o si le dijo algo. Ya no sé qué es verdad y qué no. Se lo dije a Agustín.

Ya ni siquiera la joven se veía en la necesidad de guardar las formas; podía llamar a su amante Agustín, sin el título de «Don», porque probablemente ambos estarían muertos en menos de una semana.

—Don Agustín es el médico de la localidad, supervisa los pueblos de la comarca. Le dije a Agustín que confundo los días y ya no sé si tal cosa me pasó ayer o hace seis meses, y tampoco si ocurrió de día o de noche. En verdad, ni siquiera sé si las cosas ocurrieron o las soñé. Para mí que ese pájaro hubiera sido útil ahora.

Don Severino se sintió atacado con ese último comentario de Margarita porque había sido él quien había matado al cuervo con sus propias manos. Sin embargo, por más agredido que se sintiera, de algún modo él también guardaba una sensación parecida: el cuervo era necesario, y una especie de fuerza centrífuga empujaba sus cuerpos hacia donde estaba enterrada el ave.

El niño que lloraba bajo el sauce vio las sombras de estas tres figuras proyectándose sobre su piel junto con las sombras de las hojas del sauce. Desde luego, solo era de día para el niño, y no para los adultos, que no podían siquiera sospecharse proyectando su sombra en medio de esa oscuridad. De repente, se prendieron las farolas de la calle. La luz amarilla y su ejército de mosquitos rondaban alrededor de los cuatro cuerpos.

—Chico, necesitamos desenterrar al pájaro —dijo Don Matías, sumando veinte años más a su voz de anciano—. Necesitamos desenterrar al pájaro… Chico…

Margarita derramaba lágrimas en silencio; el chico en ningún momento había dejado de hacerlo. Don Matías y Don Severino fruncían el ceño; Don Severino, además, apretaba los puños. Al chico le quedó claro que, quisiera o no quisiera, lo iban a levantar a la fuerza. La tumba del pájaro bajo sus costillas murmuraba como el agua entre los riscos del río. Cuando el niño dejó de contar con la protección del árbol, la luz del sol ablandó sus pupilas.

El tórax del pájaro muerto estaba lleno de gusanos y hormigas dándose el festín. Margarita pronunció en un susurro: «Perdóname, Señor, porque he pecado», y cayó de bruces contra el suelo de pasto y tierra apisonada.

  La habitación de blanca ilusión y la abuela iluminada Entraba allí la luz filtrándose como si no hubiera en su vida grandes ausencias ...